Ayúdame a salir 66 Ethan
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66 Ethan

Erika y yo nos quedamos con Alex un buen rato, mientras su madre aprovecha la ocasión para ir a su casa y ducharse y respirar un poco fuera del hospital.

Hablamos un poco de todo para así mantener a Alex distraída y que le fuera más ameno el paso del tiempo, que parecía estar ralentizado desde que estamos aquí dentro.

Estar dentro de un hospital daba esa sensación de estar en otro mundo diferente, y que hasta el tiempo parecía ir distinto.

Me dio la sensación de que algo la hizo reír, así que nuestro entretenimiento está sirviendo.

No sé si su madre habrá hablado con el instituto, aunque siendo sábado, hasta el lunes no podrá contactar.

—Hola, ya estoy de vuelta y me he encontrado tu madre, Ethan. —Asiento, sonriendo a mi madre como saludo y voy hacia ella.

—¿Nos tenemos que ir? —le pregunto sin mucho ánimo cuando me da un beso en la mejilla.

La verdad es que no quería irme aún.

—Corazón, tienes que comer, y son casi la una del mediodía.

Suspiro con resignación, pero mi madre me lanza una de sus miradas de advertencia suyas y capto de inmediato el mensaje.

«Nos vamos y punto».

—Esta tarde podrás volver, si quieres. Pero también tiene y tienes que descansar. —Su tono autoritario no admite protesta.

—Está bien. —Me giro hacia ellas para despedirme—. ¿Nos vemos luego?

—No te preocupes, además, tu madre tiene razón, también tienes que descansar. —responde Alex, desde la cama—. También va por ti, Erika, ya habéis hecho bastante estando aquí para que mi madre fuera a cambiarse y descansara, idos, va.

La comisura de mi boca sube en una sonrisa casi imperceptible, que hace que solo mi hoyuelo me delate, y asiento.

—Yo solo me quedaré un rato más, que mi madre ya me ha dicho que en breves tiene la comida hecha —declara Erika, estirándose en la silla.

Raquel deja sus cosas en el armario mientras me despido de las chicas.

—Tu padre te espera fuera. —Junto las cejas, sin comprender—. Yo voy al baño y ahora salgo.

—Te espero fuera, entonces. —Me dirijo a la salida.

Cuando salgo, un sol de invierno invade mis ojos. Me hace entrecerrarlos de lo que molesta, pero enseguida me acostumbro, pestañeando. Busco a mi padre con la mirada, pero no veo el coche. Frunzo el ceño.

«Quizá haya dado la vuelta. Aquí es una mierda aparcar».

Miro al frente otra vez por si no lo he visto, pero en vez de encontrar a mi padre, encuentro a Laura, de frente. Freno en seco un segundo, pero luego se ve hundida en mi abrazo, que casi la hace caer, pero yo lo impido. Cuando me separo de ella, sigo sin creerme que esté aquí.

—¿Qué coño…? —me sale, entrecortado— ¿Qué haces aquí?

Ella ríe, todavía en mis brazos, y vuelve a rodearme la cintura.

—Los demás no han podido venir. —Niego con la cabeza puesta encima de la suya—. Yo casi que me he escapado. Ya me vendrá la bronca luego.

Nos separamos de nuevo y la miro, anonadado.

—No puedo creerlo, estás chalá .

Ríe, satisfecha con el resultado de su sorpresa.

«No puedo creer que esté aquí, ayer la llamé casi a las once de la noche, ¿cuándo…?».

—¿Cuándo narices has cogido el tren? Porque has venido en tren, ¿no? Te quedas en mi casa, ¿verdad? —El asalto de preguntas la hace reír todavía más.

—Calla un momento y déjame hablar, melón.

También me río, pero espero a que se explique.

—Me he subido al primer AVE que he visto que salía. Y sí, me quedo en tu casa hasta mañana, si no, mi madre va a hacer caput conmigo. Suficiente con que me ha dejado el dinero del tren, que mejor no te digo el precio.

«Joder, tiene que haberle costado un riñón».

—Ahora te toca a ti. —Inhalo aire y me preparo para el interrogatorio—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está ella?

Suspiro, sin saber por dónde empezar.

