Ayúdame a salir 72 Ethan
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72 Ethan

La vuelta al insti de Alex fue como todos esperábamos.

Algún que otro susurro y alguna mirada, pero nada fuera de lo normal.

Parece que a todos les da igual que entremos cogidos de la mano hasta llegar a los pupitres donde siempre nos sentamos, cosa que me hace sentir un alivio infinito.

No quiero que se esconda o sienta vergüenza, no quiero que nos escondamos.

Casi todos los profesores le pidieron unos minutos a solas después de clases; supongo para saber cómo estaba y darle apoyo.

Aunque no todos lo hayan hecho, se agradece que al menos algunos se preocupen.

Alex parecía que lo agradecía, sí, pero sin más.

Creo que el hecho de que sea ahora cuando le pregunten o se preocupen no le hace ninguna gracia. La verdad es que a mí tampoco.

Demasiado tarde para preocuparse ahora.

Creo que la terapia de ayer le fue bien en cierto modo, aunque está un poco callada en cuanto al tema, pero, como le dije, no iba a pedirle que me hablara de ello si no quería o no le apetecía. Quiero que lo haga cuando se encuentre preparada.

Lo único que me había dicho sobre su primera cita con la terapeuta fue que resurgieron muchas emociones, pero que se sentía más liberada, que era extraño sentir que ahora la escuchaban.

Se me encogió un poco el corazón al escuchar eso, pero, a la vez, me sentí aliviado porque por fin se estaba dando cuenta de que, si pedía ayuda, ahí estarían para ella. Y eso era un gran paso.

Volviendo al instituto, nos mandan otro trabajo para hacer en grupos de dos, así que de nuevo trabajaría con Alex. Me gusta trabajar con ella, porque es una de esas personas que se centra en lo que tiene que hacer y eso es algo que, a esta edad, poca gente tiene en su carácter.

Decidimos que lo comenzaríamos el viernes, ya que teníamos después todo el fin de semana por delante. Como con el anterior, acordamos que sea en mi casa, aunque ella acepta a regañadientes.

—¿No te gusta mi casa? —pregunto abrazándola por detrás esa tarde, volviendo a casa de la biblioteca.

La noto sonreír y pone sus manos en mis brazos.

—Todo lo contrario, pero me siento mal por ser siempre la que la invade —dice con un tono que me recuerda al de una niña pequeña, lo que me hace reír.

—Pues no te sientas mal, me ofrezco yo, así que no te preocupes por eso —contesto poniéndome de nuevo a su lado. Entrelaza sus dedos con los míos—. La próxima vez, me aprovecharé yo de tu casa.

Ella ríe negando con la cabeza.

—Contigo es imposible.

El viernes mi madre invita a Alex a comer, con la excusa de que tenemos que hacer el trabajo, así que seguro que acabamos más pronto de lo que creemos.

Tal y como planeamos, nos queda poco para acabar el trabajo, a falta de poner las fotografías y poco más, por lo que nos ponemos a cenar.

Cuando acabamos, puesto que todavía era pronto y mis padres no habían vuelto, nos sentamos en el sofá, ella estirada con la cabeza en mis piernas y yo acariciándole el pelo, mientras vemos una peli.

A la hora, el teléfono de Alex vibra en la mesita y la hace sobresaltarse. Se había quedado dormida. Con un suspiro resignado le echa un vistazo y teclea de vuelta para contestar el mensaje. Cuando lo deja en la mesa de nuevo, vuelve a tumbarse igual que antes.

—Mi madre —me informa medio dormida—. Quería saber cuándo volvía.

—No te preocupes, ahora yo te acompaño a casa. —Vuelvo a acariciarle el pelo de manera parsimoniosa y ella suspira otra vez, cerrando los ojos.

—No me he dado cuenta de que me he quedado dormida. —Se rasca un ojo—. ¿Qué hora es?

—Las once ya, chiquitilla. —Se levanta de nuevo, soltando aire, queriendo despejarse.

—Debería irme a casa. —Asiento y me desperezo también.

De camino a la habitación para recoger sus cosas, Alex se para en la puerta de la cocina, dubitativa.

—Voy a por agua —dice finalmente. Yo la acompaño y espero.

Deja el vaso que había cogido en la pica y mira el paquete de galletas, todavía pensativa. Frunzo el ceño un segundo.

—Alex —digo en tono de advertencia fingida—. No pensarás en hacer un atraco a mi cocina a las once de la noche, ¿verdad? —le pregunto mirándola, esperando respuesta con las cejas elevadas y una media sonrisa, ya que yo también quería galletas, ahora que las había visto.

—No, para nada —dice como respuesta aún sin moverse.

Nos quedamos así un momento. Espero a que ella decidiera hacerlo y, de repente, agarra las galletas y sale corriendo de la cocina. A mí no me da tiempo a reaccionar hasta que sale por la puerta.

—¡Eh! —le reprocho, herido—. ¡Eso no se vale!

Salgo de la cocina, corriendo detrás de ella.

