83 Ethan
—¿Qué? —No puedo creer lo que oigo. ¿La custodia completa? — Pero ¿cómo va a poder hacer eso?
—Es mi padre biológico. Supongo que puede hacerlo. —Frunzo el ceño con incomprensión—. La ha solicitado, lo ha hecho, ahí está la carta.
Intenta estar calmada, pero está cruzada de brazos y no sabe dónde quedarse quieta.
—Alex, siéntate. —La guio hasta una silla y me siento con ella—. ¿Crees de verdad que van a dársela? Todo lo que ha pasado, lo que hizo, la orden de alejamiento que quebrantó el mes pasado, ¿crees que aún con todo eso, van a concederle la oportunidad siquiera de juicio?
—No lo sé —me contesta en un susurro, mirando el suelo. Me quedo un momento callado.
Si eso pasa, si de verdad pasa, no quiero imaginarlo, pero es imposible, ¿no? No puede ser que a una persona (si es que se puede llamar así) que tiene tanto encima le puedan aceptar la solicitud.
—¿Has hablado con tu madre? —Niega con la cabeza.
—Supongo que quería hablar de esto cara a cara, no la he visto en todo el día.
Es comprensible. No la iba a llamar por teléfono. Pongo las manos en sus muslos empapados por la lluvia con intención de tranquilizarla.
—Pues ahora vas a cambiarte de ropa, porque estás empapada, te secarás el pelo y hablarás con ella cuando llegue. —Me mira con lágrimas en los ojos, todavía hinchados.
Acaba por asentir. Cuando llega su madre estamos sentados en el sofá, esperándola.
—Quería hablar contigo cuando te viera —dice ella, sentada a su lado, entrelazando sus manos.
—Te creo, de verdad.
—Alex, no va a funcionarle. No va a llevarte con él.
La convicción con la que lo dice hace que se me ablande el corazón por ellas.
Esto es una mierda. No lo merecen. Ya tienen bastante con sobrellevar que son dos, que el día a día les está siendo duro, como para encima tener esto en la cabeza también.
—¿Cómo lo sabes? —Siento impotencia al escuchar su miedo palpable.
—Porque no voy a dejar que lo haga.
Y punto. Estoy seguro de que mi madre hubiera hecho lo mismo por mí.
Ahora había que esperar a que los abogados con los que había hablado Raquel dijeran algo. Fue una espera interminable. Hasta que no pasaron dos semanas, no les dieron cita, ya que tenían que valorar si había juicio o no.
Los exámenes finales llegaban en una semana.
La noche antes de la cita con los abogados, la madre de Alex deja que me quede a dormir, porque yo también (si es que lo piden) tendría que testificar lo que pasó la otra noche.
Aunque no creo que ese fuera el motivo por el que me dejan quedarme, me alegro de estar con ella esta noche.
Está nerviosa y quiero que tenga compañía.
Sus chillidos me despertaron y supe que estaba teniendo una pesadilla.
—Alex, despierta, despierta. —La meneo un poco, ella ahoga un grito y por fin abre los ojos, todavía jadeando—. Tranquila, estoy aquí. Ha sido una pesadilla.
La intento tranquilizar. Se destapa y sale de la cama.
—Tengo que salir de aquí. —La acompaño fuera de la habitación.
El aire de principios de junio es agradable, aunque sea de noche, así que nos quedamos un rato fuera, para que se relajara. Finalmente, entramos dentro y se durmió de nuevo en mi regazo, viendo la televisión sin volumen, para distraerla.
Nos despertamos sobre las 07:00, desayunamos bastante callados junto a su madre y nos arreglamos para irnos.
El ambiente es un caos. Estamos bastante nerviosos, algo que no se puede evitar.
Alex y ella van agarradas de la mano mientras esperan que las llamen.
Mis padres también llegan a la misma vez, para estar conmigo si me hacían testificar, ya que soy menor.
Todos nos alertamos cuando llaman a Alex y a Raquel.
Entran a la sala y la espera se me hace eterna.
Cuando salen, yo me levanto, casi temblando, junto a mis padres.
Las vemos con los abogados, así que espero impaciente a que acabaran.
Estaban demasiado tranquilas. ¿qué habrá pasado?
Alex me mira por un segundo y me sonríe levemente.
Una sonrisa de alivio. Lo veo en sus ojos: niega con la cabeza.
No, le han dicho que no. Yo cierro los ojos un momento, soltando todo el aire que he mantenido estas semanas y me paso una mano por la cabeza, como gesto involuntario.
