62 Ethan
Estoy preocupado. Muy preocupado. No me extraña nada el cambio de actitud dada nuestra conversación del miércoles, y es verdad que estaba más seria y distraída, pero nunca llegué a pensar que me encontraría en una situación como aquella y cómo me cambiaría la vida.
Después de acompañar a mamá a comprar, ya que le prometí que la acompañaría a regañadientes porque me lo pidió hace un par de días, le pido permiso para ir a ver a Alex.
Algo no iba bien. En mi pecho tenía una presión que casi no me deja respirar con normalidad y, aunque no quería darle demasiadas vueltas, la sensación no hace más que aumentar cada vez que estoy más cerca de su casa. El corazón me da un vuelco cuando llamo al timbre, pero nadie contesta.
«Joder. ¿Qué es lo que pasa?».
Decido jugármela y picar a otro timbre, mintiendo con que me he dejado las llaves en casa y, para mí no tan sorpresa, mi voz debía parecerse a alguien del bloque, porque me abren casi sin preguntar.
Cuando llego al umbral de su casa, veo que la puerta está entreabierta. Solo un poco, pero está abierta. Mi corazón empieza a latir desenfrenado.
«No se habrá dado cuenta. Sí, tiene que ser eso».
Me acerco uno pasos más, pero sin llegar a entrar.
Dudo un momento, pongo la mano en la puerta y la abro con precaución; no me imagino el susto que se debería llevar si de repente ven a alguien parado en su puerta, aunque fuera yo.
Dudo que su madre esté en casa, porque no se oye nada, cosa que me escama.
—¿Hola? —me atrevo a preguntar, con timidez, pero nadie contesta—. ¿Alex?
Empiezo a temblar, sin saber muy bien por qué.
Decido dar unos pasos más y quedarme justo en la puerta. Ahora ya veo mejor el interior: no parecía haber nadie. El ambiente se nota inquietante, o solo soy yo con mis paranoias.
«Quizá no están en casa, quizá está con su madre».
Tengo la tentación de irme, de cerrar la puerta y enviarle un mensaje diciéndoselo, pero algo hace que me quede. Algo hace que entre. Y eso hago. Acabo por entrar en el interior y me quedo en el recibidor.
—He entrado —aviso, antes de continuar hablando, nervioso—. ¿Estás por ahí?
Nadie contesta y, cuando voy a volver a hablar, una luz que proviene del pasillo me llama la atención.
«El baño».
Si no recuerdo mal, esa luz es la del baño. Mi respiración se vuelve un poco agitada, por el temblor y los nervios que me invaden. Tomo aire antes de volver a hablar.
—¿Alex? —Mi voz suena temblorosa.
Camino hacia el pasillo, iluminado por la única luz que sale del baño, pasando primero por una de las habitaciones y, cuando llego al foco de luz, casi no puedo sostenerme en pie.
Está sentada en el suelo, ambos brazos a los lados, con su alrededor teñido de rojo escarlata.
No dudo un segundo en abalanzarme sobre ella, colocar mis manos sobre sus muñecas, intentando que la sangre que brota de ellas no se escape, al igual que su vida.
Se las aprieto con fuerza, temblando, sin saber qué más hacer, paralizado.
—Dios mío Alex… —brota de mi boca, casi sin aliento—. ¿Por qué?
Acto seguido parece que mi cuerpo reacciona y chillo, ya que, si estaba la puerta abierta, alguien me oirá y podrán pedir ayuda.
Lágrimas brotan de mis ojos pidiendo auxilio, sin dejar de apretar sus delgaditas muñecas.
Alguien parece haberme escuchado, porque pregunta a lo lejos que qué pasa.
No dudo en decirle a gritos desesperados que llame a una ambulancia y, a los segundos, escucho que habla con alguien, posiblemente emergencias.
Yo vuelvo mi atención a Alex. Está pálida, como una hoja blanca apagada, grisácea.
Niego con la cabeza, sin poder creérmelo.
—Alex. —Me sale en un susurro ahogado, y la aprieto como puedo contra mí, como si eso fuera lo único que hiciera falta para ayudarla.
Pero no era así, eso no podía salvarla.
—Quédate conmigo… —No puedo decir nada más. Tampoco tengo palabras para ello. Ni para lo que está pasando.
Todo esto parece surrealista, imposible, una pesadilla. Sigo apretándole las muñecas, pensando que así todo se arreglará; una esperanza a la que te aferras sin sentido.
A los pocos minutos que parecen una eternidad, se oyen sirenas en la calle. Segundos después, oigo como entran por la puerta y, rápidamente, los técnicos llegan donde estamos nosotros.
Yo solo la miro a ella. Los escucho entrar, hablar, pero solo puedo mirarla a ella.
Un hombre se agacha y, sin brusquedad, me aparta.
—Necesito espacio, chaval, lo siento —me dice, en tono autoritario pero compasivo.
Por primera vez, aparto la vista de ella y la dirijo a mis manos. Están cubiertas de sangre, de su sangre. Tiemblo violentamente. Apenas escucho nada, solo veo que están hablando entre ellos, y cómo uno de los técnicos le está pinchando en la mano.
Mis oídos empiezan a pitar y las lágrimas vuelve a surgir de mis ojos, sin vergüenza alguna. Cuando me doy cuenta, empiezan a llevarse a Alex en la camilla. Es entonces cuando mi cuerpo parece reaccionar y me muevo, siguiéndolos hasta la puerta y, de ahí, a entran en la ambulancia.
«Tengo que ir con ella».
No dudo un segundo en hacer ademán de subirme a la ambulancia. Ellos no me lo impiden, siempre que les dejara espacio. Doy las gracias.
De nuevo, la estoy mirando a ella, tan blanca, tan frágil… tengo la cara llena de lágrimas y en mi cabeza solo hay preguntas, culpa, impotencia y rabia.
«Lo siento tanto…».