Ayúdame a salir 76 Ethan
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76 Ethan

No pensé nunca que Alex creyera que yo estaba saliendo con Laura, la verdad.

A mí se me hacía raro hasta imaginármelo.

Es mi mejor amiga desde que tengo memoria.

Ahora que lo pienso, es increíble lo rápido que pasa el tiempo.

A Pol y Alberto los conozco desde más o menos el mismo tiempo, año arriba, año abajo.

No me imagino una vida sin ellos: junto con mi familia, son mi pilar.

Por muchas ganas que tenga de estar con ella, Alex se ha ido a comer con su madre.

Se nota que es muy importante reconstruir esa relación convirtiéndola en confianza.

Yo he decidido pasar el día en casa. Todavía me siento un poco en las nubes después de haber pasado la noche con ella, incluso, a veces, me pillo a mí mismo sonriendo sin darme cuenta cuando pienso en ello.

Tampoco paro de pensar en lo que me confesó.

Eso me quita la sonrisa y la convierte en una mueca de rabia e impotencia.

¿Cómo un padre, si es que se le puede llamar así, hace una barbaridad como esa?

Un padre, que se supone que es alguien que te tiene que proteger, cuidar, arropar, estar ahí para ti...

Es algo que nunca he entendido ni entenderé.

Lo que por desgracia entiendo es la culpa que puede llegar a sentir Alex.

Aunque no tuviera fundamento, aunque no le pertenece ni merece sentirla, por mucho que no quiera, sé que va a estar en su vida mucho tiempo.

Y eso es lo que me mata. Me dijo que el lunes tiene su segunda sesión de terapia, por lo que espero que sigan hablando de ello.

Mis padres no comentaron absolutamente nada sobre el tema de que se quedara a dormir, no hizo falta decir nada para que lo entendieran. Tampoco me dieron la charla ni nada por el estilo, solo que fuera consciente y tuviera cuidado.

La tarde de domingo la pasamos con Erika tomando algo y dando una vuelta. Como está todo cerrado, decidimos que el bosque es una buena opción para distraernos y no hacer nada. Hacía algo de frio, pero las chaquetas solucionan bastante bien el problema.

—¿Mañana irás a clase, Alex? —pregunta Erika mientras caminamos, saliendo de una zona algo boscosa, ya que se estaba haciendo de noche.

—Sí —responde ella, algo resignada—. Tengo la terapeuta por la tarde, así que…

No tiene excusa para faltar a clases.

—Bueno, ¿cómo fue tu primera sesión? —Alex suspira, pero responde, tranquila.

—Creo que nos iremos conociendo más —se sincera—.

Solo espero que de verdad vaya ayudándome, poco a poco.

Cuesta abrirse con alguien que no conoces, pero es cierto que ese hecho ayuda, porque no te juzgan, solo escuchan, te preguntan y eso te hace sentir mejor —razona, mirando al frente con los ojos entrecerrados por el viento.

—Me alegra poder oír eso. No siempre se consigue a alguien así, creo.

No sé mucho sobre psicólogos, pero también había oído eso: no todos tienen la misma capacidad emocional que otros.

—Bueno, he tenido suerte —asiente Alex, pasando su brazo por mi cintura. Yo hago lo mismo y quedamos abrazados mientras andamos—. De momento, parece que ha tanteado el terreno y lo ha hecho demasiado bien. Capta las cosas muy rápido.

Se tapa la boca con la bufanda, ya que se había levantado algo de viento.

—Debe de sorprenderte que sepan lo que sientes o lo que piensas solo con preguntas.

A mí me podría la piel de gallina.

—Pues sí, la verdad es que te pillan. Y como te pillan, es difícil mentirles o cambiar de tema.

—Yo creo que esa es la idea, ¿no? —hablo por primera vez desde que ha salido la conversación.

—Sí, seguro que sí —responde Alex, con un suspiro—. Tampoco es que hubiera mentido, pero lo hizo bien, sí.

—Bueno, entonces me alegro de que te fuera bien. —dice Erika con una mirada de alivio. Alex le sonríe desde mi lado—. Espero que siga así. Siempre que quieras puedes llamarme, ¿eh?

Asiente, alzándole la mano para agarrar la suya.

—Gracias, Erika. De verdad —le responde, sincera—. Te lo agradezco mucho.

El lunes fue día de presentaciones del trabajo que hicimos el viernes. Las cosas en clase seguían un poco igual, pero lo que está claro es que Alex parece algo más relajada, más a lo suyo, sin prisas, sin ceños fruncidos.