La escucho reírse hasta llegar a mi habitación. Allí ya no tenía escapatoria, pero, sin embargo, estaba al otro lado de la cama, para que no la atrapara. Se balancea nerviosa.

—Eres mala, Alex, no es justo, ¡no me has dado tiempo! —le recrimino en tono de fingido enfado.

Ella continúa riendo.

—¡Te pasa por ser lento! —me responde, como si fuera una excusa.

Niego con la cabeza, sin creérmelo.

—¿Crees que soy lento? —Mis palabras son como un cante mientras me muevo lentamente hacia donde está ella, con intención de ponerla aún más nerviosa y no sepa qué hacer.

—Lo acabo de comprobar —me suelta, riéndose nerviosa porque sabe que la voy a perseguir cuando menos se lo espere.

Sin más dilación, empiezo a correr a por ella. Alex salta encima de la cama para esquivarme y llegar al otro lado, pero yo soy más rápido y la agarro en la entrada de la habitación, evitando que saliera. Ella se queda en el aire, pataleando con las galletas aún en mano.

— Pa’ dentro.

Hago que caiga sin brusquedad sobre la cama e intento quitarle las galletas, pero no llego por culpa de sus piernas, que las tiene ahora alrededor de mi cadera, impidiéndome que llegara más arriba, con la otra mano intentando tapar la visión.

Entre risas, desisto a coger las galletas, pero le hago cosquillas en la cintura.

Eso le hace soltar al momento las galletas, agarrándome las manos para que no siguiera, lo que le provoca un ataque de risa.

Quiero tener esa risa grabada en mi memoria para siempre.

—¡Para, para! —me dice entre risas y jadeos. Pero no desisto.

—¡Ríndete, entonces! —le exijo, haciéndole cosquillas.

Ella no para de reír e intentar quitarme las manos, pero no lo consigue.

—¡Vale, vale! —Se rinde, jadeando.

¡Bien! Paro de hacerle cosquillas aún encima de ella, agarrando el paquete de galletas que estaba justo al lado. Voy a abrir el paquete, con ella aún debajo de mí.

—Tú sí que eres malo —me reprocha, recuperando el aliento.

Cojo una de las galletas y la parto por la mitad para compartirla con ella. Alcanza lo que le ofrezco y se la come. Yo hago lo mismo. De repente, me doy cuenta de que la tengo muy cerca.

Me quedo mirando sus ojos verdes y sonrío. Ella me mira de vuelta, extrañada, acabando de tragar su mitad de la galleta.

—¿Qué? —me pregunta sonriéndome, confundida.

Yo niego con la cabeza, diciéndole con el gesto que no pasa nada.

Ella sigue sonriendo. No puedo evitar la tentación y le doy un beso en los labios.

Ella parece sorprenderse, pero me responde de igual manera.

El beso se intensifica en un tira y afloja de nuestras bocas, encendiendo un deseo que nunca había sentido antes.

Pone sus manos en mis ondulaciones y empiezo a acariciarla hasta la cintura. Ella parece tensarse, de repente, me toma la mano y el beso para.

—Ethan —dice, agitada, queriéndose levantar.

Para no impedírselo, con el corazón en un puño, me levanto con ella, ayudándola. Se queda sentada en el borde de la cama, todavía jadeando, y yo de rodillas, a su altura.

La he cagado.

—Eh —le digo muy angustiado, sin saber cómo continuar—. Lo siento mucho, no quería…

Ella no parece estar aquí, sino en otra parte, lejos.

—¿Alex? —Llamo su atención aún más angustiado que antes.

—No, no. —Parece volver al presente y me habla rápido, con intención de tranquilizarme—. Lo siento, es que…

Niega con la cabeza, con mis manos entre las suyas.

Ese gesto me tranquiliza y suspiro de alivio.

—De verdad, no eres tú, es que… —Ante eso no puedo evitar sonreír y negar con la cabeza hacia el suelo.

—Ahora no me irás a decir, «no eres tú, soy yo», ¿verdad?

—Puede que sea así, Ethan —responde, algo avergonzada. Yo la miro con el ceño fruncido, extrañado.

—¿Por qué dices eso? —le pregunto serio.

Iba a seguir hablando, pero ella me corta.

—Tengo que contarte algo. —De repente se pone muy seria y eso me asusta un poco. Aun así, respondo en un susurro preocupado:

—Vale. —Aguardo a que empezara a hablar, paciente.

Ella respira hondo, preparándose para hacerlo, pero no lo consigue.

—Alex. —Mi tono es tranquilizador y le aprieto las manos, intentando transmitirle calma.

—Si no puedes contármelo aún, no pasa nada —continúo, susurrando—. Lo siento si he hecho algo que…

No sabía qué más decir. Me siento una persona horrible ahora mismo.

—Estás temblando —advierto.

Le acaricio los brazos, preocupado.

—En serio, si… —trato de expresarme.

—No es por ti, Ethan, te lo prometo —lo dice con tanta seriedad e intensidad en su mirada que me deja casi sin aliento.

No puedo hacer otra cosa que creerla.