Ayúdame a salir 82 Ethan
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82 Ethan

Acabo de salir de la ducha y solo me he puesto los calzoncillos y los pantalones cuando mi reloj marca una llamada entrante. Alex. Frunzo el ceño un segundo. Le hablé hace una hora y estaba esperando su respuesta por si venía esta noche o no, pero aún no había contestado. Cojo la llamada.

—Ey, dime, corazón —saludo, poniéndome el teléfono en el hombro para sujetarlo mientras busco una camisa decente. Aunque es familia, no creo que necesite ir muy…

—¿Puedes venir? —Paro en seco.

Su voz apenas es un susurro jadeante, parece que no pueda casi respirar.

Cojo bien el teléfono e intento respirar y hablar lo más tranquilo que puedo.

—¿Qué pasa? —le pregunto y, aunque intento parecer calmado, mi voz suena bastante angustiosa.

—No quiero recaer —me dice entre sollozos jadeantes—. De verdad, no quiero.

Está intentando hablar un poco más claro, pero le cuesta.

Apoyo un brazo en la puerta del armario y cierro los ojos un momento. Joder.

—Quince minutos —le respondo, repitiendo—; dame quince minutos.

—Pero… —empieza ella. Hace una pausa y le dejo un momento por si quiere continuar. Lo hace—. Joder, Ethan, tú tienes cosas que hacer, solo quería escuchar tu voz porque ahora mismo eres la única persona con la que sé que no voy a sentirme imbécil por llamarte por un puto ataque de pánico.

Ahora está enfadada. No conmigo, eso está claro.

Cojo una camisa del armario, pongo el altavoz y empiezo a ponérmela.

—Alex, en primer lugar, me importa una mierda ahora mismo lo que tenga que hacer, sinceramente —le digo dejando el teléfono en el escritorio y cojo mis bambas—. En segundo lugar, no voy a dejarte sola cuando me necesitas.

Sin más. Ella se ríe irónicamente.

—Joder —jadea.

No dice nada más, solo la oigo llorar. Acabo de ponerme las bambas y suspiro cerrando los ojos.

—Alex —me sale más una súplica que su nombre—. Por favor, dame quince minutos.

Hago énfasis en cada palabra que digo.

—Vale.

—Vale. —Cojo el teléfono, cuelgo la llamada y me pongo en marcha.

No quería llamarme, no quería molestarme, o lo que es peor, no quería ser una carga. Porque, aunque haya progresado mucho, ya sabemos lo que un ataque de pánico podría hacerle. Otra vez.

Aparto ese pensamiento de mi cabeza en cuanto aparece, pero me ha puesto la carne de gallina, ha hecho que me estremezca y que recuerde a algo de lo que no quería acordarme nunca más desde que pasó. Ha hecho que casi corra, porque sé lo jodido que ha sido para ella llamarme.

Sé lo que le ha costado. Lo que ella no sabe es lo fuerte que acaba de ser en este momento, joder.

Le pedí que si se volvía a sentirse así me llamara.

Y lo ha hecho. No sé si por eso, pero lo ha hecho.

Me ha pedido ayuda aun creyendo que me molestaría.

No sabe lo agradecido que estoy por esa llamada.

Estaba lloviendo, así que tuve que coger un paraguas. Cuando llego al portal, paro en seco. Estaba allí, en la puerta del portal, sentada, empapada. Nota que llego y alza la mirada hacia mí.

No digo nada. Ella tampoco. Al menos, por lo que me parece una eternidad.

Ella ya no lloraba. Aunque tenía la mirada un poco perdida todavía, como si tuviera resaca.

Aún con la lluvia empapándole la cara se le veían los ojos enrojecidos de tanto llorar, y aún parecía hiperventilar, aunque superficialmente. Decido empezar yo a hablar.

—Te estás empapando, ¿qué haces aquí fuera? —le pregunto lo más suave que me permite mi garganta—. Podrías haberme esperando dentro.

Digo lo último aún sin moverme: no me atrevía. No sé si es consciente, pero tiene en la mano derecha una cuchilla, aunque con el envoltorio puesto. Me da la sensación de que, si me muevo, la perderé para siempre.

«Joder, no».

—Necesitaba aire —responde en un murmullo por encima del sonido de la lluvia.

Yo asiento, comprendiendo.