La verdad es que me alivia por una parte que tomara esa actitud, porque con nosotros no es que hubiera cambiado. No en ese sentido, al menos. No le había contado nada a Erika ni ella le preguntó en ningún momento. Sé que Alex lo agradece muchísimo.

Por parte de las acosadoras, porque no puedo llamarlas de otra manera, por respeto, siguen un poco en su línea de ignorar, pero mirar, reír y cuchichear. Nosotros pasamos de ellas, claro está. Tampoco nos haría bien hacerles caso, porque es lo que buscan, una respuesta, una reacción.

Al salir de clase, a última hora, recogemos nuestras cosas y Erika sale como una bala hacia el baño, diciendo que nos espera fuera. Vamos a salir de clases cuando escucho a Alex hacer una llamada de atención y me giro al instante, alerta. Veo que se ha tropezado, pero no se ha caído, por suerte.

—Ey, ¿estás bien? —le ofrezco la mano y entrelazo mis dedos con los de ella—. Cuidado.

—Me he tropezado con la silla, nada más —me dice, echando la vista atrás y señalando a la susodicha que casi la hace caer.

Unas risas alcanzan nuestro oído, sabiendo de quienes eran. Alex frena y me mira, yo alzo las cejas. Un poco cansinas sí que eran, la verdad.

—¿Vamos? —Le aprieto la mano para llamar su atención y empezar a caminar, pero ella suelta mi mano y se gira, soltando aire.

Parece indignada. Frunzo el ceño, pero dejo que haga lo que quiera, por ahora. Solo espero que no les siga el juego.

—¿Os divierte? —pregunta, mirándolas directamente.

Ellas se quedan sorprendidas.

—¿Perdón? —pregunta Carla, en tono más sorprendido que indignado.

—Que si os divierte —repite Alex más lento, como si ellas no la hubieran entendido. Me aguanto una sonrisa y una carcajada que tengo en la garganta.

—Ya te hemos entendido.

—No sé qué os hace tanta gracia de alguien que se ha tropezado —le corta Alex, sin vergüenza ninguna.

«Cómo la quiero, joder».

—O de alguien que está solo o vulnerable, o que no es como vosotras.

O de alguien callado del cual no tenéis ni puta idea de lo que le puede pasar en su vida, de lo que está viviendo...

¿Cuál es vuestro problema? Yo os lo diré: que os creéis superiores, cuando sois una mierda.

No sois nadie para decidir quién es mejor o peor, digno o no de estar con vosotras, que tampoco quiero, eh, porque bastantes náuseas me dan de pensarlo.

Vuestro problema es que no os dais cuenta del mal que podéis causar, del daño que puede llegar a hacer una puta palabra, un puto gesto.

Hacéis creer a la gente que no vale nada y, ¿sabéis qué?

Hace algo que nunca pensé que haría, ni en mis mayores sueños.

Levanta sus mangas y pone al descubierto sus cicatrices. El corazón me late con fuerza y el aliento se me corta. Veo como palidecen, y no hay mayor gusto que este preciso momento. «¿Y ahora que, imbéciles?».

—Casi lo conseguís conmigo. Me hicisteis sentir como una mierda, una basura que no sirve para nada.

—No eran ni mucho menos la única razón, pero joder, vaya lección les estaba dando—.

Cuando no es verdad. Así que antes de seguir haciendo sentir así a la gente, pensad en lo que puede conllevar.

Miraos a un puto espejo y así veréis el mal que estáis causando a los demás.

Se gira hacia mí y me enderezo cuando vuelve a coger mi mano.

—¿Nos vamos?

Asiento con una sonrisa satisfactoria y empieza a caminar rápido hacia fuera.

Una vez salimos de clase, se apoya en la pared y suspira, cerrando los ojos. Parece estar contando hasta diez.

—¿Estás bien? —pregunto un momento después, cuando veo que se ha calmado un poco. Asiente, más relajada.

—Sí —responde—. Vamos, Erika debe estar esperando.

Antes de que empiece a caminar, la agarro de la mano para que se girara de nuevo y la beso. Me da igual quién pueda vernos y a ella también, porque pone sus manos en mi pecho y me devuelve el beso.

—Estoy muy orgulloso de ti —confieso, mirándola directamente a los ojos.

Ella ríe negando con la cabeza, algo azorada.

—Ahora hablarán.

—Que hablen, entonces.