60 Ethan
Me he quedado más tranquilo viendo a Alex esta tarde. Quería verla y, aunque dadas las circunstancias no le apeteciera (cosa que entiendo perfectamente), poder animarla un poco. No sé si lo hemos conseguido, pero espero que, al menos, el hecho de estar con ella la haya reconfortado un poco.
Me ha costado dormir una pechá después de todo el disgusto de ayer, las conversaciones y los sentimientos, así que hoy va a ser un día largo. Alex dijo que hoy iría a clases, por el hecho de las faltas de asistencia.
—Imagínate que fuera a junio, encima —dijo, negando con la cabeza—. Si aprobar todo directamente me lleva a irme antes de ese insti, que así sea.
No me hace ninguna gracia, pero, si te paras a pensarlo, tiene razón. Si aprueba todo de una tirada, no tendría que ir a recuperaciones, ya sea por suspenso o por faltas de asistencia, y antes acabará.
Las clases de ese día pasan parsimoniosas, lentas… Noto que está tensa.
«¿Cómo no iba a estarlo?».
Su ropa de chándal de color grisáceo oscuro con capucha es la evidencia de que quiere pasar desapercibida.
En referente a Tánia y Sandra, están donde siempre sentadas, como si nada hubiera pasado. Lo único diferente que han hecho ha sido que, al pasar por su lado para llegar al pupitre, ni siquiera se han dignado a mirarnos a la cara.
Miro a Alex de reojo cada pocos segundos o minutos, no lo sé. Llega la hora del descanso: es tenso y casi sin conversación y, aunque Alex no lo advierta, Erika y yo nos damos cuenta de que mira mucho a hacia los lados, como una presa vigilando que no la encuentren.
«No debería haber venido hoy…». Me digo a mí mismo y, cuando estoy a punto de hablar con ella, el timbre que indica que el recreo ha acabado resuena con una fuerza que hasta me asusta. Supongo que todos estamos un poco nerviosos.
Ese día acaba con suspiros de alivio por parte de ella, bueno, la verdad es que yo también me siento aliviado de por fin haber acabado las clases de hoy. Salimos del edificio y, de repente, se me ocurre algo.
—¿Y si hacemos esta tarde el trabajo? —ofrezco a Alex, teniendo presente que igual se niega—. Sé que igual te apetece mejor descansar, pero había pensado que así te distraes un poco.
Ella me dirige una mirada, estudiando mis palabras.
—Está bien, me parece bien —accede, tras todo.
Suspiro de forma imperceptible, aliviado.
—Pues genial, entonces —respondo y le sonrío—. ¿A las cinco?
Alzo las cejas, esperando que lo confirme.
—Sí. — Deja escapar un suspiro manso.
Aunque el viernes pasado estuvo algo callada, hoy apenas habla, y yo tampoco insisto, así que simplemente nos dedicamos a ir montando nuestra presentación juntando información y fotos.
Le dirijo miradas inquisitivas, pero sé que es imposible meterme en su cabeza y averiguar lo que está pensando ahora mismo, tampoco la quiero agobiar hablando del tema.
No hemos estado a solas desde entonces, y me gustaría poder preguntarle, que me diga cómo se siente, pero no sé si es el momento indicado.
Avanzamos bastante y decidimos dejarlo cuando solo quedaban por retocar algunas cosas, así que ya lo teníamos listo para la semana siguiente. Veo la oportunidad perfecta.
—¿Cómo estás? —pregunto, estirándome en la silla con los brazos hacia arriba.
—Estoy bien. —Me dirige una mirada breve, pero apenas coinciden nuestros ojos cuando contesta mientras recoge las cosas que ha utilizado.
—Mientes bastante mal, ¿lo sabías, chiquitilla? —Se sonroja y por fin se decide a mirarme.
Pone las manos en sus caderas, suspirando.
—Bueno, considerando que ayer casi me ahogan, estoy todo lo bien que una persona puede estar.
« Touché ».
—Por eso te he preguntado. No hemos tenido oportunidad de hablar de ello.
«Poco a poco, sin presión».
No quería que se cerrara en banda por cualquier comentario que malinterpretara.
—Ayer ya lo hablamos —contesta, apática, mientras continúa recogiendo.
—Sí, pero quería preguntártelo yo, a solas —me sincero, poniéndome de pie.
Mis palabras parecen llamar su atención y vuelve a centrarse en mi persona, soltando aire.
—No hay nada diferente que pueda contar. —Se encoge de hombros.
Eso podía ser verdad, pero lo que pasó cuando Erika se fue todavía resuena en mi cabeza.
—Supongo que no —digo sentándome otra vez en la silla.
Para mi sorpresa, Alex se sienta en la suya.
—Pero te digo esto por si quieres hablar, sobre todo… —Cojo aire antes de continuar—. Por lo que pasó después.
Se echa hacia atrás en la silla, cruzando sus brazos en el pecho.
—No sé ni por qué dije eso —murmura, inquieta, moviendo el pie derecho, sabiendo a lo que me refería—. Lo siento, solo hice que te preocuparas más de lo que ya debes estar.
Niego con la cabeza, casi sin moverme.
—Eso no es problema.
—No quiero que siempre estés preocupándote por mí todos los días, estar pendiente de mí, intentar ayudarme cuando seguro tienes mejores cosas que hacer…
—Te estás equivocando.
—¿Tú crees?
—Vaya si lo creo.
—¿Por qué tienes que estar preocupándote por alguien que solo puede hacer que tu vida sea miserable? —Abro los ojos como platos y mis cejas se levantan.
—¿De verdad quieres saberlo? —le pregunto, ella no se mueve—. Porque me viene en gana. Simplemente quiero hacerlo. Y ya. Eso no tiene nada que ver contigo. Que «hagas» que mi vida sea miserable o no, eso tengo que decidirlo yo.
Era absurdo que se culpara por algo así, porque lo que percibo es eso, culpa.
Nada de esto es culpa suya, mierda. Ella sigue sin decir nada y ahora ha subido las piernas y se las está abrazando.
—No puedes culparte por las cosas que te hacen, joder. —Me echo el pelo hacia atrás, como siempre hago cuando me pongo nervioso.
—Quizá sí. —Su respuesta me deja desconcertado, pero, antes de refutarle, espero a que siga hablando—. Mira, déjalo, esto es una gilipollez.
—¿Por qué no lo entendería? —Me inclino hacia ella, alzando un momento las manos—. Lo único que quiero es ayudarte, Alex. Aunque no te lo creas.
Me pican las manos de aguantarme y no tomar sus manos entre las mías, para intentar absorber, aunque sea, un mínimo de su dolor claramente visible.
Lo que contesta es como un puñetazo directo al estómago, haciendo que sienta nauseas.
—No creo que nadie pueda ayudarme.