Ayúdame a salir 81 Alex
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81 Alex

Obligo a Ethan a quedarse esa noche en mi casa. No pienso dejar que se vaya solo a la suya después de lo que acaba de pasar. Mi madre llega a casa sobre las ocho y se lo contamos todo. Acepta a que Ethan se quede sin problemas.

—Avisa a tu madre, sobre todo.

Ethan asiente mientras teclea en su teléfono.

Me doy una ducha, vuelvo a la habitación y nos metemos en la cama. No tengo ganas de cenar nada, Ethan parece pensar igual, aunque no lo comenta. Apago la luz suspirando y me pongo de lado. Noto una mano en mi cintura y me sobresalto un poco sin poder evitarlo. Joder, estoy nerviosa.

—¿Puedo abrazarte? —me susurra al oído.

Su preocupación hace que me sienta mal por mi reacción de hace un momento.

—Claro. —Me rodea la cintura con su brazo y noto su aliento en mi nuca, que me hace cerrar los ojos—. Lo siento, sabes que mi sobresalto no es tu culpa.

—Tranquila. —Suspiro, algo más aliviada—. ¿Quieres hablar?

Niego con la cabeza. Las lágrimas vuelven a mis ojos, impidiéndome responder. Él no dice nada, solo noto que asiente.

A los minutos, vuelve a hablarme.

—Alex, respira, tranquila.

Dios. No me he dado cuenta de que estoy casi hiperventilando. Trago saliva.

—Lo siento —susurro entre lágrimas, sin poder contenerlas.

—No pasa nada, estoy aquí. No voy a irme, Alex. —Sigue en mi espalda, hablándole a mi oído en un susurro—. Suéltalo, amor, llora si tienes que llorar. No intentes retenerlo o irá a peor.

Tiene razón. Si no dejo salir las emociones, se convertirán en un ataque de pánico y será mucho peor. Dejo que mis sentimientos afloren, salgan, me hagan llorar para sacarlo todo. Y eso hago, lloro. Lloro hasta que me quedo dormida.

El resto del semestre acaba sin novedades, exámenes aprobados (que la verdad creía que me irían peor) y con la Semana Santa por comenzar.

En clase las cosas están raras. Esas tres no me dirigen la palabra, aunque los cuchicheos persisten y hay alguna que otra risa, pero no es lo mismo para nada. Me evitaban todo lo posible.

Ethan se va mañana. Se me hará raro estar sin él unos días, pero la verdad es que siento que lo llevaré bien. Estaré con mi madre estas vacaciones, no hay nada más que prefiera, si soy sincera. Tenía ganas de pasarme horas sentada en el sofá con ella viendo una serie o pelis.

Cuando Ethan está en Málaga, me habla cada día para saber cómo nos va, incluso hacemos alguna videollamada y conozco (aunque fuese en la distancia) a Laura y al resto de sus amigos.

Me sentí algo azorada y tímida, pero me encantó conocerlos, su actitud era tan energética que se podía pegar a cualquiera que estuviera con ellos.

Ojalá los conozca pronto en persona, la verdad.

Ethan volvió de Málaga y el curso siguió de nuevo. Erika, Ethan y yo empezamos el último trimestre con un trabajo de tres y alguno individual. La rutina vuelve a nosotros y así, sin darnos cuenta, llega mayo, sin ninguna primicia que merezca la pena.

Desde aquel día, mi padre no ha vuelto a aparecer ni a dar señales de vida.

Casi van a empezar los exámenes finales y estoy de los nervios.

Solo quiero acabar el curso y largarme de aquí.

Las preinscripciones a la universidad empezarían en junio.

Quería estudiar educación social y tenía que empezar a mirar universidades.

Bueno, teníamos. Erika quería quedarse cerca, pero yo quería irme a Madrid, porque vi una allí que me gustó mucho.

Ethan no sabía bien aún qué estudiaría, pero tenía claro que quería hacer algo relacionado con la psicología. Posiblemente esa sería su carrera.

—También hay psicología en Madrid —comenta Ethan, una tarde, tirados en el sofá.

Yo le miro, con algo de sorpresa.

—¿Quieres ir a Madrid? —le pregunto alzando las cejas, con el corazón acelerado, ante la idea de poder seguir estando juntos en la misma ciudad y no en una relación a distancia.

—¿Por qué no? —Se encoge de hombros—. Si están bien las universidades allí, tampoco está mal. Tengo que hablar con mis padres.

Lo comenta como si ese fuera el menor de nuestros problemas. Tal vez tenga razón, ese no podía realmente considerarse un problema, la verdad. ¿Una decisión difícil? Sí.

—¿Te imaginas la vida allí? —pregunta, acariciándome el brazo mansamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo y quisiera gastarlo en eso.

—La verdad, no he pensado mucho en el futuro… —suspiro acomodándome más en sus brazos.

—¿Te acuerdas cuando te pregunté eso, el primer día que quedamos? ¿Que si ibas a ir o no a la uni ? —Sonrío de forma inevitable al recordar eso.

«La primera vez que quedamos».

—Tenías razón, las cosas pueden cambiar mucho en un año. —No sé qué decir ante eso, así que simplemente le miro. Él gira la cabeza para devolverme la mirada—. Quién lo diría.

Asiento sin necesidad de contestarle, porque sabemos a qué se refiere. Le doy un beso en los labios, que me devuelve poniendo una mano en un lado de mi cara.

Acompaño a Ethan a la puerta de casa, que hoy tiene cena familiar con sus tíos de Málaga.

