Ayúdame a salir 80 Ethan
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80 Ethan

Estamos llegando a casa de Alex y todavía seguimos con el mismo tema de conversación:

—No puedo creerme que no te dieras cuenta de que ese era el antagonista. —Me río con asombro y una pizca de indignación.

—No soy buena investigadora, la verdad —se excusa ella, encogiendo los hombros con indiferencia fingida.

—Eso no es excusa, ¡estaba claro quién era! —continúo, soltándole la mano y casi poniéndome en frente de ella, haciéndola parar.

—Pues mira, para mí no tanto —me dice alzando una ceja—. Yo creía que era el otro.

Se pone las manos a los lados de la cintura. Yo chasqueo la lengua.

—¡Era muy evidente, Alex! —digo moviendo las manos en gestos amplios.

—¡Pues por eso mismo! —Se indigna ella levantando la mano y volviéndola a bajar. Yo me río.

—Precisamente por eso no era el malo —le digo volviendo a su lado—. Si las series son buenas, el malo siempre es el que menos te esperas.

Su indignación causa que me siga riendo.

—Venga ya —me dice, parándose un momento. Yo me giro hacia ella y luego vuelve a caminar hacia mí—. Tú eres un listo, ¿no?

Hace como si me fuera a pegarme y yo me pongo en posición de defensa para que no me lleguen sus puños, riendo.

Antes de que pueda hacer o decir nada, cuando casi llegamos a su portal, ella para en seco en la puerta de fuera y ahoga un grito, agarrándome en un acto reflejo. Yo me asusto y la sujeto también, pero no es porque casi se caiga. Está mirando detrás de mí.

Me giro y le veo. Su padre. Aunque yo no lo llamaría padre. No se parece mucho al de las fotos que me enseñaron precisamente porque eran de hace años para que supiera quien era, pero era él. Me quedo al lado de ella y entrelazo mis dedos con los suyos con firmeza.

—Tranquila —le digo en un susurro que solo puede oír ella—. No te va a tocar conmigo aquí.

Ella suspira como si hubiese contenido el aliento desde que ahogó el grito . Caminamos más adentro y él nos ve. Se endereza y parece que va a empezar a andar, pero se queda en el sitio, como si fuera un portero de discoteca.

—Papá.

Noto cómo la bilis me sube por la garganta al escucharla llamarle así, cuando este hombre es de todo menos eso. Casi vomito lo que hemos cenado, pero consigo que la comida se quede donde está.

—¿Qué quieres? —le escupe sin rodeos.

Me cuesta escuchar a Alex hablar así. Nunca lo hace. Pero esta ocasión lo merece; estoy orgulloso de ella. Su padre abre la boca para hablar.

—No había nadie en casa, estaba esperando a que llegarais —dice.

Su voz aparentemente inocente, incluso con un toque dulce, hace que me den náuseas otra vez.

—¿Para qué? —Alex continúa fría, pero el apretón de su mano me dice que está a punto de vomitar igual que yo. Yo le aprieto más la mano.

—Quiero hablar con vosotras —responde él—. Contigo.

Yo casi me río, pero solo niego imperceptiblemente con la cabeza.

—Yo no tengo nada que hablar contigo. —Su frialdad me sorprende una vez más, pero es evidente que él no se achanta.

—Solo quiero que me escuchéis y hablemos, nada más. —Alza los brazos hacia arriba en son de paz.

—Y yo he dicho que no tengo nada que hablar —repite ella, empezando a impacientarse.

Yo tomo aire, porque también estoy empezando a cansarme.

—Y mamá tampoco está en casa, así que creo que es mejor que te vayas.

Está claro que le duele, porque le veo poner una mueca de… ¿fastidio?

—Venga, Alex, solo quiero hablar —insiste él.

Veo que no lo entiende.

—Te ha dicho que te vayas —le suelto, para que lo capte.

Llamo su atención y me mira.

De nuevo, aparecen las náuseas. Me está empezando a poner nervioso. Alex se tensa a mi lado ante mi intervención. No quiere que haga nada contra mí, lo entiendo. Pero no voy a dejarla sola. Él habla.

—Creo que esto es entre ellas y yo, es decir, la familia.

¿Familia? Venga ya.

Casi me río en su cara, pero por suerte me contengo. Ahora el que habla soy yo.

—Bueno, al ser su pareja supongo que entro en el rango, ¿no? —Alzo las cejas.

Él hincha el pecho cogiendo aire. Parece contar hasta diez.

—Ya veo —dice de forma lenta colocándose las manos en los bolsillos—. Igualmente, es algo entre nosotros, chaval.

Ahora es Alex quien le contesta.

—Será mejor que te vayas —le repite, empezando a ponerse nerviosa—. No creo ni que puedas estar aquí, de hecho.

Él se tensa ante ese comentario y yo lo comprendo: la orden de alejamiento.

—Así que, por favor, vete.

Parece más bien una súplica que me hace estremecer.

—De verdad, solo quiero hablar —dice empezando a caminar hacia nosotros, hacia ella.

Por ahí no paso. Y menos, cuando noto la tensión de ella a mi lado. Me pongo en frente suyo sin dudarlo.

