73 Alex
No se merece esto. Voy a contárselo. No puedo dejar que piense que él es el problema. Respiro hondo, queriendo hablar, pero no me salen las palabras. Él parece darse cuenta.
—Alex —me dice apretándome las manos, en tono tranquilizador—. Si no puedes contarme aún, no pasa nada. Lo siento si he hecho algo que…
Me acaricia los brazos, transmitiéndome calma.
—Estás temblando. —Ni yo me había percatado, la verdad.
Le miro por primera vez a los ojos y solo veo angustia y preocupación en ellos. Joder…
—En serio, si… —No puedo verle así.
—No es por ti, Ethan, te lo prometo —le digo con aplomo, ya que quiero que capte que es la verdad, que él no tiene nada que ver con mi reacción.
No quiero que se sienta así.
—Quiero contártelo —digo a media voz, con algo de miedo—. ¿Me escucharás?
Hago la última pregunta mirándole a los ojos. No puedo evitar observarle con algo de inquietud. Él me mira de una manera que, de repente, me hace sentir una seguridad que nunca antes había sentido.
—Claro —responde con ternura, volviendo sus manos a las mías.
Era lo que necesitaba. Yo asiento, respiro hondo y empiezo a hablar.
—Nunca te he hablado de mi padre —empiezo, con voz temblorosa—. Eso es porque para mí no existe. Desde que tengo nueve años ya no está en nuestras vidas. Ni en la mía ni en la de mi madre.
Ethan escucha atentamente. Asiente, animándome a continuar.
—Su relación siempre fue algo turbulenta.
Siempre se estaban peleando, a veces chillaban y yo me iba a la habitación para no escucharlos, pero aun así era imposible no oírlos.
Incluso hubo días que escuchaba que rompían platos y vasos.
Cuando tenía ocho años, pareció que las cosas cambiaron.
Ya no discutían tanto, no chillaban tanto, no discutían apenas.
Pero sí había un ambiente raro en casa. Había veces que, sin venir a cuento, mi padre iba hacia mi madre, que estaba en la cocina, por ejemplo, y la empezaba a acariciar, se la llevaba a la habitación y cerraban la puerta.
Hago una pausa para respirar un poco.
Ethan espera paciente a que pueda seguir hablando.
—Cuando tenía nueve años, las cosas seguían más o menos igual, pero mi madre siempre estaba seria o solo sonreía a veces, conmigo. Antes no lo entendía, pero siempre me decía: «Eres la luz de mi vida, siempre». Aún me lo sigue diciendo.
Se me empañan los ojos con lágrimas, emocionada. Ethan me acaricia la mano, consolador.
—La quieres mucho —me dice, haciendo que mi corazón se encoja un poco y continuando en un susurro—. Y se nota.
Yo asiento, de acuerdo con él.
—Se lo he hecho pasar muy mal, Ethan… —La culpa vuelve a invadirme y por mucho que lo intente, no se va.
—Estoy seguro de que no te reprocha nada, Alex. —Ambos sabemos a qué se refiere.
Yo continúo hablando, sin poder contestar a las palabras de Ethan.
—Un día, yo estaba durmiendo y me desperté con el sonido de la puerta de mi habitación. Era mi padre quien había entrado. —Me pongo a temblar de nuevo, sin poderlo controlar.
Suspiro para calmarme un poco, pero la voz me tiembla al seguir.
—Se sentó a mi lado y… empezó a acariciarme. —Noto que mi voz se corta. Ethan se tensa un poco, pero no me atrevo a mirarle a la cara—. Recuerdo que me miraba de forma extraña, me dijo que me relajara y…
Ethan se levanta aturdido y yo le miro por primera vez desde que he empezado a hablar, porque me sorprende.
—Un momento, un momento. —Como si no entendiera nada, ahora era él quien parecía temblar.
Con un susurro y a punto de llorar, me pregunta:
—Alex… ¿Eres virgen? —Yo solo puedo negar con la cabeza, mirando el suelo, muy avergonzada ante ese hecho.
Contesto entre lágrimas:
—No.