Ayúdame a salir 59 Alex
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59 Alex

La cama fue mi refugio durante todo ese día. Al llegar a casa, sin decir una palabra y con pasos apáticos, me meto en la ducha, donde estoy media hora bajo el agua, cayéndome sobre mi cabeza, casi sin moverme.

Ethan y Erika me habían mandado mensajes, pero no respondí a ninguno, solo quiero estar en la cama, tapada hasta el cuello, en silencio y a oscuras.

Y dormir. Solo quiero dormir. Ojalá tuviera la opción de pulsar un botón, uno que me hiciera dormir y que solucionara todo, que hiciera que todo parara, volver a pulsarlo para despertarme y que todo fuese una pesadilla.

He vivido muchísimas cosas en el instituto, desde insultos, burlas, risas, esconderme cosas para luego encontrarlas en la basura, o abrir la mochila y encontrarme dicha basura, la mochila del revés, robarme dinero, tirarme papeles, gomas y más cosas como lápices, sacapuntas…

Incluso me han llegado a tirar de la silla en clase y nadie decía nada, nadie hacía nada.

La gente miraba hacia otro lado siempre, por miedo.

Por encajar en una sociedad de mierda como la que hay hoy en día.

Erika era la única que me dedicaba miradas de preocupación o incluso de pesar, pero tampoco se atrevía a expresar lo que veía ni habló conmigo.

Había pasado por todo aquello sola, y sigo sola, de algún modo.

Nunca me habría imaginado que fueran capaces de hacer eso.

Nunca creí que alguien podría ser tan cruel.

Qué equivocada estaba.

Qué ingenua era al pensar que todo podría parar algún día, pero, con lo que ha sucedido hoy, esto no acabará hasta que me marche, hasta que decida irme de esta mierda de pueblo y no volver.

Estoy cansada, muy cansada. El cansancio ha llevado a la desgana y la apatía, a no querer salir de mi habitación. Alguien pica a la puerta suavemente con los nudillos y abre, pero yo sigo sin moverme.

—Cielo, tienes que cenar —dice mi madre desde el umbral, inquieta.

—No tengo hambre. —Son las primeras palabras que formulo después de llegar a casa.

Mi voz sale como un hilo, un sonido ronco.

Mi madre exhala y escucho que se acerca. Cierro los ojos para que no vea lo hinchados y rojos que los tengo. Se sienta en el borde y noto como el colchón se hunde un poco más.

—Cariño, lo siento muchísimo… —se lamenta con voz ahogada, a punto de llorar—.

Lo que ha pasado hoy es imperdonable y quiero que sepas que no va a quedar así.

Voy a volver a reunirme con tu director y dejarle claro que quiero que hagan algo, preguntarles que qué piensan hacer a partir de ahora, después de lo que ha sucedido.

Ella no merece pedirme perdón, no merece decirme todo esto, no merece pasar por lo mismo que yo.

No quiero que por mi culpa ella sufra, se preocupe, tenga que estar alerta las veinticuatro horas del día o que tenga que estar cuidándome a mis diecisiete años, por lo tanto, hice lo que mejor se me daba, que era disimular lo que mayormente me permitían mis emociones. Asiento, mirándola.

—Ahora salgo a cenar, mamá. —Le doy lo que quiere: una sonrisa.

Ella me sonríe de vuelta, aún con rostro preocupado; me da un beso en la mejilla y sale de la habitación.

Hago mi mayor esfuerzo por levantarme de la cama, ponerme las zapatillas de unicornio que me regaló para navidades y dirigirme al comedor, donde estaba mi plato de comida esperando.

A la mañana siguiente, mi madre me deja quedarme en casa, y estoy un buen rato delante del chat de Ethan pensando qué decir o responder, ya que desde ayer no sabían nada de mí. Esta misma mañana me ha escrito.

«Solo espero que estés bien, chiquitilla. Siento muchísimo no haber estado cuando pasó. Erika está muy preocupada por ti. Esta tarde queremos pasarnos a verte, si te parece bien».

Suspiro ante el mensaje. Sigue siendo abrumador que alguien se preocupe tanto por ti.

Odiaba, como con mi madre, que pasaran por todo esto sin necesidad alguna, pero quiero que Erika se quede tranquila y hacerle saber que ella no hizo nada malo.

Se debe de sentir muy culpable por estar en el baño y no haber salido a tiempo.

«Estoy bien. No creo que a mi madre le importe, así que, si de verdad os apetece, podéis pasaros luego».

Dejo el teléfono a un lado de la mesita del comedor y me vuelvo a hundir en el sofá.

Intento centrarme en la película que estaba reproduciéndose, aunque apenas sigo la trama de historia, pero al menos mantengo a raya a las voces que en mi cabeza y las entretengo, ya que están que dan gusto.

Un escritor daría lo que fuera por meterse en ella y plasmar todas las palabras que salían de ahí, una por una, frase por frase.

El teléfono vuelve a vibrar y vuelvo a echarle mano. Veo otro mensaje de Ethan.

«Pues lo hablamos y te decimos. Pero cuenta que para eso de las cinco estamos ahí».

Le envío un «Okey» y dejo de vuelta el teléfono en la mesa.

Horas más tarde me llega otro mensaje. Esta vez de Erika.

«Amiga, estamos de camino. Llegamos en breves».

Le puse un emoticono de pulgar hacia arriba.

Al rato pican al timbre y mi madre va a abrirles, ya que la avisé de que venían y aceptó sin oposición alguna. Los hago pasar a mi cuarto para tener algo más de privacidad.

—La han expulsado cinco días —dice Erika cuando estamos cómodos, ella y yo en la cama, Ethan en el pequeño puf del centro, de cara a nosotras.

No contesto. Tampoco sé qué decir con respecto a eso. Solo la habían expulsado a ella, pero estuvieron las tres, y recuerdo perfectamente sus risas; aún las oigo en mi cabeza desde ayer, incansables, molestas, imposibles de callar.

—Para mí cinco días son una mierda. Deberían haber sido más, mínimo el curso entero —responde Ethan por mí, al ver que no hablo—. Parece que lo vean como un simple insulto, en vez de la realidad.

Sigo sin pronunciar palabra.

—Me parece una barbaridad —rezonga Erika—, y lo peor de todo es que parecen no darse cuenta de una mierda.

—O no quieren darse cuenta —declaro, y ambos me miran—. Ya fui al director una vez e hicieron la vista gorda: les importó una mierda. No se puede hacer nada, no van a hacer nada.

La declaración llega como un jarro de agua fría y se quedan callados.

La verdad duele y, por mucho que no quisiéramos admitirlo, esa era una realidad de esas que, aunque no era lógica ni correcta, lo era.

Simplemente hay institutos y colegios que les importa más su prestigio como escuela que la protección, seguridad y bienestar de sus alumnos; el nuestro, es uno de ellos.

—Pero, tienen un protocolo que seguir, ¿no? —acierta a decir Erika, casi en un susurro vacilante—. Es decir, existe un protocolo contra el acoso, por huevos tienen que seguirlo, no jodas.

—Lo dejan pasar, no abren expediente, siquiera —razona Ethan—. Bueno, ayer por cojones tuvieron que abrir expediente a Carla, ¿no?

Alza las cejas.

A nosotras nos hicieron pasar a dirección y nos explicaron lo que me acaban de contar Ethan y Erika.

—Según me dijo ayer, sabemos lo mismo —digo encogiéndome de hombros—: que la han expulsado, aunque lo del expediente no tengo ni idea. ¡Ah! Y que estarán más pendientes de la situación.

Agravo la voz, imitando al director.

Les sale un amago de risa, dada la situación.