Ayúdame a salir 64 Ethan
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64 Ethan

Hilos rojos se deslizan y se filtran por la pica del baño mientras me lavo las manos, pero apenas los veo.

En mi cabeza, solo aparece la imagen de Alex, pálida, ausente, rodeada de toda esa sangre que brotaba de sus muñecas.

No consigo quitarme esa imagen de mi mente; creo que nunca tenga suerte de poder hacerlo.

Cuando salgo del baño, vuelvo a sentarme en la sala de espera, que es lo único que he hecho desde que llegué. No quería irme de ahí y, justo cuando no estuviera, alguien saliera y preguntara por algún familiar. Su madre estaba de camino y no tardaría en llegar, al igual que mis padres.

Tengo la vista clavada al frente, intentando mantener la mente en blanco, no chillar, no estar cada segundo caminando hacia recepción preguntado por ella. Pongo el tobillo izquierdo encima de la pierna derecha y el pie se empieza a mover.

A los minutos, y tras un largo suspiro que llevo conteniendo hace rato, veo a Raquel por rabillo del ojo.

Está a punto de entrar corriendo, me pongo en pie y me dirijo hasta recepción, ya que no quiero alejarme mucho, con el corazón volviendo a latir desbocado.

No tarda en verme y, con un sollozo contenido, me abraza con fuerza, sin importarle la sangre de mi camiseta.

—¡Ethan! —Se separa de mí y casi parece mirarme de arriba abajo, como para comprobar que yo estoy bien—. ¿Han dicho algo? ¿Sabes algo? He llegado tan rápido como he podido…

Habla de forma atropellada, con una mano en el pecho, que le sube y le baja muy rápido.

—No, no han dicho nada.

Apenas puedo hablar. Apenas me mantengo en pie, a decir verdad.

Me siento fatal. Tendría que haber estado, tendría que haber insistido.

—Lo siento… —Es lo único que acierto a decir, con voz ronca, casi inaudible.

Raquel vuelve a abrazarme, con gesto más comprensivo, protector. Cuando se separa de mí, me levanta la barbilla para que le mire.

—Has sido tú quien ha estado ahí, has sido tú quien ha avisado, has sido tú quien se ha quedado con ella todo el tiempo. Le has salvado la vida.

Casi niego con la cabeza, sin entender nada.

—Pero tendría que haberlo visto, tendría que haber hecho algo, tendría que haberlo impedido de alguna manera…

—Ethan, es imposible que supieras qué iba a pasar. No lo sabías, ni yo tampoco. —Las lágrimas vuelven a surgir, sin poder contenerlas.

Su rostro estaba lleno de lágrimas por su hija, lleva la chaqueta medio puesta con el bolso colgando de su brazo derecho. La voy a guiar donde estaba sentado, pero el tono alto de una chica nos sobresalta.

—¿Familiares de Alex Villaescusa? —Sigo a Raquel cuando va directa hacia la chica, que iba vestida de blando, con una coleta alta bien peinada y una identificación colgada del cuello.

—Soy yo, su madre —acierta a decir Raquel, colocándose bien el bolso.

La mujer nos mira y se gira hacia nosotros. Con una pequeña sonrisa.

—Hola —saluda antes de continuar informando—, su hija está estable, y sus constantes vitales son normales por ahora.

Nos deja un minuto para coger el aire que nos faltaba para llenar nuestros pulmones de tranquilidad, pero es imposible que brote algo de nuestra boca.

«Está bien, está viva, está con nosotros».

Noto como mis defensas empiezan a bajar y la adrenalina empieza a hacer su efecto, sintiéndome de golpe tembloroso y mareado. Mantengo la compostura e intento no desfallecer ahí mismo, aunque no cabe duda de que la probabilidad de que eso pase es muy alta.

—Ahora está en la UCI, la mantendremos en observación unas horas y luego subirá a planta si todo va bien. —Su madre asiente enérgicamente mientras habla—. De acuerdo, pues espere aquí y ahora mismo la hago pasar.

