Ayúdame a salir 69 Alex
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69 Alex

El lunes se me hace raro estar sola, ya que he obligado a mi madre que no viniera para que descansara, e Ethan estaba en clases durante toda la mañana. Pero me siento tranquila. No sé si es la medicación de estos días, pero estoy calmada.

Las palabras que Ethan me regaló ayer hicieron que mi pecho se llenara de un cálido sentimiento que siempre siento cuando estoy con él, y me recuerda que soy alguien: me proporciona esperanza.

Puedo seguir por ahí, ¿no? Permitirme sentir esa esperanza y esa paz hace que quiera seguir para saber lo que sucede a continuación en mi vida, con ellos. Aunque solo fueran ellos, como dijo él, son personas que han estado en uno de los peores momentos de mi vida que ha significado un cambio.

Esa tarde, llamo a Ethan y le comento que por estos días mi madre me deja el teléfono para pedir apuntes y trabajos.

—Mierda, el trabajo de Ciencias ambientales —digo, acordándome de lo que habíamos estado haciendo antes de que ingresara en el hospital.

—Tranquila, es pan comido, solo quedaba acabar de organizar la presentación, ¿te acuerdas?

Lo presentaré yo por ti, además, el profesor no te puede decir nada, porque lo has hecho —me tranquiliza, quitándole importancia al asunto—.

Y si no lo hubieras hecho, una mentirijilla piadosa puede hacerla cualquiera.

Casi puedo verle guiñar el ojo, cosa que me hace sonreír, tímida.

Suspiro antes de hablar.

—Está bien, cualquier cosa me dices. Y si falta algo también.

—Cualquier cosa te digo, si falta algo, no. —Resoplo abriendo mucho los ojos.

—Anda, venga ya —espeto al teléfono enderezándome en la butaca de hospital.

Noto como se ríe detrás de la llamada.

—Que no queda nada, melona , tranquila. —Este chico no tiene remedio.

Niego con una sonrisa imposible de evitar y noto cómo mis mejillas empiezan a arder, mi pecho se encoge ante un sentimiento que llevo tiempo reprimiendo, pero que cada vez es más fuerte. No puedo evitar que cada vez salga más y más a la luz.

—¿Qué te han dicho hoy, chiquitilla? —Su pregunta me vuelve a la realidad, dejando mi corazón latiendo más rápido de lo normal.

Me centro en responder.

—Que pronto volveré a molestarte, eso me han dicho. —Creyendo que iba a reírse, me sorprende su repentino silencio—. ¿Ethan?

—¿Ya te dan el alta? —Su tono es esperanzador, casi un susurro ahogado por la emoción.

Empiezo a ver borroso por las lágrimas que han empezado a asomarse, ante esa reacción que no esperada.

—No me han dicho día, pero sí me han dicho que, si todo va bien, pronto estaré en casa. —Le acabo de informar, tragándome el nudo que se me había creado en la garganta.

—Vaya, de perita . —Me río por su expresión malagueña—. Dime algo cuando sepas seguro, ¿vale?

Asiento, como si pudiera verme.

—Claro, cuando sepa algo te digo.

Después de visitas médicas, consultas, curas y pedir cita con la psicóloga del hospital, que me dieron para de aquí a una semana, me dan el alta. Era un viernes por el mediodía, más bien tarde, ya que llegamos a casa como a las 15 del mediodía. Así que pillamos la comida con ganas.

La vuelta fue un poco rara. Es difícil para las dos volver juntas a casa.

Cuando entro, se me encoge el estómago por la culpa.

Solo puedo dejar las cosas a un lado y abrazar a mi madre.

Las dos empezamos a llorar como si hubiéramos retenido todos estos días, como si toda la tensión acumulada saliera de nosotras mientras nos estrechábamos la una contra la otra.

—Lo siento… —Es lo único que consigo decir, entre sollozos.

Me acaricia la espada con ternura.

—Cariño, no pasa nada, tranquila. —Su abrazo tranquilizador y maternal hace que me sienta como una niña pequeña otra vez.

Me dejo llevar por ese abrazo unos minutos, ese abrazo que hacía muchísimo tiempo que no le pedía y ahora me arrepentía demasiado.

«¿Cómo algo así cambia tanto tu forma de vivir?».

Es una pregunta que, sin duda, tenía reservada para la terapeuta.

No teníamos ganas de cocinar, estábamos cansadas, por lo que pedimos una pizza a domicilio y nos sentamos en el sofá, con la mesita pequeña en frente y unos refrescos.

Después de comer, veo la oportunidad de ducharme mientras mi madre ordena compras que ha hecho y limpia la casa. Al entrar al baño, hago una mueca de dolor al imaginarme a Ethan ahí, conmigo. Sacudo la cabeza para quitarme ese pensamiento y me meto en la ducha.

Lo que creo que es una hora más tarde, estando en mi habitación con un chándal gris básico largo y un moño despeinado, guardando algo de ropa que mi madre ha dejado, pican al timbre. Me asomo por la puerta y veo que mi madre ya ha contestado. Me quedo tranquila, pero me dirijo hacia la cocina.

—¿Quién era? —pregunto, con curiosidad contenida.

—Ahora lo verás. —Me señala la puerta, y voy hacia ella lentamente, esperando a quien fuese que haya picado.

«¿Quién será?».

Me asomo a la puerta y veo a Ethan llegar; una sonrisa radiante asoma por su boca cuando me ve. Llevaba un tejano negro oscuro y un suéter gris pálido liso.

«Qué guapo». Sacudo la cabeza ante ese pensamiento y abro mucho los ojos, sorprendida. Me hago a un lado para que pueda pasar y cierro la puerta.

