75 Alex
—Estoy bien —respondo abriendo los ojos. Su hoyuelo ha aparecido de nuevo y no puedo evitar acariciarlo—, estoy genial.
Me da un beso corto en los labios y vuelvo a acomodarme en su pecho.
—Ha sido… —No sabría describir lo que acabo de vivir. Lo que acabo de sentir—. ¿Increíble?
La pregunta la hago para mí misma, intentando encontrar la palabra.
—Para mí, creo que esa es la palabra —coincide él.
Entonces no estaba tan equivocada. Sonrío en su pecho.
—Quédate a dormir —me ruega en un susurro.
Le miro y mi sonrisa se hace más ancha. Nunca imaginé que podría pasarme algo así con un chico, pero aquí estoy, tumbada sobre el pecho de Ethan con una felicidad que nunca antes había sentido, relajada, tranquila.
Tranquila hasta que oigo vibrar el teléfono en el escritorio. Mierda. Me levanto de golpe agarrando las sábanas por encima del pecho.
—Mierda, mi madre —anuncio.
Se acabó la tranquilidad.
El teléfono no deja de vibrar, por lo que me levanto, alcanzando las primeras prendas que veo en el suelo, que son la sudadera de Ethan y mis bragas. Él se sienta en la cama tapado hasta la cintura, con un suspiro algo resignado.
«Sí, pienso igual».
Descuelgo la llamada, que obviamente era de mi madre. Madre mía, eran las doce y media.
—Mamá —empiezo a hablar, pero ella me corta.
—¿Dónde estás? —Su tono tiene un amago de enfado, pánico y alivio a la vez—. Me has dicho que venías de camino hace hora y media.
—Lo sé, lo sé, es que…
«¿Cómo le cuento yo esto?».
No quería mentirle. No después de todo lo que ha ocurrido.
«Dios, qué vergüenza.»
Me paso la mano por la cara, sin saber qué decirle.
—¿Vas a decirme algo o qué? —insiste ella.
Respiro hondo, antes de responderle.
No había planeado esto, había surgido y punto, tampoco tenemos la culpa.
—Es que… hemos estado hablando —empiezo sin saber por dónde empezar—. Le… le he contado lo de papá.
Se queda callada unos segundos, dejando mi corazón latiendo a mil por hora.
No hablábamos de ello desde hace años. Pero, desde mi primera cita con la terapeuta, entendí que hablar las cosas es lo principal para empezar a sanar. Noto un movimiento detrás mío y antes de girarme Ethan me abraza por detrás.
«Sí, por favor».
—Cariño, eres muy valiente. —Cierro los ojos ente sus palabras.
Yo no me veo valiente. Pero lo intento. De verdad.
—Nos hemos puesto a hablar y… se nos ha ido el tiempo…
No era mentira. Ya le contaría lo nuestro cuando estuviera a solas con ella, en confianza.
—Tranquila, solo quería saber por qué tardabas tanto. No sabía si te había pasado algo y estaba nerviosa.
Parece disculparse, cosa que no tenía que hacer. Solo se preocupaba por su hija.
—Lo entiendo, mamá, perdona. —Ella suspira, aliviada.
—Bueno, no te preocupes, espero no llegues más tarde de la una.
Me quedo callada un momento, hasta que por fin me atrevo a preguntar.
—¿Puedo quedarme esta noche? —suelto la pregunta rápido, como si así fuera más fácil.
Espero a que responda, expectante.
—¿Tú quieres quedarte?
No me esperaba esa respuesta. Sonrío, agradecida.
—Sí.
«Sí rotundo». No quería estar en otro sitio que no fuese durmiendo con Ethan, si era sincera.
—Entonces, ¿te veo mañana? Comerás en casa, ¿no?
Amaba a mi madre por encima de todo. Se me inundan los ojos de lágrimas ante su comportamiento conmigo, su protección maternal, su amor.
—Claro, comemos juntas.
Me sonrojo al pensar que debo contárselo, pero le debo lo mismo que ella me da: confianza.
—Pues nos vemos mañana, cielo. Pásalo bien.
De tonta no tiene un pelo, eso está claro. Pero eso solo hace más fácil contarle todo mañana.
Es la primera noche en días que no sueño. Simplemente duermo. Al día siguiente, me despierto cuando noto un cosquilleo en la mejilla. Cuando abro los ojos veo a Ethan sentado en mi lado de la cama y sonríe cuando le miro. Me estiro un poco en la cama, suspirando.
—Buenos días —saludo, medio dormida.
Por un momento, deseo que estas sean todas mis mañanas a partir de hoy, sonriendo.
—Buenos días, chiquitilla —responde acariciándome la cadera—. Siento despertarte, pero son las once.
Abro mucho los ojos y miro mi teléfono, que está debajo de la almohada.
Las 11:15. Suspiro y me hundo en la cama, poniendo un brazo tapándome la cara.
—Madre mía, es muy tarde.