—Eso no —le escupo negando con la cabeza y levantando un brazo hacia él. Frena en seco y Alex se agarra a mi espalda—. No vas a acercarte. Si quieres hablar, ya estás bien ahí.

Está claro que no se lo esperaba. Lo que esperaba era encontrarla sola. Lo que esperaba era que hablar con ellas fuese sencillo y fácil. Pero no va a ser así. Y eso parece que le cabrea.

—Ya te he dicho que es una cosa entre nosotros. —Esta vez su tono es osco.

Ahí está. Su verdadero yo.

—Es mejor que no te metas —me advierte alzando las cejas.

No sabe con quién habla, no me conoce. No tiene ni idea de quién soy ni mis valores. No sabe que soy capaz de cualquier cosa por defender a la gente que quiero.

—Ella te ha dicho que te vayas —le repito las palabras de Alex, señalándola con la cabeza—. Si ella quiere eso, ¿por qué no lo respetas y te vas?

Hago un movimiento de cabeza hacia la calle y mi mano le indica la misma dirección.

¿No nos lo va a poner fácil, ¿verdad?

—Quiero hablar con ella —dice señalándola.

«No, no va a hacerlo».

Niego con la cabeza, esta vez de forma perceptible, mirando un momento al suelo. Vuelvo a clavar mis ojos en él.

—Será mejor que te vayas. —Oigo a mi espalda.

Alex está todavía detrás mío. Se lo está suplicando y él sigue. Yo tengo que controlarme para no gritarle, para seguir con un tono medianamente cordial, pero, joder, no lo pone fácil en absoluto.

—¿Te estás dando cuenta de que te lo ha pedido no una, sino tres veces? ¿Qué quiere que te vayas? —Esta vez se lo digo claramente, a ver si de una vez lo capta.

Vuelve toda su atención hacia mí y su mirada me advierte de que me calle, me obliga a que me vaya. Pero yo también quiero que él se largue, así que, estamos en las mismas. No voy a ceder.

—Es mejor que nos dejes hablar. A solas —susurra.

«Joder, qué insistente, coño».

Ahogo una risa, negando con la cabeza.

—¿De qué? ¿De que eres un violador? —No he podido evitarlo.

Acto seguido le cambia la cara. Se abalanza sobre mí, agarrándome del cuello de la camisa y me estampa contra el muro de al lado del portal de Alex. Ella ahoga un grito. Siento que me falta el aire por un instante tras el impacto.

—¿Quién cojones eres tú? —ruge en mi cara— ¿De qué vas, niñato?

De repente, un brazo se interpone entre nosotros y veo que es el de Alex, con la cara descompuesta.

Se me cae el alma al suelo: «no vayas a por ella, no vayas a por ella».

—¡Papá! —chilla—. ¡Suéltalo! ¡Suéltalo ya!

Yo estoy jadeando entre sus manos y el brazo de ella. Intento zafarme, pero no puedo; Alex tampoco tiene fuerza suficiente para quitármelo de encima.

—¡Suéltalo o llamo a la policía! —continúa a viva voz—. ¡Llamaré a la policía!

Parece que él se lo toma en serio, cosa que yo haría también, y me suelta. Yo toso un par de veces y respiro aún aceleradamente, mientras Alex me aparta del tipo, temblando.

—No creas que no hablaremos, Alex —suelta, también faltándole el aliento.

Se va hecho una furia. En un instante, veo la calle y al otro la cara de Alex, que toma la mía con total preocupación, respirando tan aceleradamente como yo.

—¿Te ha cogido del cuello? —me pregunta entre jadeos. Tiene los ojos empañados en lágrimas que amenazan con caer en cualquier momento—. ¿Te ha cogido del cuello?

Yo le agarro las manos para tranquilizarla.

—No, no —le respondo rápidamente al recuperar el aliento—. Más bien de la camisa.

Ella parece relajarse. Mira hacia atrás y vuelve a mirarme a mí.

—Madre mía Ethan. —Me abraza con todas sus fuerzas, temblando—. ¡Podría haberte hecho cualquier cosa!

Tiene razón. Le devuelvo el abrazo con la misma fuerza y suspiro.

—Lo siento —digo casi en un suspiro.

Ella se aparta y me mira.

—¿Estás pidiendo perdón? —me pregunta, como si eso no fuera una posibilidad.

Yo le dedico una sonrisa algo triste.

—No tendría que haberle dicho algo así…

—¿De verdad? —me corta ella.

Yo no sé qué responder a eso. Ella hace un sonido de risa ahogada y parece que va a decir algo, pero al final no lo hace y vuelve a abrazarme, haciendo que los dos suspiremos. Yo le pongo una mano en el pelo instintivamente.

—Va a volver —me advierte con amargura.

A mí se me encoge el corazón de una manera que nadie sabrá jamás.

Me separo de ella y le cojo la cara con las manos.

—No va a tocarte —le digo con voz grave—. Tendrá que pasar por encima de mí, te lo aseguro.

A ella se le caen un par de lágrimas que yo limpio, pero asiente.

Yo asiento también y no puedo evitar besarla.