—No sabía que venías —digo, todavía desconcertada de verle ahí.

—Pues claro que he venido, tenía que darte la bienvenida —dice mientras me da un abrazo que siento como familiar, cariñoso, dulce.

—¿Cómo va la vuelta? —me pregunta mirando alrededor mi habitación, algo tímido de repente.

—Ponte cómodo. —Le ofrezco la cama mientras me siento en ella, pero de momento se queda donde está.

Suspiro con un poco de resignación, intentando ordenar mis pensamientos para poder explicarme.

—Ha sido… raro —comienzo por una de las únicas cosas que tengo claras—. He entrado con mi madre y nos hemos puesto a llorar.

Asiente, escuchando atentamente con la manos en el bolsillo.

—Pero luego, sin más, nos hemos puesto a comer una pizza pedida a domicilio y unos refrescos —continúo, sacudiendo la cabeza y con las cejas algo levantadas—. Ha sido… ¿Se considera normal? Es decir…

—Alex, lo que ha pasado no te impide hacer lo más cotidiano y normal de este mundo, que es comer.

Tampoco pasar tiempo con tu madre o comer una pizza y ver la tele.

—Me quedo callada, porque dado este punto y lo que lo conozco, sé que va a seguir hablando, así que solo espero, mirando al suelo—.

Volver a la rutina no será fácil, Alex, pero ya verás que poco a poco volverás a acostumbrarte a tu nuevo día a día.

Ha dicho «nuevo». Antes de poder responder, dice:

—¿Te apetece da una vuelta? —Le miro con la boca un poco abierta, pensando.

Sigue casi en la puerta, aún con las manos en los bolsillos, esperando respuesta.

—Si mi madre me deja, claro, ¿por qué no? —Nos dirigimos a la cocina y llamo su atención, con timidez.

—Mamá. —Se gira para prestarme atención—. ¿Puedo dar un paseo con Ethan?

Espero su respuesta, nerviosa. Ella me mira con recelo por un segundo y su cuerpo se tensa, pero se relaja enseguida y sonríe. Una sonrisa sincera.

—No hay problema, cariño, pero… ¿te importa no volver tarde?

Niego con la cabeza, sonriendo.

—Qué va, tranquila. Tu solo dime hora y aquí estoy, te lo prometo.

—No hace falta decirte hora, amor, no estás castigada ni mucho menos, solo…

—Lo entiendo.

El bosque siempre se siente igual. Lo que no se siente igual es el comportamiento de Ethan, aunque hago ver que no pasa nada. Se hará pronto de noche, siendo invierno, así que no nos adentramos mucho.

—Antes… —Me decido a preguntar por fin—. Has dicho nuevo día a día, ¿a qué te referías con eso?

Le miro, expectante. Él camina a mi lado, igual de lento. Chuta una piedra que lamentablemente está en su camino y yo la veo llegar lejos.

—No quería decir simplemente tu día a día, porque sería como regresar a algo que no quieres. Lo he visto como un nuevo comienzo, al menos así lo vería yo.

«Ahora entiendo».

—Claro. —Medito sobre sus palabras, pensando en qué pasará cuando vuelva a la rutina del instituto. Suspiro—. El lunes será un día raro.

—El lunes será jodido, más que raro. Si es que vuelves.

—¿Tengo otra opción? —Era una pregunta seria, no una protesta.

Ethan hace una mueca.

—Supongo que no, aunque… —Deja de caminar y me giro hacia él, extrañada, levantando una ceja—. ¿El lunes no te quitaban los puntos?

Es cierto, acabo de acordarme. Ladeo la cabeza, con el ceño fruncido.

—Es verdad. —Me llevo instintivamente los brazos al pecho y me abrazo.

—Tendrás un día más de respiro, piénsalo así. —Vuelve a caminar y cuando llega a mi lado, camino con él.

—Sí —es lo único que digo.

Pasamos el rato caminando en un cómodo silencio en dirección a la salida del bosque, hasta que Ethan me hace frenar.

Le miro, confusa. Parece algo nervioso, y una sensación de que algo no va bien me invade.

Frunzo el ceño, preocupada, pero la mirada de Ethan expresa lo contrario y me relajo un poco.

—Quería… decirte algo —dice con voz temblorosa.

Se rasca la cabeza y luego baja la mano, dispuesto a empezar a hablar, pero no lo hace.

—¿Pasa algo? —El pánico me invade por momentos.

No quiero que el pánico vuelva a invadirme. Siento un cosquilleo conocido en la nuca, como si el vello se pusiera de punta. Intento que mi respiración sea normal, pero la noto rápida y algo entrecortada.

«Joder, ahora no».

Entendía si decidía alejarse, no sé por qué me siento así. No sé por qué tanto drama por algo que realmente ya sabía.

—No, no, es que… —Le oigo, pero un zumbido amortigua su voz. Miro al suelo, intentando calmarme—. ¿Alex?

De repente, lo tengo muy cerca, y me pone las manos en los brazos.

Le miro, algo aturdida y con el corazón latiendo con fuerza. Su mirada es de advertencia y preocupación a la vez.

—¿Qué te pasa? —Se ha dado cuenta. Le intento quitar importancia con un gesto, ya que no me salían las palabras tampoco.

—Nada. —hablo por fin, y él parece relajarse un tanto.

Me prometí tener más confianza.

—Perdona —me disculpo poniendo una mano en su brazo, para tranquilizarle y de paso intentar calmar mi corazón gracias a su contacto—. ¿Qué querías decirme?