Ayúdame a salir 74 Ethan
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74 Ethan

Su respuesta me llega como un jarro de agua helada, como si todo mi cuerpo hubiera sido aplastado. Creo incluso que he palidecido. Aún estoy de pie, pero no puedo moverme. De repente, en mi cabeza empiezan a encajar muchas piezas, piezas que ojalá nunca hubiera tenido que juntar.

Cuando por fin siento que puedo moverme, me paso la mano por el flequillo y camino hacia un lado de la habitación, sin saber qué más hacer.

—No puedo creérmelo, porque encima…

Estaba a un segundo de preguntarle si sabía dónde coño está, a un puto segundo.

No me salían las palabras. Si decía alguna, se me cerraría la garganta. Mis ojos se empañan por las lágrimas que aparecen sin previo aviso y siento náuseas por lo que ha tenido que vivir. Me giro hacia ella, que se ha levantado y me mira casi sin comprender.

—Lo siento muchísimo. —Es la única frase completa que alcanzo a decir, acercándome a ella—. Ojalá no hubieras tenido que vivir algo así, Alex.

Una lágrima rueda sin vergüenza por mi mejilla, mientras yo me dedico a limpiar las suyas con mis pulgares. Acuno su rostro con mis manos y ahí las dejo, para que no pueda apartar su mirada de la mía.

—No fue tu culpa. —Hago énfasis en cada palabra—. No tienes la culpa de algo que él hizo.

Ella pone sus manos sobre las mías y cierra los ojos un momento.

No habla, no dice nada. Eso me da esperanzas de que esté asimilando mis palabras y las crea.

—Es difícil no culparse por algo que crees que pudiste parar. —El corazón me da un vuelco de la pena que estoy sintiendo ahora mismo.

Siento mucha impotencia, solo quiero tener el poder de hacer que todo malo desaparezca de su vida, que solo sienta la felicidad que se merece, que solo sienta que la quieren.

—Pero espero que mis sesiones con la terapeuta sirvan para eso, para entenderlo mejor, entender que yo tan solo era una niña pequeña que lo único que hacía era confiar en su padre, que él fue quien rompió esa confianza, no yo.

Junto mi frente con la suya, cerrando los ojos.

—Y si, además de eso, necesitas a alguien con quien hablar, sabes que estoy y estaré para ti.

—Es lo único que necesito. —Su voz era apenas un susurro. Se sorbe la nariz antes de continuar—. No quiero que pienses en ningún momento que no quería continuar o que no quería hacerlo. Tú no eres el problema, Ethan.

Vuelvo a mirarla para contestar.

—No tienes que disculparte por eso, entiendo que no estés preparada todavía, en serio…

—No lo entiendes. —Me corta, poniendo una mano en mi pecho—. No te he hecho parar porque tuviera que ver contigo o porque no estuviera preparada, sino porque merecías saberlo.

Yo solo me quedo callado, intentando buscar las palabras adecuadas.

Pone sus brazos alrededor de mi cuello, poniendo las manos en mi nuca. Yo la abrazo por la cintura, como si así no fuera a irse nunca.

—Quería contártelo, pero nunca encontraba el momento o la oportunidad.

—Le pongo un mechón de pelo detrás de la oreja, ya que casi me impedía ver sus hermosos ojos verdes y brillantes—.

Tenía miedo de lo que pudieras pensar, de lo que pudieras decir, pero dentro de mí, en el fondo, sabía y sé que puedo confiar en ti ciegamente, que puedo expresarme como quiera, decir lo que quiera, porque no harías nada que pudiera hacerme daño.

Sus palabras hacen que lágrimas vuelvan a mis ojos sin poder contenerlas ni evitar que resbalen por mis mejillas. Le sonrío como el llanto me deja y pasa una mano por mi hoyuelo, acariciándolo.

—Quiero, por primera vez en mi vida, dejarme llevar, hacer lo que cualquier adolescente hace, ser feliz sin creer que hay consecuencias por ello, mandar a la mierda al puto «¿qué dirán?

» que las voces de mi cabeza siempre me meten.

—Sus labios casi rozan los míos con cada frase y estoy intentando mantener el control de todas las emociones que están invadiendo mi cuerpo ahora mismo.

