65 Alex
Mis párpados pegados y cansados se abren lentamente. Escucho murmullos, como si me estuviera despertando de una siesta muy larga. Cuando consigo abrir los ojos del todo, veo un techo muy distinto al que hay en mi casa y frunzo el ceño.
«¿Dónde estoy?».
Inhalo de forma profunda; el olor a desinfectante, sábanas limpias y lejía me invade. Olor a hospital.
Varias cosas pasan al mismo tiempo: los recuerdos me invaden y noto un movimiento a mi derecha, desde donde veo que alguien se endereza y me mira con los ojos muy abiertos.
—Ey, chiquitilla. —Su voz suena algo distorsionada, pero con su tono dulce de siempre, debido al zumbido que se ha instalado en mis oídos desde que he recordado por qué estoy aquí.
En mi pecho arraiga la culpa. Empiezo a llorar. Ethan toma mi mano como si fuera una caricia, casi con timidez. Me aferro a ella, aunque eso no cambie nada.
—Lo siento. —Apenas me sale la voz.
Pero debía decírselo. Debía saberlo.
Niega con la cabeza. En sus ojos cansados se asoman lágrimas contenidas.
—Estás bien, es lo que importa. —No hay ni un ápice de recriminación, de juicio o enfado en su tono, solo delicadeza y ternura.
Una lágrima recorre su mejilla, y su mano sigue en la mía, apretándola con cuidado. En su mirada solo hay miedo, preocupación, a la vez que alivio de verme despierta. De verme viva.
—Estaba muy cansada… —Quiero darle una explicación, pero no hay palabras para expresar lo que sentía ni lo que siento ahora.
—Alex, no me puedo imaginar el dolor por el que estabas pasando en ese momento para hacer algo así.
Niego con la cabeza, notando cómo las lágrimas caen por mi cara.
—Me sentía un estorbo, sentía que nadie debía hundirse conmigo.
—Puedo entenderlo, pero ya te dije que esa era mi decisión. —Su tono es ahora casi desesperado—. No puedes evitar que quiera ayudarte o, al menos, que lo intente.
Solo puedo asentir.
Le debo, como mínimo, ser sincera. A él, a Erika y a mi madre, por lo que empiezo por la verdad más dolorosa de todas.
—Solo quería dejar de sufrir.
No dice nada, solo se sienta a mi lado, en la cama, y me abraza como puede.
El simple contacto hace que se me erice la piel y vuelva a derrumbarme en su abrazo: es lo único que quiero hacer ahora. Él no va a juzgarme, no lo ha hecho nunca, por lo que me lo permito. Estoy harta de evitar a quien me ha demostrado que le importo. Solo quiero estar bien.
Me aferro a él y lloro. Lloro como una niña pequeña que solo busca consuelo, desahogo, ese aliento que necesita para seguir adelante.
—Va a ser jodido —me previene, aún abrazado a mí, en un susurro doloroso—. Pero no estás sola, Alex, y vamos a ayudarte, ¿vale?
Asiento sin una palabra cuando nos separamos un poco.
Ethan limpia mi rostro con los pulgares y curva sus labios, mostrando su hoyuelo de siempre. Nos quedamos así unos minutos, mirando los ojos del otro, hipnotizados. En sus mejillas también hay lágrimas y hago lo mismo que él ha hecho.
—Si en algún momento vuelves a sentirte así, llámame, por favor. —me pide, mientras agarra la mano con la que le he limpiado su rostro. Su súplica hace que me quede sin palabras.
Me mira con tanta intensidad que creo que voy a desmayarme.
La puerta se abre y nos separamos del todo, aunque sin prisas. Ethan no se levanta.
Era mamá. Sus ojos se humedecen al verme. Se pone las manos en la boca, antes de brotarle una sonrisa nerviosa. Ethan se gira hacia mí.
—Te veo luego, chiquitilla. —Me da un beso en la mejilla, haciendo que mi cuerpo reciba la descarga conocida del otro día y que mi temperatura suba.
Se levanta, alcanza sus cosas y va hacia la puerta, donde abraza a mi madre antes de salir por la puerta.
No puedo evitar sonreír al ver ese gesto.
Aunque parece que sea parte de su personalidad, no deja de ser tierno.
Mi madre se acerca a mí y parece no creerse que esté despierta.
Se sienta en el lado contrario a donde estaba Ethan y me estrecha entre sus brazos con fuerza.
No sé qué decir; ella parece que está en la misma situación, así que nos quedamos abrazadas, sin decir una palabra.
Las disculpas vendrán más tarde. Ahora solo quiero notar su calor, su abrazo materno para notar esa protección que siempre ha querido darme, pero que yo, de una manera u otra, no le dejaba hacerlo.
Ethan vuelve con Erika después de que las enfermeras vengan a visitarme, me curen las heridas de ambas muñecas y mi madre saliera a hablar con el doctor.
—¿Cómo estás? —pregunta Erika sentada en la silla al lado de la cama, a mi lado—. ¿Qué te han dicho?
Ethan está de pie, junto a la ventana.
—Me encuentro bien, estoy bien —le aseguro entrelazando mi mano con la suya—. Siento que hayáis tenido que pasar por esto, de verdad.
No creo que sirva de mucho disculparse ahora, pero es lo único que puedo hacer, después de todo. Era lo mínimo que les debía.
—Amiga, no te culpamos en absoluto. —Niega con la cabeza abriendo sus ojos mientras me aprieta la mano—. Solo queremos lo mejor para ti, que estés bien.
No puedo hacer otra cosa que creerles.
Quiero creerles.