—De acuerdo —dice, temblorosa, echándose el pelo hacia atrás, con un suspiro de alivio infinito.

La puerta vuelve a cerrarse detrás de la muchacha.

Me paso la mano por el pelo y guio a Raquel a los asientos donde estaba, pero el tiempo que paso sentado es poco, porque a los pocos minutos entran mis padres.

Voy hacia ellos, y menos mal que he tenido un momento para sentarme, porque las piernas todavía me tiemblan.

Mi madre me abraza con fuerza sin decir una palabra.

Dios, no me he dado cuenta de cuánto necesitaba esto.

Me hundo en su pecho, que estaba tan agitado como el mío.

Noto que una mano me aprieta el brazo y, por cómo lo hace, sé que es la de mi padre.

Me separo, conteniendo las lágrimas, y mi padre me aprieta contra su cuerpo cuando mi madre le deja espacio.

—Está bien. Está estable —digo cuando estamos frente a frente.

—Menos mal. —Me da calor en los brazos y me doy cuenta que viene con una bolsa—. Toma.

Me la entrega y miro lo que hay dentro.

«Suéter».

—Gracias. Voy a cambiarme. —Una vez en el baño, me encuentro frente al pequeño espejo que hay encima de la pica y frunzo el ceño.

«¿Tanta sangre tengo?». Intento recordar la escena.

«Al abrazarla. Fue al abrazarla».

Tenía sentido. Al estrecharla contra mí debí mancharme más de lo que sería normal.

Con un suspiro, me quito la que tengo y me pongo la otra.

Pongo la sucia en la bolsa y la tiro a la basura.

Siento que fuera un regalo de mi madre, pero no puedo volverla a ver.

Solo me recordaría al día de hoy, cosa con la que no estaba dispuesto.

Cuando salgo del baño, mis padres están con Raquel, hablando. Seguía llorando, pero se la notaba algo más tranquila. Cuando mi madre me ve llegar, se extraña, ladeando la cabeza.

—Te has dejado la bolsa, amor.

—Lo siento, mamá, pero la he tirado —digo llegando a su lado.

Su frente se arruga un segundo, pero después me pasa la mano por el pelo y acaricia mi mejilla con una sonrisa de complicidad.

—Tranquilo, cariño, no pasa nada.

—Disculpe, ya puede acompañarme. —Escucho la voz de antes y dirijo mi mirada a la mujer que nos ha atendido—. El horario de visitas en la UCI, al menos hasta que esté ahí ingresada, es hasta las diez de la noche.

Faltaba una hora.

—¿Puedo verla? —pregunto.

Todos me miran.

—En estos momentos no sé si deberías, Ethan… —mi madre habla, mirando de reojo a Raquel, apretando la mandíbula—. Creo que su madre debería quedarse y nosotros ir a casa a descansar, cielo.

Me pone las manos en los hombros y me envía una mirada elocuente.

—¿Quieres verla? —Me giro hacia Raquel, que está con el bolso puesto de nuevo.

—Sí. —Definitivamente.

Quiero verla, estar con ella, aunque sean cinco jodidos minutos y ver que de verdad está bien. Mierda, se me estaban humedeciendo los ojos. Pestañeo para evitar que caigan de nuevo las lágrimas.

—Si quieres, ve tu primero, aunque sean cinco minutos, si de verdad te ves preparado.

«Gracias».

La abrazo y luego me giro hacia mis padres.

—¿Puedo? —les pregunto con mirada rogadora—. Cinco minutos.

Mis padres se miran entre sí, con una mirada inquisitiva. Finalmente, mi madre me mira.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Nos dejaron pasar a los dos hasta la entrada de la UCI, que está ubicada detrás de una puerta a la que parece ser que se accede con una tarjeta de la que dispone solo el personal, pero para entrar, se exige que mejor sea solo una persona.