La dejo ahí, aún con los ojos cerrados. Parece que los abogados se van y Alex se abraza con su madre, las dos llorando.
Yo sonrío un poco mientras veo cómo Raquel le dice algo a Alex, con las manos puestas en su cara y la vuele a abrazar.
Mi madre me llama la atención tocándome el hombro y yo me giro, todavía sonriendo. Ella sonríe también, abrazándome.
—Mejor esperemos fuera —me dice al oído—, esto es un agobio.
Yo asiento, separándome de ella y empezamos a caminar hacia donde está papá. Salimos de la sala de espera para cuando salgan Alex y su madre.
Me muero por verla, ser su refugio por una última vez, que soltemos toda esa mala energía acumulada juntos, abrazarla y no soltarla nunca.
No aparto la vista de la puerta en ningún momento, hasta que las veo salir.
Sonrío al verla y voy hacia ella, que justo se gira y me ve.
Me sonríe de vuelta y es la sonrisa más bonita que me ha parecido ver en toda mi vida.
Empieza a caminar hacia mí; el rato que tardamos en llegar el uno al otro se me hace eterno, cuando nos estamos a un solo paso nos quedamos quietos, mirándonos frente a frente. Pasan unos segundos.
—Te dije que saldría bien —digo.
Ella se ríe entre lágrimas. La atraigo hacia mí y la abrazo. Ella me devuelve el abrazo apretándome con fuerza. Pongo mi barbilla encima de su cabeza y cierro los ojos, suspirando. Me dejo llevar por su abrazo, su olor, su presencia. Nos quedamos así un rato.
—Te lo dije —vuelvo a decir, separándome de ella, pero dejando mis manos en su cintura.
Ella pone sus manos en mis hombros y yo junto mi frente con la suya.
—Gracias. —Niego con la cabeza, ella repite—. Gracias por todo.
Como respuesta le alzo la barbilla y la beso. Ella pone sus manos en mi nuca, devolviéndomelo. Oímos un poco más allá que llaman a Alex. Ambos nos damos la vuelta y, sin soltarnos la mano, empezamos a caminar.
No será fácil olvidar esto, pero lo peor ya está.
Se irá a donde le dé la gana y ya no sabremos nada de él.
Ahora, necesitamos continuar con nuestras vidas, que es fácil decirlo, pero hacerlo será otra muy distinta.
Con todo lo que ha pasado va a haber pesadillas, malos días, momentos de no saber qué hacer…
Pero ahí estaré, para ella y su madre, para lo que necesiten.
Solo les queda pasar página por fin; se tienen la una a la otra, que es lo más importante.
Llegamos donde están nuestros padres y Alex se separa de mi cuando va a recibir otro abrazo de su madre.
—Estábamos hablando de que esta tarde os venís a casa a comer, ¿vale? —dice Raquel.
Yo sonrío sin poderlo evitar. Aún sigue abrazada a Alex y las dos parecen tener tanta paz…
—Por mi perfecto —respondo, y miro a mis padres interrogante, aunque supongo que ellos ya han dado el sí, por cómo ha hablado Raquel.
—Ya la has oído, no acepta un no por respuesta —dice mi madre encogiéndose de hombros.
Cuando llegamos a casa de Alex, ella me vuelve a coger de la mano.
—¿Podemos Ethan y yo dar una vuelta?
Todos la miramos con cierta sorpresa, aunque parecen disimular bastante bien, yo incluido.
Se da cuenta y nos mira a todos uno a uno, como si se sintiera una extraterrestre que acaba de hablar.
Todos parecemos relajarnos, dada la situación, parece que, sobre todo por parte de su madre, hay miedo, claramente instintivo. Finalmente, su madre sonríe.
—Claro, siempre que estéis para la comida —responde con dulzura.
Alex sonríe también, asintiendo.
—Me llamas cuando casi termines y volvemos —promete.
Raquel asiente y mis padres me dan un beso.
—Tened cuidado.
Yo asiento. Empezamos a caminar mientras Raquel les abre la puerta de su casa a mis padres.
El bosque al mediodía era precioso. Los pájaros ya han dejado de cantar, pero el ambiente da paz, aunque no hiciera el suficiente calor para ir en maga corta: ciclistas, personas paseando que siempre saludaban con un «Hola»…
Ambos sentimos mucha paz. No hemos dado muchos paseos por el bosque desde que nos conocemos, pero sí que sé con certeza la razón que tenía Alex cuando dijo que era su lugar favorito por eso.