Quiero todo eso para ella, eso y más. Mucho más. Joder. Solo quiero hacerla feliz, porque lo merece. Después de todo, solo quería que tuviera una vida normal, como ella ha dicho, que sea una adolescente como cualquier otra.

Porque lo era.

Lo que dice a continuación hace que acabe con el poco autocontrol que tenía y me deja completamente desarmado.

—Quiero vivir, Ethan. Quiero vivir sin miedo. Así que, si aún quieres, continuemos donde lo habíamos dejado, porque yo sí quiero. —Su aliento se funde con el mío antes de juntar de nuevo nuestros labios, dándole la respuesta que quería.

Al principio es una simple caricia, la sombra de un beso, que acaba en uno más profundo, volviendo al vaivén de antes. Ella enreda sus manos en mi pelo y la acerco más a mí, sin quitar las mías de su cintura.

La acomodo en la cama de nuevo, llevándola al centro de esta, quedando debajo de mí. Pongo mis brazos a ambos lados de ella, sin aprisionarla. Nos besamos hasta que mi boca memoriza cada parte de la suya y nuestras lenguas se encuentran una y otra vez.

Sus manos van de mi pelo a mi cuello y de ahí pasan a mis bíceps, todo como una caricia que hace que corrientes eléctricas pasen por mi cuerpo y provocan que la quiera más cerca.

—Si te sientes incómoda, dime que pare —le pido antes de continuar.

Me asiente con sus mejillas tan sonrojadas como deben estarlo las mías y vuelvo a besarla.

Recorro su piel en un camino de besos por su mandíbula, debajo de la oreja, hasta llegar al cuello, donde la noto estremecerse, con el aliento entrecortado.

Pasa sus manos por mi espalda, hasta llegar al final de mi sudadera, poniéndolas debajo de ella.

Vuelvo mi atención a su boca y la miro con una sonrisa ante el gesto.

Ella parece azorada, como si la hubiera pillado haciendo algo, lo que casi me hace reír de la ternura que me causa.

Me aparto para poder quitarme la sudadera y la dejo a un lado, en el suelo.

Me quedo un momento quieto al ver que me mira de arriba abajo y, de repente, me siento nervioso y expuesto.

Espero expectante sus reacciones, sin prisas.

Sigue con sus manos en mi espalda y las pasa a mi cintura, haciendo que mi respiración sea tan entrecortada como la suya.

Se me tensa el vientre cuando sus dedos lo rozan sutilmente.

Está tanteando el terreno y hace que el deseo cada vez sea mayor.

Nunca había sentido algo así. Vuelvo a acercar mi cuerpo al suyo y nuestras bocas vuelven a chocar, esta vez en un beso carnal, como si las respuestas estuvieran ahí.

Paso mis manos por su cintura y noto que su respiración se vuelve más agitada sobre mi boca, pero no frena mis movimientos y en sus besos noto el mismo deseo que siento yo.

Paso los brazos por su espalda y hago que cambiemos posiciones; ella queda a horcajadas en mi regazo sin separar nuestros labios.

La abrazo mientras sigo besándola con todo lo que tengo, hasta que mis manos se van al final de su camiseta.

Presto atención a cualquier tipo de vacilación, pero no la hay.

Me lo confirma cuando separa sus labios de los míos y asiente, acariciándome el pelo, haciéndome cerrar los ojos un segundo antes de pasar la camiseta por su cabeza, que también echo a un lado del cuarto.

El brillo en sus ojos es completamente distinto.

Está lleno de ternura, amor y deseo, igual que lo que siento yo ahora mismo.

Hace que me quede sin aliento. Llevo mis manos a sus brazos hasta llegar a su cintura y de ahí a sus omóplatos, lo que hace que se tense un poco y se quede sin aliento.

Llego al cierre de su sujetador, me cuesta un poco, pero consigo desabrochárselo y le resbala hasta que lo deja caer.

Pone las manos en mi pecho y se hunde en mí mientras la abrazo con un suspiro.

De repente, me siento nervioso, a la vez que extasiado y con ganas de ella.

Solo de ella. La aparto un poco de mí y hago que me mire a los ojos.

Su mirada es azorada, con las mejillas sonrojadas.

