67 Alex
Erika se ha ido un rato después de Ethan y me han dejado a solas con mi madre. Agradecí su presencia, la verdad. Estar con ellos esa mañana ha sido como si un peso que tenía encima de los hombros se atenuara, aunque fuese un poco.
Me enteré más tarde por Esther, la madre de Ethan, que Laura, su mejor amiga, había venido a verle. Supongo que le contaría lo sucedido, hecho que no le reprocho. A pesar de que hacía poco que se han visto, me parece un gesto increíble y leal por su parte.
El médico, por su parte, me ha explicado, a raíz de lo sucedido, qué es lo que vamos a hacer a partir de ahora.
Me ha dado cita con la USM, la Unidad de Salud Mental, en la cual tendré seguimiento por parte de psiquiatría si fuese necesario.
También me ha recomendado que, a parte de los servicios que puede obtener ahí, si quiero, puedo buscar por mi cuenta un terapeuta o una terapeuta especializada en lo que yo crea que es mejor para mí.
Por un momento, me da la sensación de que todo me viene muy grande, pero intento recordarme a mí misma que, aunque eso fuese así, aunque fuese difícil el proceso, tengo personas a mi lado que lo único que quieren es que esté bien.
Es mejor que confíe en ellos para aceptar su ayuda cuando la necesite.
«Si en algún momento vuelves a sentirte así, llámame, por favor».
Las palabras de Ethan todavía resuenan en mi corazón y la intensidad de su mirada aún la siento clavada en la mía. No sabría decir qué es lo que me pasa, pero siempre tengo su nombre en un rinconcito de mis pensamientos, haciendo que mi corazón se caliente un poquito al escucharle o recordarle.
¿Es amor? No lo sé. Nunca he sentido eso por nadie, de hecho, nunca he tenido la oportunidad de pensar así de un chico.
Pero creo que me gusta. La forma en la que mi corazón palpita cada vez que le veo o le tengo cerca, eso no puede ser normal, al menos no es lo típico que debería pasar entre amigos, ¿no?
Suspiro. La verdad es que todo esto es abrumador.
Mi intento de suicidio, el hospital, los médicos, mi madre, Ethan y Erika…
Estoy algo saturada con tantas emociones encontradas, pero, joder, a peor no podría ir, ¿no?
Tengo que centrarme en que estoy bien. Que, a pesar de todo, el destino ha querido que siguiera aquí y tengo otra oportunidad para luchar.
Nunca he querido irme. Nunca he querido dejar sola a mi madre.
Solo quería dejar de sufrir, y tomé una decisión que, a pesar de que todo pasa por algo, ha sido una decisión que ha cambiado mi vida.
Me ha hecho ver que igual hay otra manera de dejar de sufrir, que debo encontrarla.
Lo que está claro y nunca aceptaba es que necesito ayuda.
«No puedo permitir que mi madre tenga que poner flores en mi tumba».
Un teléfono vibra en la mesita maniobrable del hospital y tanto mi madre como yo levantamos la vista a la vez. Se levanta para mirar cuál de ellos vibra y descuelga el suyo.
—Hey, Noe, ¿qué pasa? —contesta. Mi tía. El corazón se me encoge de culpa—. Estamos bien, todo va bien.
Admiro a mi madre por el control que tiene.
Por cómo se enfrenta a las situaciones. Siempre mira a los obstáculos con decisión, con una mirada fiera, que hace que se vean mucho más pequeños de lo que son.
Tengo que aprender mucho de ella. Quiero ser como ella.
Confiar más en ella. No hay otra persona en el mundo que ella en la que pueda confiar más. Es mi madre.
Que ella confíe en mi a partir de ahora es otra historia, pero recuperaría su confianza poco a poco. Lo primero era demostrarle que soy capaz de pedir ayuda.
—Sí, de momento seguimos en el hospital. Igual nos dan el alta en unos días, si todo sale bien —continúa diciendo—. Espera.
Me mira y tapa el micrófono del teléfono.
—¿Quieres hablar con tus tíos? —Sonrío y alargo la mano como respuesta.
Por ahí debía empezar. Confianza. Confiar en quien me tendía la mano. ¿Eran cinco personas? Pues cinco personas. Pero son cinco personas con las que sé que puedo expresar cómo me siento, lo bueno, lo malo, lo cotidiano.
Después de hablar con mis tíos un rato, le devuelvo el teléfono a mi madre, que se despide. Pasada una hora, Ethan aparece por la puerta de nuevo, picando antes de entrar, con una sonrisa.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto con los ojos abiertos—. ¿No estabas con Laura?
Me da un abrazo como saludo y se sienta en la silla que había utilizado antes.
—Sí, pero te dije que vendría por la tarde.
«Si es que no tiene remedio».
—Voy a por un café. —Ambos nos giramos hacia mi madre.
Asiento mientras sale y me dedica una sonrisa pícara cuando Ethan no la ve. «Venga ya, ¿en serio?». Noto como el calor de mis mejillas sube. Pero me centro en Ethan.
—Laura ha venido a verte, deberías estar con ella el máximo tiempo posible, ¿quién sabe cuándo podrás volver a verla? ¿En Semana Santa? Quedan meses. —Intento que entienda lo que quiero decir—. No es que no quiera que vengas, no me malinterpretes, es que…
—A ti casi no te vuelvo a ver. —Aprieto los labios ante esa observación, frunciendo el ceño—. Hemos quedado para cenar y se queda en mi casa esta noche. Tengo tiempo de estar con ella.
Un burbujeo de celos se crea en mi estómago, pero, igualmente, le dedico una sonrisa y asiento.