—La verdad es que me ha relajado mientras te esperaba —continúa mirando al suelo.

Yo sonrío levemente, aunque con la lluvia igual no se ha dado cuenta. Quiero acercarme. Dios, quiero abrazarla y consolarla.

—¿Me dejas que te proteja de la lluvia? —le pregunto sin poder contenerme.

No puedo verla más así, sola, bajo la lluvia. Ella me mira de nuevo y juro que lo que veo en su cara no solo es la lluvia que la empapa, sino lágrimas que aún salen sin que se dé cuenta.

—Quiero que me protejas de todo. —Me quedo un momento sin aliento.

El que va a llorar ahora soy yo.

—Solo puedo protegerte si me dejas —contesto con el corazón en un puño—. Y me mataría si te prometo que puedo protegerte de todo y que luego no sea así, Alex. Nunca te he mentido y nunca lo haré. Eso sí puedo prometértelo.

Hago mi mayor esfuerzo por seguir quieto en el sitio. Ella asiente y se hace a un lado de la puerta. Gracias a Dios. Voy hacia ella y me siento, aunque el suelo esté mojado.

—¿Me dejas eso? —le pregunto, con el corazón desbocado. Ella mira su mano.

Parece darse cuenta de lo que tiene y frunce el ceño.

—No me había dado cuenta de que aún lo tenía en la mano —me dice mirándome, negando con la cabeza, aún confundida.

Yo niego con la cabeza rápidamente.

—No pasa nada —le digo—. En serio.

Me giro un poco hacia ella, para que vea que lo digo de verdad.

Extiendo la mano, con la intención de hacerle ver que, si quiere, solo si quiere, puede dármelo.

Antes de que diga nada más, lentamente pone la cuchilla envuelta en mi mano.

Yo suspiro de alivio, cerrando los ojos un instante, dejando que la ansiedad se vaya de mi cuerpo y respirando tranquilo por fin.

Ella parece moverse un poco, como para aliviar tensiones. Ríe sin ganas mirando hacia arriba, donde ahora la tapa mi paraguas. Luego me mira a mí de nuevo.

—No sirve ya de mucho, que digamos.

Yo sonrío y me quedo pensativo un momento. Me levanto mientras guardo la cuchilla en mi bolsillo.

—Tienes razón —digo, asintiendo con la cabeza.

Tiro el paraguas a un lado y empiezo a mojarme también por culpa de la lluvia, que no sé por qué, pero parece que es más fuerte ahora, como si el ánimo de Alex fuera con ella. Se levanta ante mi acción y abre mucho los ojos.

—¿Qué haces? —me pregunta angustiada, yendo a por el paraguas—. ¡Te vas a empapar también!

Yo me adelanto, quedándome delante de ella, impidiéndole el paso y poniendo sus manos en mis hombros, haciendo que pare y me mire.

Ella lo hace. Bajo las manos por sus brazos hasta llegar a las suyas, las agarro y empiezo a caminar hacia atrás, haciendo que Alex venga conmigo, hacia la lluvia y la noche.

—¿Qué haces? —me pregunta en un susurro, sin comprender. Yo sonrío.

—Tú, ven —digo simplemente.

Ella abre mucho los ojos cuando la acerco hacia mi cuerpo, poniendo mis manos en su espalda. Suelta un pequeño suspiro, supongo por la impresión, mientras empiezo a balancearnos muy levemente.

Ella vuelve a suspirar, dejándose llevar y poniendo su cabeza en mi pecho, con sus manos en mi espalda, rodeándome con los brazos. La lluvia nos continúa mojando, pero no nos importa lo más mínimo.

No sé cuánto tiempo estamos así, pero, cuando me doy cuenta, hablo por fin.

—¿Quieres hablar? —pregunto en su oreja con un susurro.

Aún con el sonido de la lluvia, me escucha, porque asiente levemente y luego levanta la cabeza para mirarme, contestando.

—¿Entramos? —Yo asiento, poniéndole un mechón de pelo detrás de la oreja.

A regañadientes me separo de ella y voy a coger mi paraguas mientas Alex abre la puerta del portal. Entramos en casa empapados. Yo dejo el paraguas en la entrada. Alex se gira hacia mí y pone los brazos en garra. Yo me quedo a la espera, con cara de interrogación.

—Mi padre quiere pedir la custodia completa.