Una sonrisa nerviosa se asoma en sus labios, se me hace pegadiza y sonrío de la misma manera. Es preciosa por dentro y por fuera.

Vuelvo a tumbarla sobre la cama y entre besos, caricias y jadeos, terminamos de desvestirnos en la penumbra.

Mis besos vuelven al hueco de su clavícula y clava sus dedos en mis hombros.

Arquea la espalda cuando acaricio su vientre hasta el interior de su muslo.

Vuelvo a mirarla, evitando cometer un error antes de continuar, pero no hay vacilación en su mirada, solo expectación y nervios.

Nuestras bocas vuelven a unirse cuando mi mano llega a su centro.

Bebo del gemido de placer que hace en mi boca, arqueando su espalda y la cadera.

Sus dedos vuelven a clavarse en mi espalda mientras muevo mis dedos donde más parece gustarle, haciendo círculos en su clítoris empapado.

Ella parece buscar más moviendo su cadera hacia ellos.

Echa la cabeza hacia atrás con un gemido cuando introduzco un dedo en su interior, agarrándose con un brazo a la almohada.

Mis labios vuelven a su cuello mientras marco un ritmo con el dedo y le acaricio, cuando noto que comienzan a temblarle las caderas, introduzco un segundo dedo y marco el mismo ritmo, hasta que vuelve a arquear la espalda en un grito de placer.

Su cuerpo se sacude hasta que, entre jadeos, acaba por relajarse.

Busco un preservativo escondido en la mesita de noche y vuelvo a besarla mientras pone sus manos en mi pelo de nuevo. Separo nuestros labios para abrir el plástico, pero antes de continuar, la miro.

—¿Te parece bien? —Ella simplemente asiente, acariciándome el pelo.

Cuando lo tengo puesto, vuelvo a ponerme encima de ella sobre sus caderas, casi en su entrada.

Le pongo una pierna rodeando mi cintura y con la otra hace lo mismo.

Pongo los brazos al lado de su cabeza, para no aplastarla.

Sin dejar de mirarla, entro los primeros centímetros que nos hacen gemir y ella vuelve a echar la cabeza hacia atrás, clavándome los dedos en los hombros.

Cuando entro por completo, los dos gemimos y me quedo quieto un momento, para acostumbrarnos.

Madre mía, estoy en el cielo. Dejo caer mi cabeza en su hombro, cerrando los ojos. Vuelvo a levantarla para mirarla a ella.

—¿Estás bien? —Parece tan extasiada como yo.

Asiente y me deja mucho más tranquilo.

Empiezo a moverme con embestidas lentas y constantes, hasta que se vuelven más seguras y profundas, que nos hacen respirar jadeantes. El placer de estar dentro de ella es algo que nunca pensé tener, pero ahora que está pasando, siento una felicidad que no me cabe en el pecho.

Noto que el placer cada vez me inunda más en holeadas, junto con nuestros gemidos que se fusionan.

Alex arquea la cadera hacia arriba a mi encuentro y percibo que tiembla de nuevo, que está a punto de volver a acabar y me dejo llevar con ella.

El placer nos lleva al límite y todo parece explotar menos nosotros, que gemimos en la boca del otro, hasta que nos relajamos de nuevo.

Me dejo caer a su lado para no aplastarla, exhausto.

La atraigo hacia mí, abrazándola. El pecho nos sube y baja como si hubiéramos hecho un maratón. Me pasa el brazo por la cintura y yo nos tapo con la manta, para no pasar frío.

—¿Estás bien? —pregunta, todavía jadeante. La miro, arqueando las cejas.

—Creo que el que debería preguntar soy yo, ¿no crees? —rio, recuperando el aliento.

Me sonríe; creo que es una de las sonrisas más especiales que he visto en mi vida.

Se me contagia y sonrío también. Le acaricio la mejilla y le pongo un mechón de pelo despeinado detrás de la oreja.

Cierra los ojos ante el contacto y una lágrima rueda por su mejilla, pero sigue sonriendo. La limpio con el pulgar.

—Estoy bien —responde volviendo a mirarme, con ojos brillantes. Acaricia lo que creo que es mi hoyuelo—, estoy genial.