Ayúdame a salir 71 Alex
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71 Alex

—¡Si es que ya era hora, tía! —grita Erika al otro lado del teléfono.

Casi la oigo caminar por la habitación de un lado a otro, pegando saltos.

Aún no me creo lo que viví con Ethan ayer.

Mi corazón late a mil por hora cada vez que recuerdo sus labios sobre los míos, la delicadeza de su beso que hizo que me deshiciera entera, sus brazos protectores rodeando mi cuerpo. Sonrío sin poder evitarlo.

—Cállate, anda. —Me tapo hasta la nariz con la manta—. ¿Cómo iba a creer que le gusto? Me imaginaba de todo menos eso.

—Venga ya, Alex, ¿no te fijaste en cómo te miraba?

Procuro no mirar a la gente a los ojos si no es necesario, me da vergüenza. Al ver que no contesto, sigue hablando.

—La verdad es que me parece demasiado tierno —dice con una voz algo más aguda, emocionada—. ¿Y tú qué le dijiste?

Respiro hondo e intento buscar las palabras para responder.

—La verdad es que, después de todo lo que me dijo, solo… —Me quedo callada un segundo antes de confesar—: quiero dejarme llevar, aunque sea un poco. Le dije que no quería que me hicieran daño.

Erika me escucha atenta y espera a que continúe hablando, pero no lo hago. Un nudo empieza a crearse en mi garganta, sin saber exactamente por qué.

—Alex, ¿y si piensas solo en lo que te ha dicho? ¿En cómo se confesó? Quédate con esas sensaciones tan bonitas. Eres una chica a la que le acaban de declarar su amor, algo que todo el mundo vive mínimo una vez en su vida.

Trago saliva. Sé que tiene razón.

Otra cosa a apuntar en la lista de cosas que hablar con la terapeuta. Estos días sigo sobreviviendo, pero siento que no es de la misma manera desde que intenté dejar este mundo.

El lunes, estoy aterrada. Y no porque me quiten los puntos, ni porque pronto tenga que volver a clase.

Estoy frente a la puerta de la terapeuta.

Una puerta transparente pero opaca, con marcos de madera oscura y con una placa blanca en la que se lee «Noelia Martínez».

Mi respiración es algo irregular y mi mirada está clavada en ese nombre.

Tengo miedo de qué puede pensar sobre mí la persona que está detrás.

Miedo de no ser comprendida aun abriéndome en canal. Miedo de ser juzgada.

Una mano en mi pierna hace que desvíe la mirada hacia ella, tensa y nerviosa. Miro a mi madre y suelto el aire que tenía guardado durante lo que parecía ser una eternidad.

—Cariño, ¿quieres que pregunte si puedo entrar contigo?

Me quedo pensando un momento, volviendo mis ojos hacia la puerta.

Quería que mi madre me acompañara, pero mi instinto dice que he de hacerlo sola, porque sé que no sería lo mismo. Necesito hablar con alguien que no me conozca, alguien que me diga que no estoy loca, que solo estoy rota y necesito ayuda.

—No, creo que quiero hacerlo sola —digo, mirándola con una sonrisa de agradecimiento, para que no me malinterprete.

Me devuelve la sonrisa y me aprieta el muslo, en señal de ánimo. La puerta se abre y las dos giramos hacia ella. Respiro hondo mientras una mujer joven de mediana edad sale y se despide de la mujer que será Noelia. Luego parece mirarme directamente a mí y me enderezo por inercia, tensa.

—¿Alex Villaescusa? —pregunta con una voz dulce, casi tierna.

Asiento y me levanto, soltando aire. De repente, el miedo vuelve a azotarme, junto con la culpa y la vergüenza. Entro dentro y me quedo de pie, como esperando alguna orden para sentarme. Oigo que cierra la puerta cuando me giro hacia ella.

—¿Quieres un vaso de agua o algo por el estilo, Alex? —me pregunta agarrando un vaso, esperando a que yo asienta. Cuando lo hago, continúa—. ¿Quieres sentarte?

