68 Ethan
Pasar un día con Laura me está llenando de vida. No me esperaba para nada su aparición en Barcelona, pero la verdad es que estoy agradeciendo muchísimo cada instante con ella.
Cenamos en mi casa y nos pasamos casi toda la noche charlando, jugando a juegos de mesa y haciendo videollamada con los chicos.
Ellos sabían también que venía, cosa que me imaginaba.
También se disculparon por no haber podido venir con ella, como si eso fuera un motivo para enfadarme.
Pronto volvería a bajar, así que quedamos en paz.
Despedirme de ella fue como si lo hiciera como la primera vez, pero no sé decir el porqué. Para mí, ha sido un gesto que no olvidaré nunca. Después de despedirse de mis padres, la abracé tan fuerte que noté cómo se extrañaba en mis brazos.
—Cuídate, ¿quieres? —Aún en mis brazos, asiente.
—Tú también, ¿eh? —Nos separamos y ella está arrugando los labios, aguantando las lágrimas—. Llámame.
Le sonrío, dedicándole la mirada de complicidad de siempre, que la hace reír, tímida.
—Lo haré, te lo prometo. Y pégales una colleja de mi parte a la peña, ¿vale?
Ríe con más ganas ante mi petición y asiente con energía.
—Sabes que lo haré.
Esa tarde voy a ver a Alex al hospital, que ya parecía encontrarse mejor; estaba sentada en la butaca y caminaba con normalidad desde esa mañana.
El día anterior, prefirieron que se quedara en cama a ver cómo evolucionaba, y dado que no hubo nada que les hiciera pensar lo contrario, le han dado luz verde para ello.
Su madre ve el momento para tomarse un descanso al ver que estoy con ella, así que se va, dejándola a mi cargo.
—¿Ya se ha ido Laura? —pregunta con las cejas subidas, bajando el libro que estaba leyendo, desconcertada—. ¿No llegó ayer por la mañana?
—Sí, tiene un viaje de cinco o seis horas por lo menos, y da gracias que consiguió trenes directos —contesto y me siento en el borde de la cama, con un suspiro profundo—. ¿Cómo estás?
Pone una mueca de fastidio.
—Vaya… —Ladeo la cabeza, confuso.
—¿Qué pasa?
—Nada, es que ya que os veíais… No sabía que se iba tan pronto, nada más.
Sonrío ante su repentina timidez.
—Seguro que en Semana Santa los veo, no pasa nada.
—Me alegra escuchar eso, entonces. —Me levanto y me siento en una de las sillas que hay en frente de Alex.
—La verdad es que encantaría que los conocieras, son geniales, te conocen como si ya fueses su amiga.
Le confieso algo azorado, echándome el flequillo para atrás.
—¿Les has hablado de mí? —Parece confundida ante ese gesto y ladeo la cabeza.
—Claro, ¿te molesta que les hable de ti? —le pregunto, con algo de aprensión.
Alza las manos en signo de tranquilidad.
—No, no, es solo que…
—Te sorprende. —Por su expresión, parece que estoy en lo correcto.
—Bueno, no es que haya tenido muchos amigos en mi vida.
—Pues eso está cambiando, ya llevas dos, pronto serán cinco. —Niega con la cabeza, riéndose, volviendo de nuevo su atención a la lectura.
—¿Cómo está Laura?
La miro, algo extrañado por la pregunta, pero no se lo tengo en cuenta.
—Está bien, estaba preocupada por mí —le respondo.
—Parece una chica increíble. Ese gesto no lo haría cualquiera.
Vuelve a centrar su atención en mí, esta vez dejando el libro en la mesita.
—Tienes razón. Yo hubiera hecho lo mismo por ella.
Asiente, con una sonrisa casi melancólica.
En sus ojos veo el anhelo, el deseo, quiere aspirar a tener algo así y eso hace que se me encoja el corazón.
—Alex, siento que hayas tenido que pasar por todo esto —comienzo a decir, esperando que mis palabras de verdad le lleguen—.
Nadie merece lo que a ti te ha pasado, ni lo que te han hecho, pero, poco a poco, te darás cuenta de que hay gente que de verdad te quiere, no se va de tu lado, pase lo que pase.
Sean dos, cinco, cien personas. ¿Sabes cuántos amigos tengo yo? ¿Amigos de verdad?
Sacude la cabeza, de manera que continúo hablando.
—Cinco. ¿Y sabes qué? No quiero más. Tengo suficiente, porque sé que son pocos, pero reales. Gente real que me ha demostrado que puedo confiar en ellos, porque siempre estarán ahí y no dudo de eso ni por un segundo.
Una lágrima recorre su mejilla, pero me doy cuenta de que no es por tristeza, si no de agradecimiento.
Se levanta y por inercia hago lo mismo. Sigue teniendo la vía en su mano derecha, pero no tiene nada conectado en este momento, por lo que no hay nada que le incomode para caminar en dirección a mí, hasta quedar el uno frente al otro.
—¿Necesitas algo? —En vez de contestar, me rodea la cintura con sus brazos y hunde su cara en mi pecho.
Sin pensarlo dos veces la estrecho contar mí, y su olor afrutado me invade por encima de los desinfectantes y lejía de hospital. Por un momento, me da la sensación de estar en casa. Era un poco más baja que yo, así que puse mi mentón encima de su cabeza.
—Gracias. —Mi corazón empieza a latir muy rápido con solo esa palabra.
Su tono es tan sincero que creo que por fin está queriendo volver a empezar. Queriendo volver a vivir, después de todo. Ojalá sea así, ojalá esta oportunidad le haya hecho ver las cosas de manera diferente, desde otra perspectiva. Sonrío en su abrazo y hago círculos en su espalda con la mano.
— No se dan, chiquitilla. —contesto, con un susurro dulce.
Noto como ríe un poco y luego me mira, separando un poco su cuerpo el mío. Lloro por un segundo la pérdida de su contacto cálido. Nos quedamos un momento así, hasta que consigo hablar.
— Alex… —La puerta suena y se abre, siendo su madre la causante de la interrupción y de que el calor me suba por el cuerpo.
Ella se queda un momento sin mover un músculo, con los ojos como platos.
«Mierda».
En verdad, ¿qué más da? Simplemente nos hemos abrazado porque le he dicho cosas que ella me ha agradecido.
—Hola, ¿ha pasado algo? —pregunta en tono despreocupado, entrando.
—No —contesta Alex mientras su madre deja el bolso y se sienta en la silla del final de la habitación.
Hago lo mismo, de repente, con mucha vergüenza. Noto mis mejillas muy calientes y seguro que su color es tan rojo como el de un tomate.