Ayúdame a salir 78 Ethan
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78 Ethan

La veo pararse tan de golpe que me sorprende demasiado, me callo y veo su cara. Es de total terror, repugnancia e incomprensión, y no solo eso, es tan expresiva que me asusto.

—Eh, ¿qué pasa? —pregunto preocupado.

Solo dice dos palabras, pero esas dos palabras me ponen la piel de gallina y, a la vez, una rabia e impotencia recorre mi cuerpo de tal forma que casi no puedo controlarme: «Mi padre».

—¿Cómo? —me sale de la garganta, en un susurro casi ahogado. No puede ser verdad—. ¿Dónde?

Me voy a dirigir hacia donde ella mira, pero se cruza delante, impidiendo que camine, poniendo sus manos en mis hombros.

—Por favor, sácame de aquí.

La miro y me doy cuenta de mi estupidez.

Casi rompiéndose, me dice:

—Que no me vea.

Su voz es apenas un susurro y eso me rompe a mí. Tengo que sacarla de aquí. Ella tiene razón. Analizo la zona y veo a mi derecha un callejón. Arranco a correr con ella hacia allí y, al llegar al final, giro a la izquierda y paro.

Alex se apoya en la pared; está hiperventilando. Al principio creo que es por haber corrido, pero me doy cuenta de que no puede respirar normalmente.

—Ey —le digo poniéndome delante de ella—. Mírame.

Le pongo las manos a ambos lados de la cara para que lo haga.

Me estoy preocupando de verdad, como siga así no sé qué puede pasarle. No para de hiperventilar.

—Cálmate, Alex, tienes que respirar —le pido, angustiado—. Profundo, céntrate en respirar.

Continúo animándola a conseguirlo, pero parece que no me escucha.

—No puedo… —Apenas puede hablar, su voz es ahogada, intentando tomar aire—. No puedo respirar…

Se me cae el alma al suelo.

—Escúchame. —Hago que se centre en mi mirada—. Respira profundo. Profundo.

Le hago yo una demostración inspirando y expirando.

—Así —le insisto.

Parece que empieza a escucharme porque lo intenta, pero no puede.

—Estoy contigo, Alex —continúo hablándole—. Estoy aquí.

Sigue hiperventilando y noto que pierde la fuerza para quedarse de pie; por suerte, yo tengo mi pierna entre las suyas y ayudo a bajarla hasta que la dejo sentada en el suelo.

—Vamos, Alex, sé que puedes.

Advierto que quiere hablar, chillar, llorar, pero no puede y eso me mata.

Una bolsa. Necesito una bolsa de papel. Algunas personas están mirando para averiguar qué es lo que pasa, así que no me corto ni un pelo.

—¿Alguien tiene una bolsa de papel? —chillo.

Rápidamente una mujer viene y me da algo parecido, así que lo acepto con mucha gratitud.

No es una bolsa muy grande, pero creo que puede servir.

He vivido estos ataques de ansiedad con Laura, ella siempre llevaba una bolsa así parecida por lo mismo.

Hago un apaño para que haga bien su función y le pongo la bolsa en la boca a Alex, diciéndole otra vez que respire.

Hago que me mire otra vez y le pido que se tranquilice. Poco a poco, su respiración se vuelve más acompasada y normal, veo que ya es momento de retirar la bolsa, que tiene que ser muy incómoda.

Por fin parece inhalar aire con normalidad, comenzando a llorar en mis brazos como si de un bebe recién nacido se tratara.

Yo solo puedo abrazarla para que sepa que ahí estoy.

Cuando se calma del todo, todavía seguimos en el callejón, sentados, sin decir palabra. Un momento después, Alex por fin habla.

—Lo siento.

«¿En serio?».

—Alex —le digo cerrando los ojos por un segundo—. No me creo que me estés pidiendo perdón por esto.

Me paso la mano por el pelo. Ella suspira.

—Pues supongo que sí —dice casi en un susurro—. ¿Cómo supiste lo de la bolsa de papel?

Lo pregunta de repente, con curiosidad. Yo la miro un momento y sonrío un poco.

—Mi mejor amiga —respondo acordándome de ella y perdiéndome en mis recuerdos—. Hubo una época en que lo pasó bastante mal y le daban ataques de pánico. Siempre llevaba una bolsa así y yo me quedaba con ella hasta que se le pasaba; luego hablábamos o no hablábamos, lo que ella quisiera.

Hacía relativamente poco que la había visto, pero ya la echaba de menos.

—Tiene mucha suerte de tenerte.

La miro.

—Yo también de tenerla a ella —afirmo—. ¿Y tú? ¿Quieres hablar?

Mira al frente y suspira.

—No entiendo qué hace fuera…

Yo tampoco.

—Y, ahora, ¿qué hago? —susurra.

Me mira como si yo tuviera la respuesta.

Ojalá la tuviera.