—Sabes que mis padres te han invitado —me recuerda. Yo asiento con una sonrisa—. Si quieres venir, sin problemas.

—Sí, ahora cuando venga mi madre te digo. —Me da otro beso y se va.

Era pronto, así que me meto en la ducha y así me lavaba el pelo también.

Me visto y veo que aún es temprano para que mi madre vuelva, ya que aún son las siete de la tarde, por lo que decido ponerme algo en la televisión mientras tanto.

Llego al comedor y veo una carta en la mesa pequeña, que todavía parece estar abierta.

Parece algo importante y me decido a leerla por si a mi madre se le ha olvidado en casa. El corazón se me para.

«Solicitud de custodia de Alex Villaescusa».

Se me corta la respiración. De repente, apenas puedo respirar.

Me quiere llevar. Mi padre ha venido a llevarme con él.

No quiero. No quiero. No quiero.

No puedo pensar, no puedo moverme. Solo se me viene a la cabeza el hecho de estar con él, de convivir con él, aunque solo me quede un año para ser mayor de edad y huir. Huir lejos. Muy lejos de él. No contemplo la idea de esa posibilidad.

El corazón me martillea como si tuviera un tambor en el pecho, uno muy grande, enorme. Y lo escucho en todas partes. Solo escucho eso: mi corazón latiendo a un ritmo imposible de contar. O eso me parece.

«Un ataque de pánico».

Intento respirar como la terapeuta me dice, como Ethan me dijo en el callejón, pero nada funciona. Solo veo imágenes en mi cabeza.

Imágenes de mi padre encima mío, de mi padre diciéndome que me relaje, de mi padre al día siguiente, haciendo como si nada hubiera pasado. Sentimientos de lo sucia que me sentí sin ser siquiera consciente de ello. Sentimientos de culpa que vuelven cuando creí que ya me los quité de encima.

Mi madre no está bien en el trabajo. La pueden echar si quieren, con la puta crisis que están pasando.

Bullying .

Bullying .

De repente, me odio a mí misma por todo lo que está ocurriendo. Me odio por ser tan débil. Me odio por creer que todo estaba mejorando. Lo estaba haciendo, joder. Yo estaba mejor. ¿Por qué ahora esto?

Doy vueltas por el comedor, los pensamientos me abordan la mente, no puedo pararlos. No soy capaz de pararlos. Me pongo las manos en la cabeza, jadeando. No puedo controlar la respiración.

No puedo. Me doblo sobre mí misma aún con las manos en la cabeza y sollozo, que es lo primero que mi garganta puede sacar.

Un sollozo ahogado detrás de otro. Me enderezo otra vez y sigo dando vueltas, como un animal encerrado.

Así es como me siento, un animal encerrado, asustado y devastado, porque sabe que está a punto de morir.

Cuando me doy cuenta, estoy en el baño, abriendo el grifo y pasándome agua por la cara, para ver si funciona algo, pero no. Me apoyo con las manos en la pica, intentando respirar. Aunque parece que el agua ha ayudado un poco. Un poco.

Cierro los ojos con fuerza y bajo la cabeza, intentando dejar la mente en blanco un segundo, pero no puedo. Siguen pasando miles y miles de pensamientos a la velocidad de la luz, y sigo sin poder pararlos. Y hay uno que no me gusta nada. Ya he pasado por él.

Quiero morirme.

De repente, la idea me parece tentadora. Solo puedo pensar en que me ayudaría ahora mismo; mi cabeza se va a la opción más rápida.

Quiero morirme.

Consigo coger aire, pero aun así parece que mis pulmones no reciben lo suficiente y empiezo a hiperventilar. Quiero llorar, soltarlo todo, quedarme sin fuerzas y dormirme.

Quiero morirme.

Me inclino aún agarrada con las manos en la pica, intentando controlar mi respiración, todavía con los ojos cerrados, pero no lo consigo. Miro hacia arriba negando con la cabeza y sollozo otra vez. Me pongo recta y me apoyo contra la pared del lavabo, con la respiración agitada.

Siento que en cualquier momento voy a morirme.

Intento respirar profundo, pero casi no puedo, si entra aire, entra lo mínimo que podría pasar a mis pulmones. Sigo sintiendo que me ahogo.

Quiero morirme.

Y, de repente, le veo a él. Y, de repente, escucho sus palabras.

«Si vuelves a sentirte así, llámame, por favor».

Se lo prometí. Pero no puedo. No puedo. Vuelvo a cerrar los ojos con fuerza, lágrimas bajan por mis mejillas mientras sollozo. Vuelvo a abrirlos. Me agarro a esas palabras como si fuera lo único que me mantiene anclada a la Tierra.

«Si vuelves a sentirte así, llámame, por favor».

Me centro en esas palabras y en nada más. Dejo pasar todo por delante menos esas palabras. No sé cuánto tiempo pasa, porque ni siquiera me doy cuenta, pero mi respiración parece empezar a normalizarse.

«Si vuelves a sentirte así, llámame, por favor».

Pongo la mano en mi bolsillo trasero. Tengo el móvil ahí.

«Menos mal, porque no sé si aún podría moverme».

Lo cojo y busco el contacto de Ethan en las llamadas.

Me quedo un momento mirando su contacto, indecisa.

No quiero molestarle. Por algo hoy se ha ido temprano.

No debería llamarlo. Pero se lo prometí; en mi cabeza solo veo su cara de súplica mientras me lo decía.

Con un nudo en la garganta, le doy al icono de llamar.