Señala los sillones a mi lado.

Me siento con los brazos cruzados y cruzo también las piernas. Se acerca a mí con una sonrisa y me ofrece el vaso de agua.

—Gracias —digo, casi sin aire.

¿Por qué cuesta tanto? El corazón me va a cien por hora. Noto que se me va a salir del pecho en cualquier momento. La presión es muy fuerte y hace que no pueda dejar de mover el pie para intentar aliviarla, pero no sirve.

Se sienta en el sillón que hay frente a mí, con una carpeta, papeles y un bolígrafo. Carraspea antes de hablar.

—Bueno, Alex, me llamo Noelia. ¿Te gustaría empezar presentándote un poco?

Respiro hondo antes de asentir.

Empiezo a hablar. Al principio de manera torpe, retorciendo mis manos y, poco a poco, sin mirarla, le explico por qué creo que estoy ahí sentada. Ella espera. A veces, apunta en los papeles que tiene en la mano o cambia de posición. Me escucha y mira con atención.

—Háblame más de tu madre —me pide cuando acabo de hablar—. Parece muy importante para ti. ¿Te llevas bien con ella?

—Sí —digo simplemente. La culpa al pensar en ella me presiona el pecho, pero finalmente continúo hablando—. Siempre ha estado ahí para mí. Siempre me ha ayudado. Pienso que he sido yo quien ha puesto muros, no se lo merece.

Con lo último, se me rompe la voz y no puedo seguir hablando. Las lágrimas vienen a mí sin poder contenerlas. Pestañeo para evitarlas, pero una ya rueda por mi mejilla. Me la limpio sorbiéndome la nariz.

—Alex, lo que quiero que quede claro es que aquí no vamos a juzgarte nunca, no vamos a regañarte o a decirte qué deberías haber hecho y qué no —empieza a decirme en tono tranquilizador—.

Estamos aquí para ayudarte, darte recursos y herramientas para que seas consiente de ellas y las sepas usar en tu día a día.

Al decir esas palabras, la miro.

En esa mirada solo veo humildad y generosidad… Me hace sonreír un poco y asiento, notando cómo la presión que sentía parece dejarme por fin respirar. Acabo por hablarle de Ethan, incluso de lo que pasó entre nosotros.

—¿Cómo te sentiste cuando te dijo todo eso? Has dicho que te dijo que te mereces ser querida como cualquier otra persona. ¿Crees que no lo mereces?

—Supongo que, al vivir todo lo que he vivido en el instituto y… —Me quedo callada un momento, pensando si continuar por ahí. Decido que no. No todavía—. Con lo que acaba de pasar… Siento que he sido una egoísta, no he pensado de verdad en las consecuencias que tiene hacer lo que he hecho.

—¿Sientes vergüenza? —Frunzo el ceño antes de responder, sin pensar.

—De eso no. —Me arrepiento de esas palabras al instante, pero ya las he dicho.

Noto la confusión que se apodera de su mirada, cosa que no me sorprende.

—¿Puedo saber de qué, entonces?

Otro silencio.

Noelia espera la respuesta sin prisas. Deja que yo decida qué quiero decir, sin presión. Pero sigo sin estar segura de contarlo. Trago saliva visiblemente. Al ver que sigo sin responder, prueba con otra pregunta.

—Alex, creo que… Tu intento de suicidio no fue solo por tu situación en el instituto, ¿no? —Me rasco la frente, suspirando.

Acabo por negar con la cabeza.

—¿Te gustaría explicarme? No sientas presión, recuerda que no voy a juzgarte ni obligarte a decirme nada que no quieras. Iremos poco a poco, si crees que es mejor.

Otra lágrima rueda por mi mejilla, pero, esta vez, no la limpio.

Intento buscar palabras que atenúen lo que significa, pero no las hay, y simplemente dejo salir las que llevo ocho años sin atreverme a decir en voz alta.

—Cuando tenía nueve años, mi padre abusó de mí.