Su madre se queda atrás cuando me hacen pasar y antes de perderla de vista le lanzo una mirada de aprensión.

De repente. tengo miedo, dudas. Mi corazón no deja de latir tan fuerte que creo que va a huir por la garganta, pero cuando ella me mira de vuelta con un brillo de complicidad y agradecimiento en sus ojos, es cuando siento que he tomado la decisión correcta.

La puerta se cierra y desaparece detrás de ella, con los brazos cruzados.

La enfermera me guía hasta su habitación y cuando pasan unos segundos, me hace pasar.

—Si necesita algo, pulsa el botón rojo, ¿de acuerdo? —Asiento sin mirarla y después pasa por mi lado, alejándose.

Me quedo unos momentos quieto, sin saber muy bien qué hacer.

Está bocarriba, tapada con una sábana hasta un poco más arriba de la cintura, con los brazos fuera de ella.

En cada brazo tiene vendadas ambas muñecas y de su mano derecha sale una vía con dos cables que llegan a un palo del cual cuelgan una bolsa de cada uno de ellos, una de ellas porta lo que parece ser suero, y otra que, sin duda, es sangre.

—Venga ya…

Niego con la cabeza mientras me dejo caer en la silla que hay a su lado, masajeando mi frente, abatido. Luego la miro a ella de nuevo.

Su respiración es acompasada, y el pitido constante me dice que su corazón late de forma estable, sin prisas.

Sus rasgos faciales expresaban tranquilidad; no tenía el ceño fruncido, sus ojos no parecían moverse debajo de sus párpados y su boca entreabierta está relajada.

No puedo evitar que mis ojos se llenen de lágrimas al recordar en ella lo contrario: su ceño fruncido, sus ojos en alerta constante, sus labios fruncidos y sus manos nerviosas.

—Eres más fuerte de lo que crees. —Es lo primero que digo, aunque no sé si me está escuchando, pero eso me da igual en ese momento—.

Mucho más. No sabes el brillo que tienes cuando de verdad lo muestras, y eso es porque muy poca gente te lo ha dicho.

Eres capaz de muchas cosas, Alex, solo tienes que creer en ti misma y entender que tu vida no depende de lo que digan o piensen los demás.

Vales igual o más que cualquier otra persona y…

«Y te quiero».

La voz se me quiebra y soy incapaz de pronunciar esas palabras. Cojo aire y continúo hablando.

—Tu madre está muy preocupada por ti y yo también.

Sé por qué has querido distanciarte de Erika y de mí, pero alejarnos no te va a servir de nada, chiquitilla, porque voy a seguir estando ahí.

Voy a seguir intentando ayudarte como mejor pueda, aunque no quieras.

—Tengo muchas más cosas que decirle, pero no sé si ahora mismo me está escuchando, así que decido quedarme callado un momento.

Sin más, me hundo. Las lágrimas consiguen aflorar por mis mejillas y empiezo a hipar.

Después de avisar a Erika de todo lo que había pasado, de decidir qué mañana íbamos a ir juntos a verla y de ducharme una vez estando en casa, miro la hora. Las 22:20. Abro el chat de Laura.

«C upcake ». Le envío, simplemente.

Salgo al pequeño balconcito de mi casa y el viento frio de la noche azota mi cara, pero no me desagrada. Cierro los ojos ante la brisa. A los minutos, noto vibrar mi bolsillo. Laura. Descuelgo la llamada, pero no digo nada. No sabría por dónde empezar. No me salen las palabras.

—¿Ethan? —Su voz suena preocupada y el simple hecho de escucharla hace que mis defensas vuelvan a bajar del todo, haciendo que empiece a llorar. El nudo que se me crea en la garganta no me deja hablar—. Ethan, ¿qué ha pasado?

Vuelve a preguntar, esta vez con pánico en su voz.

No tengo palabras para enmascarar la verdad, así que simplemente las dejo ir, en un hilo de voz.

—Ha intentado suicidarse.