69 Alex #2
Se relaja del todo, pero sigue nervioso.
Parece contar hasta diez para empezar, inhalando aire.
—Cuando te vi ahí, en el suelo, qué va, quizá muchísimo antes, cuando nos chocamos en el instituto la primera vez que nos vimos, algo cambió en mí.
—Frunzo el ceño, sin entender dónde quiere ir a parar—.
Y supe que debo estar contigo y ayudarte.
Siento la necesidad irracional de protegerte todo el puto tiempo y eso no me había pasado nunca.
Sigo confundida. No sabe cómo continuar y noto que en su mente está intentando encontrar las palabras correctas.
—Cuando te vi tumbada en la UCI, dormida, pálida y tan frágil, sentí que casi había perdido una oportunidad que nunca iba a volver a recuperar. Entonces, me prometí que no iba a volver a cometer ese error.
Me mira con tanta intensidad que creo que va a atravesarme el alma .
Sus ojos dorados brillan ante la luz del atardecer, que me dejan sin aliento.
No sé qué es lo que quiere decirme con todo esto, pero no tengo voz ahora mismo para interrumpirle.
Mis ojos se humedecen ante todos los sentimientos que estoy sintiendo ahora, que me abruman y se acumulan en el pecho con un calor imposible de entender.
—No sé si hago bien diciéndote ahora mismo esto, porque siento que no mereces que nadie te haga daño ni siquiera por decirte lo que yo voy a decirte.
—No te entiendo. —Mis palabras salen entrecortadas, mientras una lágrima baja por mi mejilla.
Ethan sonríe mientras me la limpia con el pulgar y deja su mano en un lado de mi cara.
—Te quiero. —Me quedo paralizada en el sitio, mirándole con incredulidad.
Por un momento, creo que he dejado de respirar.
—No lo entiendo —digo, en un hilo de voz, negando con la cabeza.
Las lágrimas empapan mis mejillas y me las limpia sin parar con los pulgares. Le miro sin comprenderle, moviendo los ojos escudriñando su cara, como si hubiera algún truco, alguna farsa. Casi estoy temblando. En mi pecho se instala una sensación agridulce que hace que haga una mueca.
—Te quiero —repite más lento, como si así consiguiera que me lo creyera.
Me toma por la cintura y pongo las manos sobre su pecho.
—Mereces ser querida tanto o más que los demás.
Y puede que ahora no te lo creas, pero conseguiré que lo acabes creyendo, Alex, si me dejas.
No quiero que me respondas ahora, ni mucho menos.
—Me pone un mechón despeinado detrás de la oreja, donde tengo el pendiente en lo alto—.
Solo quiero que sepas lo que siento por ti, porque llevo mucho tiempo sintiendo esto y no quería volver a perder la oportunidad.
Le miro, pero no puedo formular palabra de todas las emociones juntas que me azotan.
Cierro un momento los ojos y me hundo en su pecho unos segundos. Él me abraza, diciendo que me quiere. Por un momento, me parece una fantasía de la que aún no he despertado realmente y lo estoy soñando.
Vuelvo a mirarle, con un brillo de ilusión, de esperanza. Sus comisuras se elevan y dejan ver su hoyuelo cuando le paso el pulgar por la mejilla y cierra los ojos ante el contacto, juntando mi frente con la suya.
—Mereces ser feliz, Alex, lo mereces. —Me levanta el mentón cuando volvemos a mirarnos.
«Si esto no es real, deja que el sueño se alargue un poco más».
Pero no es un sueño. En un sueño no hueles, no notas, no sientes… Entonces, me acuerdo del olor amaderado de Ethan todo este rato, lo que estoy sintiendo.
Y sé que es real.
—¿Por qué yo? —Solo puedo preguntarle eso, porque no tenía aire para continuar hablando.
Su sonrisa sigue así, eterna, pero yo espero respuesta, aún con lágrimas en los ojos.
—¿Y por qué no? —El corazón se me para un instante.
No me esperaba para nada esa respuesta.
Tan simple, tan sincera.
—Eres buena persona, inteligente, preciosa por dentro y por fuera, amable, fuerte... —Sus palabras me calan en lo más hondo del corazón, porque sé que no está mintiendo, nunca miente.
De repente, lo siento muy cerca, tanto, que noto su aliento junto al mío. Le miro la boca un segundo y luego a sus ojos, con una mota de miedo.
—No quiero que me hagan daño. —Cierro los ojos ante la confesión.
Noto como vuelve a limpiarme la mejilla con ternura.
—Yo no te haría daño. —La última barrera de mi muro cae, destrozándose en mil pedazos detrás está él, que ya ha entrado por completo en mi alma—. No soy de hacer promesas, soy más bien de hechos.
Cada vez sus labios están más cerca de los míos, dejándome tiempo suficiente para negarme, pero me veo incapaz de moverme ahora. Tampoco quiero.
Cierro los ojos cuando junta sus labios con los míos en un beso dulce, casi una caricia, que hace que miles de corrientes eléctricas viajen por mi cuerpo.
Una felicidad, una euforia me recorre entera.
Pongo mis manos en su nuca, vuelve a besarme, esta vez un poco más profundo y yo le dejo entrar, en un beso lento y cuidadoso, que hace que me derrita.
Cuando nos separamos, jadeando por el momento, le sonrío.
—No sé cómo lo haces, pero has destruido todos mis muros, notas.