—Bueno, ya nos has apartado de nuestros padres —le comento pícaro—. ¿Por algo en concreto?
Sigo interrogándola. Ella me mira y se ríe, negando con la cabeza y mirando al suelo un momento. Yo continúo mirándola, interrogante, para que me conteste.
—Solo quería estar un rato en paz, nada más —confiesa casi en un susurro.
Un ciclista se acerca y yo me hago a un lado, poniéndome detrás de Alex y aprovecho la oportunidad para rodearla entre mis brazos, caminando cuando el ciclista pasa por nuestro lado. Ella apoya la cabeza en mi hombro, y suspira.
—De verdad, lo necesitaba —admite.
Yo sonrío satisfecho.
—Solo tenías que pedirlo.
—Y lo he hecho, ¿no?
—Sí, y me alegro. Esto trae tanta paz —susurro—. Tenías razón cuando lo dijiste; es increíble lo bien que se está aquí a estas horas.
Como está empezando a ser un poco incómodo esto de andar detrás de ella, me pongo a su lado, cogiéndole la mano.
—También… —empieza, pero se queda callada un momento. Luego continúa—, quería hablar contigo.
Se pone algo seria cuando la miro a los ojos. Yo asiento con una sonrisa, animándola a continuar.
—Claro, dime.
Suspira, sé que es señal de darse el empujón para empezar a hablar.
—Gracias por todo lo que has estado haciendo estos meses —comienza a decir—.
Por más que lo pienso, no sé qué hacer para compensarte.
Has estado desde el principio conmigo y para mí, y sé que no es justo para ti que no hayas recibido lo mismo por mi parte.
No hay nada que compense lo que has hecho tú y tu familia por mí; cuando más te necesitaba, ahí has estado.
En mis peores momentos, en los mejores y en lo cotidiano, eso no lo hace todo el mundo, Ethan. Tú sí.
Yo freno y ella lo hace después. Se gira para mirarme, expectante. La tomo también de la otra mano.
—Alex, no tienes que agradecerme nada. Sabes perfectamente que lo he hecho porque quería y quiero estar contigo —le contesto mirándola a los ojos—. Aunque eso implique malos momentos o peores.
Alzo las cejas, para que me entendiera.
—Eso es una relación, sea de amistad o de amor. Estar ahí para la persona cuando te necesite, para bien o para mal. A veces, simplemente escuchando, simplemente estando, simplemente viendo —repito las palabras de mi mejor amiga que tanto me calaron y que tan reales eran—. Me lo hizo ver Laura.
Alex sonríe con ternura.
—Al principio, me sentía impotente, incluso inútil, porque no podía ni puedo hacer nada, pero ella me hizo ver que con eso era suficiente.
Ella asiente.
—Es verdad —concuerda conmigo—. Creo que eso era lo que necesitaba realmente, que alguien me viera. Y lo has hecho. Me viste.
Asiente con los ojos llenos de lágrimas.
—Te quiero. —Abro mucho los ojos—. Sé que no te lo digo mucho, pero lo hago, Ethan. De verdad que lo hago y, después de lo de hoy, de todo lo que ha pasado, merece la pena decirlo siempre que queramos, así que lo digo, sin miedo ni tapujos, aunque ya lo sepas realmente.
La atraigo hacia mí y la beso.
No hay duda de que es un beso diferente. Muy diferente.
Ella se deja llevar, abriendo sus labios para dejarme entrar con un suspiro del cual bebo.
Nuestras lenguas empiezan a jugar la una con la otra, explorando cada parte de nuestras bocas.
Le acaricio la espalda con las manos y jadeo cuando ella gira un poco la cabeza para tener mejor ángulo para besarnos más profundo, rodeando mi nuca con sus brazos.
Ella vuelve a suspirar en mi boca cuando le mordisqueo el labio inferior.
El tono de llamada de Alex empieza a sonar, interrumpiendo nuestro beso. Los dos nos separamos jadeando. Ella coge la llamada.
—Mamá—dice, aún recuperando el aliento—. Vale, ya vamos.
Espero a que cuelgue.
—¿Por qué últimamente no paran de interrumpirnos? —pregunto volviéndola a atraer hacia mí.
Ella se ríe, poniendo los brazos en mi nuca otra vez.
—Bueno, nadie ha dicho que no podamos continuar —suelta con su sonrisa pícara que le sale pocas veces.
Yo sonrío sin poder evitarlo y vuelvo a besarla.