Ayúdame a salir 58 Ethan
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58 Ethan

Me sobresalto al ver salir corriendo a Carla, Sandra y Tánia del baño, pero aún más cuando escucho mi nombre.

—¡Ethan! —A la mierda que sea el de mujeres.

Entro como una bala y me encuentro con un escenario que, más que sorprenderme, me parte el alma.

Erika está agachada junto a Alex, empapada de la cabeza a la cintura, mientras le pone su chaqueta encima.

Me quedo sin palabras. Miro hacia la puerta, pensando que las tenía a menos de dos metros hace dos segundos y ahora ya están tan tranquilas en clase.

Erika me mira, con pánico en sus ojos, buscando ayuda.

Alex llora, pero sin duda su mirada está perdida en algún lugar, eso me destroza todavía más.

Me acerco a ellas y me pongo al otro lado de Alex. Sigo sin poder hablar. Solo llego a pasar el brazo por sus hombros y acariciar los suyos para hacerla entrar en calor. Erika se aparta un poco, resoplando y echándose el flequillo para atrás. Después, simplemente dice:

—Voy a avisar a un profesor —advierte, y se marcha.

Eso parece hacer reaccionar a Alex, que mira hacia donde estaba Erika unos segundos antes. Yo la estrecho más contra mí, como si eso pudiera salvarla, ayudarla o solucionar el problema. Al notar ese contacto, comienza a llorar con más intensidad y noto que apoya su cabeza en mi hombro.

—Me he visto muerta… —Le salen las palabras en un murmullo ahogado, casi sin sonido.

«Dios, no».

Cierro los ojos e intento quitarme de la cabeza el escenario que ella ha descrito, pero ahí está, y mi vello se pone de punta como alfileres. Vuelvo a frotarle el brazo, acercándola todavía más a mí.

Sin dar pie a más conversación, entran en el baño de forma abrupta, lo que nos sobresalta a ambos, y damos un respingo antes de ver quién es.

Llamaron a Raquel, la madre de Alex, que se queda esperando en secretaría a que viniera a buscarla.

Yo, a regañadientes, soy obligado a volver a clase (doy gracias a que solo quedaban dos horas) así que tuve que irme, no sin antes ofrecerle a Alex una mirada de preocupación extrema antes de perderla de vista al entrar, pero sus ojos se pierden en la distancia.

Al volver a mi pupitre, mientras el profesor cierra la puerta y yo llego hasta donde estaban las imbéciles que casi ahogan a Alex, aflojo el paso hasta que dejo de caminar; no está en mis planes rebajarme a su nivel, aunque me encantaría, porque no se merecen otra cosa que vivir lo mismo y sentir lo que Alex siente cada día.

Quizá así, solo así, cambien su actitud de mierda ante la gente, sobre todo ante ella, sabiendo lo que realmente es ser acosado.

No pienso ser como ellas, ni muchísimo menos.

A veces, las palabras duelen más que las acciones, así que, simple y sin un ápice de vergüenza, hablo.

—Felicidades. Casi matáis a una persona.