70 Ethan
—Venga ya, pero ¡qué fuerte! —Tengo el teléfono a un metro de la oreja y, aun así, escucho a Laura como si estuviera aquí conmigo—. ¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte!
Espero a que acabe con los ojos abiertos como platos, pero, como si fuese una niña pequeña a la que le han dicho algo extraordinario, no deja de hablar.
Es una de esas personas que, cuando algo le emociona tanto, se vuelve hiperactiva, como si le hubieran dado azúcar y sufriera las consecuencias.
—Pero, entonces, ¿estáis saliendo? —sigue preguntando—. ¿Es oficial?
Y por fin me deja hablar. Me pongo el teléfono de nuevo en la oreja, ya que su intensidad ha rebajado en la última pregunta.
—A ver, no lo hemos etiquetado… —Frunzo el ceño, confundido—. ¿Hace falta ponerle una etiqueta algo así?
—Rotundamente sí, para mí. Ya tiene mi visto bueno como novia desde hace tiempo, así que puedes estar tranquilo.
«Pero bueno».
—¿Tu visto bueno? —repito su pregunta con incredulidad sarcástica—. ¿Desde cuándo necesito tu visto bueno?
Hace un gruñido de dolor y yo encarno una ceja.
—Eso ha dolido, Ethan. En el corazón. —Casi la veo ponerse la mano ahí, cosa que me hace reír a carcajada limpia—. ¿Y te ríes? ¿Te ríes? Si alguien lo ve normal, que me lo diga.
Dejo de reírme para poder contestar.
—Es que me encanta picarte, melona . Claro que me importa tu opinión, ya lo sabes.
Ella suspira en voz alta.
—Me alegra que estés tan feliz, de verdad. Algo bueno tenía que pasar, dadas las circunstancias.
Tenía razón. Me siento en la cama para estar más cómodo, apoyándome en la pared.
—No sabía si decírselo ya, pero también creía que necesitaba esas palabras para que se diera cuenta de muchas cosas. De cosas que ella no se cree —opino, desde mi punto de vista—. Creo que necesitaba que alguien le dijera: «Eh, vales mucho y te lo mereces todo, como cualquier persona».
—Creo que tienes razón —concuerda conmigo, en un suspiro apagado—. Ha pasado toda su vida sintiendo que nadie quiere estar con ella, que nadie quiere ser su amigo… No ha tenido nunca a alguien que se lo diga. La verdad es que no me imagino lo sola que se debe haber sentido.
Respiro hondo, porque sus palabras son mis pensamientos.
Yo tampoco puedo llegar a imaginar la soledad a la que se debe de haber enfrentado toda su vida.
Siempre parece haber tenido a su madre, pero ¿y su padre?
La única vez que le pregunté me arrepentí al momento por su reacción.
Solo me dijo que vivía con su madre. Sí que es verdad que las pocas veces que he ido a su casa él no estaba.
Tampoco vino a verla al hospital, pero, por no entrometerme en su vida, no quise preguntar.
No comenté nada sobre el tema, porque era algo que le concernía a ella. Alex será la que, si quiere, me explicará su historia. Por fin confiaba en mí, así que ahora tengo que ser yo quien confíe en que me lo contará cuando quiera.
—Ethan, nos vamos. —Miro hacia la puerta cuando mi madre me habla y me enderezo.
Tapo el micro del teléfono para contestarle.
—Cuelgo y voy. —Vuelvo a centrarme en Laura—. Tengo que colgar, nos vamos a comer fuera, Lau.
Me levanto de la cama y comienzo a ponerme las bambas.
—¿Tus padres lo saben? —Ahoga un grito que me sobresalta y pestañeo.
—El día que dejes de darme ataques al corazón, te lo agradeceré, en serio.
—¡Lo saben! —Parece estar dando saltitos—. ¿Qué han dicho?
—Que hablamos luego, te quiero, adiós. —Y le cuelgo antes de que mi madre me avise por segunda vez.
Como si me hubiera leído la mente, pica a la puerta y la abre.
—¿Nos vamos? —Me mira con las cejas elevadas y una mano en la cadera.
—Sí, solo me estaba poniendo las bambas.
