Ayúdame a salir 63 Alex
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63 Alex

Estoy en el suelo.

Me veo.

Me veo a mí misma.

Sangrando.

No siento nada.

No siento dolor.

No siento presión en el pecho.

No siento tristeza.

No siento nada.

Por raro que parezca, me rodeo, mirando mi cuerpo, pálido como la Luna llena brillando en su mayor apogeo. Solo puedo pensar una cosa:

Lo he hecho.

Lo he hecho, pero ¿me siento mejor? ¿Me siento aliviada?

El sonido de la puerta de la calle llama mi atención.

¿Me la dejé abierta?

—¿Hola? —pregunta alguien.

No. No puede ser él.

Voy hacia la puerta del baño y me asomo. Sí. Es él. Es Ethan.

No, no puede verme así.

—¿Alex? —Algo hace clic en mi cabeza mientras entra un poco más—. He entrado, ¿estás por ahí?

Si viene hacia aquí me verá.

Si viene hacia aquí, su vida cambiará por completo.

Otro clic.

Entonces me doy cuenta de que mira hacia aquí. Por un momento, me da la sensación de que me mira a mí directamente, pero después me doy cuenta que es porque hay luz.

Y se acerca.

—¿Alex? —Cada vez parece más preocupado.

De repente, siento algo. Creo que es mi corazón. Creo que aún estoy viva. Creo que no me he ido. No todavía.

Ethan se aproxima y, cuando llega, casi se desploma.

Clic.

Veo cómo Ethan va corriendo hacia mis manos, bueno, mis muñecas.

—Dios mío, Alex —dice en un susurro que apenas se oye. Solo puedo oírlo yo—. ¿Por qué?

Y, entonces, me rompo.

De repente, siento todo.

El dolor, la presión en el pecho, la tristeza.

Pero, esta vez, por un motivo distinto.

Era por él.

Era por Ethan.

Por verle correr hacia mi cuerpo.

Por verle agarrar mis muñecas ensangrentadas sin ningún tipo de duda.

Por ver que lo único que él quería era que estuviera bien.

Por verle llorar.

Por verle rezar interiormente para que todo sea una pesadilla.

Por oírle chillar pidiendo ayuda.

—Alex. —Es un susurro quebrado. Me aprieta contra su cuerpo, como si fuera a poder salvarme, arreglarme—. Quédate conmigo.

Una súplica.

Una simple súplica que vuelve a romperme.

Sigue con sus manos en las mías.

Está temblando, llorando, sin saber qué más hacer.

Ahora solo quiero que sepa que estoy ahí, con él. Quiero abrazarle, decirle que estoy bien.

Alguien llega al lavabo. Eran los técnicos. Hacen retroceder a Ethan y empiezan a luchar por mi vida.

Veo a Ethan recostado en la pared que está en frente de mi cuerpo, mirando sus manos ensangrentadas, temblando.

De repente, un brillo que había ya antes se hizo más intenso, me giro hacia la ventana de donde proviene.

No era la de fuera.

No era el Sol.

Tampoco la Luna.

Era la luz.

La respiración se me corta de lo brillante que es, tan grande, tan hermosa. Pero lo que más me deja sin aliento es lo que me transmite:

Paz.

Una paz que hacía años que no sentía.

Una paz que nunca creí que conseguiría.

Una paz inmediata.

Pero esa paz, esa bendita paz, la había sentido antes.

Hace poco.

Cuando Ethan y yo quedamos por primera vez.

Cuando me abrazó por primera vez queriendo unir mi corazón roto.

Cuando hicimos nuestro primer trabajo juntos.

Cuando casi me besa el otro día.

Cuando estoy con él.