—Por eso te he despertado, aunque no quería.
Pongo el brazo al lado de su cadera, tranquilizadora.
—No, no, te lo agradezco —hablo de forma rápida—. No quiero que mi madre se enfade más. Aunque dudo que lo esté, la verdad.
En la conversación de ayer no pareció estarlo.
—Mi madre ha hecho café, ¿quieres uno antes de irte?
Asiento, sintiéndome algo extraña.
Supongo que Ethan también avisó a su madre de que me quedaba anoche.
Recordar lo que pasó entre nosotros hace que tenga mariposas en el estómago.
Era la primera vez que estaba con un chico y me sentía de esa manera.
Tengo muchas cosas que asimilar, pero de lo que estaba segura era de que me sentía bien.
—Nunca imaginé que tendría una primera vez —me sincero mirando hacia abajo, con algo de pudor.
Noto como mis mejillas de encienden.
Ethan alza mi mentón y veo que me sonríe algo pícaro, pero noto sus mejillas sonrojarse, lo que hace que la temperatura me suba todavía más.
—Yo tampoco. —Mi cerebro cortocircuita por un segundo y creo que se llega a freír.
¿Ethan no ha estado nunca con nadie? ¿Cómo voy a creerme eso? ¿Cómo un chico como él no ha estado nunca con nadie?
—No te burles de mí, notas —le pido riéndome, pero él encarna las cejas, confundido. Su sonrisa se convierte en un rostro serio.
—Nunca me burlaría de ti con eso. —Me quedo callada un momento, intentando encontrar la trampa en su mirada, como mi mente hace creer siempre, pero no la veo—. Puedo hacer muchas bromas, pero hay cosas con las que no se debe jugar.
Es lo mismo que pienso yo, pero todavía cuesta ver que hay gente que sí merece la pena.
Mi mentalidad está en proceso de cambio, pero no es fácil cuando llevas tanto tiempo intentando el simple hecho de sobrevivir al día a día.
Tener gente que lo haga más ameno es algo que nunca imaginé que tendría.
Ese apoyo nunca lo tuve y, ahora que lo tengo en la palma de mi mano, cuesta agarrarse a ello.
—Además, me considero una persona que no sale con la gente a la ligera —continúa diciendo, poniendo una mano en mi cadera de nuevo—. Siempre he pensado en que, si salía con alguien, sería alguien a quien quisiera de verdad, alguien con quien tuviera confianza. Esperar me daba igual.
—Gracias por esperarme a mí.
Lo agradecía de verdad.
Seguro que hay a muchas chicas que podrían ser su tipo.
Para mí ha sido inesperado que me pidiera salir y más inesperado todavía el hecho de tener sexo con él.
Era extraño, porque ni siquiera siento vergüenza al pensarlo.
Nos lo pasamos bien, fue romántico, bonito, me trató como si fuera el tesoro más bonito que hubiera visto y lo demostró con sus miradas, sus caricias y sus besos.
Curva sus labios en una sonrisa de infarto, satisfecho con mi respuesta. Me da otro beso, esta vez un poco más largo.
—Es que me sorprende que para ti también he sido tu primera chica. —Él ladea la cabeza, encarnando una ceja hacia arriba.
—¿Por qué? —me pregunta casi riendo, luego parece conectar ideas y ahoga un grito abriendo mucho la boca y los ojos—. Creías que estaba saliendo con Laura.
Me muero de la vergüenza. La verdad era que sí lo creía en un momento dado, pero…
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —Mi sorpresa me impide callarme la pregunta.
Él niega con la cabeza, aún estupefacto.
—Cuando ella vino a verme, cuando tú estabas en el hospital. Seguro que ahí creías que estábamos saliendo, ¿verdad?
Noto como mis mejillas se encienden y me tapo con la manta hasta la nariz.
Él se ríe porque sabe que me ha pillado y me coge de las manos para destaparme la cara.
—¿Tanto se notaba? —pregunto, insegura de repente.
Quiero que me trague la Tierra si es posible. Vaya ridículo.
Vuelve a reírse ante mi reacción, que parece causarle más ternura que gracia, por su mirada de disculpa.
—La verdad es que no lo había pensado hasta ahora —contesta, con sus ojos perdiéndose en los recuerdos—. Pero, por lo que me decías, que me fuera con ella y demás… Sí que lo creías.
La verdad es que tenía mis dudas, pero ¿quién era yo para decirle nada?
—No me extrañaría si hubiera sido verdad.
Laura parecía una persona increíble, ya se lo dije en su día.
—Nos conocemos casi desde que nacimos, prácticamente somos hermanos —se explica, con una sonrisa nostálgica—. Obvio que la quiero. Para mí es como de la familia.
Le sonrío, tranquilizadora.
—Bueno, tampoco hubiera pasado nada, con tal de tenerte como amigo.
—Desde el día que te vi, ser tu amigo no era una opción.
Me besa de nuevo en los labios, dejándome con la palabra en la boca.