Antes de poder hablar, me asalta un nudo en la garganta. Laura espera paciente a que conteste.

—Estoy bien, ella está bien. Ha estado desde ayer durmiendo y se ha despertado esta mañana.

No quiero que se me rompa la voz, así que ahí dejo mis respuestas. Pestañeo para evitar el flujo de lágrimas que quiere salir sin control, pero a quién quiero engañar.

Estoy jodido, esa era la realidad.

—Bueno, no estoy bien. —Laura asiente, satisfecha con mi cambio de respuesta mientras me abraza de nuevo.

Me dejo llevar por su abrazo y me derrumbo con ella, que me deja llorar en su hombro hasta que me relajo.

—Entonces, ¿ella está bien? —pregunta una vez sentados en uno de los bancos en el parque frente al hospital.

—Está bien, a ver… —Me rasco la cabeza—. Está claro que necesita ayuda. Pero creo que se ha dado cuenta de eso, así que es un paso muy grande.

—Claro, a partir de ahí es cuando se puede empezar a mejorar de verdad. —No digo nada con respecto a eso, simplemente asiento, mirando al suelo.

Por el rabillo del ojo veo que se levanta y la miro.

—Vamos a comer —dice ofreciendo su mano para levantarme. Caigo en la cuenta.

—Mi madre sabía que venías, ¿verdad?

Ella me sonríe, cómplice. Me río y alcanzo su mano.

—Tu madre me ha dicho que, por favor, te aleje de ella al menos por un día. —Ríe después de copiar sus palabras exactas.

Mi madre tiene demasiada confianza con ella como para que de verdad le hubiera pedido eso.

Al lado del hospital vemos un sitio que parecía bueno para la ocasión, así que nos decidimos por sentarnos dentro.

—¿Los médicos han dicho algo? —preguntaba Laura con el primer plato delante.

—Creo que han hablado, pero Erika y yo aún no sabemos nada.

—¿Han dicho que se hace en estos casos? Es decir, ¿qué procedimientos hay?

—No, al menos hasta donde yo sé, ella está bien físicamente. Supongo que ahora le ayudarán en el ámbito emocional, pero no sé qué tienen pensado hacer.

—No creo que se quede ingresada, tampoco.

Normalmente prefieren que se vayan a casa y trabajar desde ahí, con visitas médicas —comenta después de tomar un trago de agua—.

Supongo que le proporcionaran ayuda psicológica necesaria con psiquiatría para que no se repita, y se aseguraran de que todo vaya bien.

—Eso creo, aunque ya te explicaré cuando me entere —concuerdo con ella, cuando trago un trozo de comida.

Está claro que, a raíz de la situación, algo tienen que hacer. Sea como sea, solo espero que le brinden la ayuda necesaria para que supere todo esto o, al menos, para que le ayude a ver las cosas desde otra perspectiva, con otra actitud.

—¿Qué puedo hacer yo ahora? —Dejo el tenedor a un lado, algo abatido.

—Estar con ella.

—Eso ya lo hago.

—Pues ya lo tienes. Ella sabe que estás ahí, que no te irás de su lado, y con eso es suficiente.

Cuando caiga, ahí estarás, cuando se levante, también, si es lo que realmente quieres.

Ahora se está levantando y estás ahí. —Señala al hospital detrás mío—.

Ahora es cuando le toca a ella confiar. Confiar en que todo va a salir bien y que hay luz en ese túnel tan oscuro en el que está ahora.

Y por experiencia, te diré que no es fácil, pero, si tienes a tu lado a personas adecuadas…

—Deja caer las palabras y se mete una patata en la boca.

—Dime que funciona. Que realmente funciona.

Laura me mira y también deja el tenedor en la mesa, tomando aire.

—No todas las personas somos iguales, Ethan, pero, sí que te diré que a mí me funcionó. Confiar en la gente correcta, quiero decir.

Me quedo callado meditando sus palabras. Como siempre, parece que sabe en todo lo que estoy pensando y continúa hablando.

—Amor, tú eres una de esas personas correctas. Al menos lo fuiste para mí. —Trago saliva de forma visible antes de hablar.

—La quiero. —Laura pone una mano encima de la mía.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer. No vuelvas a perder la oportunidad de decirle lo que sientes.