—Venga, que estamos en la puerta.
Se va colocándose el bolso en el hombro con su gracia de siempre.
Alex hoy pasa el día con su madre, ya que le prometió estar con ella, dado que tenía fiesta y quería aprovechar que ya no estaban en el hospital para estar tranquilas. Erika me dijo que se pasaría mañana, así que, a ver si juntos podemos dar una vuelta.
El lunes será un día duro para Alex. Me comentó ayer que le tocaba terapia por primera vez.
No será fácil para ellas. Me ofrecí a pasar a buscarla después de terapia, si es que se encontraba con fuerzas, no para hablar, sino para simplemente pasar tiempo juntos e intentar que el día no fuese tan malo después de todo.
Aceptó con una sombra de incertidumbre en sus ojos, y supe que era porque no sabía lo que le esperaba en su primera sesión. Es normal que esté nerviosa, creo que cualquiera en esa situación, en su sano juicio, lo estaría. Yo estaría para ella cuando lo necesitara.
No le había dicho aún a mis padres lo de mi relación con Alex, pero conociéndolos no dudo en ningún momento que puedo decírselo sin problemas, aunque me da vergüenza.
No sé cuándo hacerlo, en realidad. Es al acabar de comer y esperando los postres que carraspeo, provocando que me presten atención.
El calor me sube por las mejillas, pensando en qué decir.
—¿Qué pasa? —pregunta mi madre, ladeando la cabeza con las cejas fruncidas, mientras bebe un sorbo del café que ha pedido.
Mi padre nos mira como si de un partido de tenis se tratara. Joder, ¿a qué vienen tantos nervios? Respiro hondo y lo digo, sin más.
—Me gusta Alex —comienzo a decir, con las mejillas coloradas y el corazón resonando como un tambor—. Y ayer se lo dije.
«Ya lo he dicho».
Suelto aire. Hay un momento de silencio que a mí me parece sepulcral. Igual ha sido muy pronto, igual no tendría que haberlo dicho. Mi madre deja la taza en el platito con aparente tranquilidad.
—Estaba claro, cariño. —Me quedo mudo, sin saber qué decir.
Abro mucho los ojos como respuesta. La verdad es que, con la mirada que me echó y los comentarios que hizo el día que fuimos a Málaga, no sé por qué me sorprende.
—No subestimes el poder instintivo de una madre —dice señalándome con la cucharita del café, lo que provoca que casi me atragante con la tarta de queso que estoy comiendo—. ¿En serio creías que no lo sabía? ¿Ni tu padre?
Bueno, lo que no sabía era que fuera tan evidente para ellos.
—¿Tanto se me notaba? —pregunto con curiosidad, aunque de poco sirve saber eso, porque es obvia la respuesta.
Mis padres me miran a la vez, algo más serios.
—Solo hizo falta verte en el hospital el día que Alex acabó ingresada, Ethan.
El corazón se me congela durante un segundo; creo que me pongo algo pálido al recordarlo.
Me lo debería haber imaginado. Dejo la cuchara del postre al lado del plato, con el estómago algo revuelto. La verdad es que no se me ocurrió fingir tranquilidad.
—Ya, la verdad es que solo estaba preocupado por ella —confieso mirando el pastel—. Solo quería que estuviera bien.
Mi padre me pone una mano en el hombro en señal de apoyo.
—Yo he sentido lo mismo, chaval. —Levanto la mirada del pastel y en la suya solo hay comprensión y entendimiento—. Así que te entiendo.
Mi madre mueve la mano hasta quedar debajo de la mesa.
Casi la veo colocarla en su pierna, agradecida. Mi corazón se llena por esos gestos que hay entre ellos y mi sonrisa es instantánea, una de esas que salen sin que tú lo puedas evitar. Si creo en el amor, es por ellos.
—¿Y qué te ha dicho?
Al principio me cuesta saber de qué habla y frunzo el ceño, pensando.
«De Alex, claro».
—Pues… No quiere que le hagan daño. —El rostro de mi madre se convierte en una mueca de pena—. Pero, creo que ha salido bien.
Mis mejillas vuelven a arder tras recordar nuestro beso.
Nuestro primer beso.