61 Alex
No voy a arrastrar a nadie conmigo. Y mucho menos a Ethan.
Mi madre es mi madre y, quiera o no, siempre va a estar ahí, aunque yo no lo quiera.
Pero él no. Estaba a tiempo de evitar que su vida fuese tan desgraciada como la mía solo porque quiera estar a mi lado.
Se había mudado aquí para tener una vida normal, no para tener que estar con una persona que solo puede a causarle dolor. No voy a hacerle eso.
Al día siguiente, estoy incluso más callada de lo que solía estar, y me sorprende, porque Ethan está igual de callado. Suspiro mirando por la ventana.
«No tendríamos que haber tenido esa conversación».
Por eso mismo había decidido poner distancias entre nosotros.
Me siento una persona horrible por ello, pero era la única manera de que no sufriera por mi culpa, por lo que a mí me hacían.
Al fin te cuentas, era algo que me pasaba a mí.
Nadie más debía sufrir las consecuencias.
Si alguien tenía que sentirse solo y convivir con lo que estaba viviendo, esa debo ser yo.
El timbre retumba cinco largas horas después y, casi sin decir nada, me voy a casa.
Mi madre trabajaba hasta tarde, así que me fui andando con la brisa de enero acariciando mi rostro, fría y cortante.
Agradecía esa sensación. Tenía ganas de llegar, meterme en mi cueva y no salir.
Carla no aparecería en unos días, pero sus amigas no dejaron de mirarme todo el tiempo desde que casi me ahoga en el baño hace tres días.
Ni Ethan ni Erika tienen ni idea, pero ayer, cuando volví casa, me encontré una nota en la mochila.
«Chivata de mierda. Más vale que te hubieras ahogado, por el bien de todos».
No sé cómo no la vi antes, simplemente creí que era algún apunte de clase cuando vi la hoja mal doblada. Apenas me inmuté, fui a la basura de en frente de mi casa y tiré la nota. Al fin y al cabo, la nota no decía nada fuera de lo normal.
Decía la verdad.
Ethan me manda algún mensaje, los cuales estoy tentada a contestar, pero no lo hago.
No lo hago porque sé que volvería a ser la misma con él, y me recuerdo a mí misma que no puedo hacerle eso.
A Erika le ofrecí el mismo tratamiento. Aunque ella me insiste más, sigo negándome a que sufra también.
Ella fue quien avisó al profesor, así que, sería peor aún que siguiera hablándome con ella.
Y lo que peor me hace sentir, es que no me reprochan que no les haya contestado. No hablan de ello.
Mi madre, por su parte, se dio cuenta de que algo pasaba, pero tampoco habló mucho del tema. Simplemente le digo que, en general, no me apetece hacer nada desde aquello en el baño, y ella parece entenderlo, zanjando el tema.
El siguiente día, lo mismo. Ir al instituto, miradas de preocupación, o lo que era peor, de compasión, y algunas de reproche por parte de ellas.
A diferencia de la nota de hace dos días, la que me encuentro ese día al llegar a casa me pone la piel de gallina, como si mi cuerpo supiera que pronto seré presa de algún depredador feroz y sin piedad.
«Cinco días, friki».
Por mucho que sepa con exactitud a que se refieren, no deja de tener doble sentido, al menos para mí. Carla vuelve el lunes.
La siguiente mañana, viernes, me despierto sobresaltada, perlada de sudor, y el pecho me baja y sube de manera exagerada, intentando absorber aire que mis pulmones se niegan a mantener dentro. Voy al baño a lavarme la cara. Cuando me seco, mi reflejo me devuelve una imagen que ni yo reconozco.
Tengo en el contorno de los ojos un color oscuro, incluso morado, consecuencia de la falta de sueño y hambre, que la verdad mengua cada día un poco más.
Pero es que no tengo hambre. Lo poco que me entra en el cuerpo es lo que me obligo a comer y, cuando voy por la tercera o cuarta cucharada, mi cuerpo la rechaza.
El corrector me ayuda a disimular y enmascarar mi dolor y, con una coleta alta, me dirijo al instituto. Saludo como siempre a Ethan y a Erika, que es lo mínimo que les debo, pero me paso las horas siguientes mirando por la ventana y con la barbilla apoyada en el puño.
Ethan cada vez parece más absorto en sus pensamientos; noto su mirada clavada en mí muchas veces, pero en mi cabeza resuena siempre la misma frase.
«No dejes que se hunda contigo».
Y, con ello, sigo manteniendo las distancias como una profesional a la que han enseñado a hacerlo.
A la hora del descanso, decido quedarme en la cantina, y, aunque ellos insisten en quedarse conmigo, refuto la oferta, diciéndoles que no es necesario. Aun así, sin decir nada, se sientan conmigo en la mesa.
No tengo fuerzas para discutir, por lo que no les digo nada. Únicamente me quedo sentada, intentando dar alguna que otra mordida al pan, pero no me viene el apetito.
La rutina se me hizo más difícil de lo que yo pensaba.
Me cuesta levantarme de la cama, no tengo fuerzas para ello, tengo que arrastrar las piernas para poder caminar y conseguir empezar el día y, aun habiendo llegado al instituto, me siento cansada, estresada porque todo me venía grande. Las pesadillas cada vez eran peores.
Sigo sin apetito, las ojeras que se dibujan bajo mis ojos ya no se pueden tapar de ninguna manera. Hoy mi madre también llega tarde a casa, así que tendría que volver andando después.
Cuando el timbre de la última clase suena, recojo mis cosas lentamente y noto que Ethan ralentiza su velocidad para ir al mismo ritmo que yo, suspiro, deseando irme a casa y que el día acabe.
Acaba por no decir nada, solo camina a mi lado hasta que nuestros caminos se dividen. Me despido de él, pero antes de poder dar un paso, él me sujeta la muñeca y me giro para mirarle, con gesto sorprendido. Su mirada tiene el ceño fruncido, lleno de preocupación.
Con todo mi esfuerzo, le dedico una sonrisa, intentando que sea lo más real posible, para que se quede tranquilo.
Quiero meterme en la cama. Eso quiero. No quiero hacer otra cosa que meterme en la cama, pero me da miedo quedarme dormida, debido a que las pesadillas siempre acaban viniendo a mí, como si fuera su dueña.
Solo quiero dormir.
Solo quiero dejar de sufrir.