57 Alex
Mirando al techo tumbada en la cama, no paran de repetirse esas palabras en mi cabeza. Intento cerrar los ojos y encontrar el sueño, pero no lo consigo. En mi mente, solo veo lo cerca que estuve de él, de su cuerpo, de su boca.
«Si fueras un problema, Alex, no me importaría tenerlo».
El calor me sube desde los pies a la cabeza y, en un resoplido de frustración, me tapo la cabeza con las sábanas.
Me pongo del lado de la ventana y suspiro.
Ethan no se daba cuenta del peso de esas palabras, o yo no quiero aceptar que lo dijera en serio, pero ¿cómo podría dejar que alguien entrara en mi vida por completo?
Ni mucho menos quería meter a Ethan en toda mi mierda.
No se merece eso. Ni él ni Erika. No podría permitir que se arrastraran hacia donde estaba yo.
«Si fueras un problema, Alex, no me importaría tenerlo».
No puede decirlo en serio. Un hilo de esperanza se coló por una pequeña parte de mi cuerpo cuando lo dijo.
Me estaba dejando llevar por Ethan y me odiaba por ello.
Me estaba dejando escuchar, le estaba dejando en bandeja el poder de destruirme.
No podría volver a pasar por ello. Hacía tiempo que no dudaba de su bondad; su humildad me sorprendía a niveles que, aún a día de hoy, no deberían.
Mis muros estaban a punto de desaparecer, pero, aunque cayeran, yo estaba ahí, sujetándolos y volviendo a ponerlos en su lugar, colocando el cemento de nuevo, con nuevos ladrillos que sustituyan a los rotos.
Ethan tiene razón. Vivo en modo supervivencia cada día de mi vida. La diferencia es que él lo ha visto.
El lunes empieza la rutina otra vez. Pasé el finde pasando a limpio los apuntes que hicimos durante la semana, para mantenerme ocupada e intentar no mirar demasiado el móvil.
Me siento en el fondo, donde siempre. Erika ya estaba en el asiento de delante.
La saludo con una sonrisa mientras se gira en la silla, sentándose y poniendo los brazos en el respaldo.
—Buenos días, corazón, ¿cómo andamos? —pregunta, con su brillo de siempre en los ojos—. ¿Habéis empezado el trabajo?
Me tenso al recordar lo que casi llega a pasar, pero intento disimularlo y asiento, aparentando calma.
—Sí, ya solo queda unir la información y hacer la presentación. —Saco de la mochila la libreta y el estuche.
—Joder, que rápidos —me dice abriendo los ojos.
—Estuvimos toda la tarde, la verdad. —Alza las cejas y ladea el cuello, mirándome.
Estoy segura de que iba a soltar alguna de las suyas, cuando veo a Ethan entrar por la puerta y dirijo mi mirada hacia él, lo que hace que ella se gire también y se vuelve hacia mí, enarcando cejas, pícara.
—Hablando de él… —Levanta varias veces las cejas.
Yo chisto los labios y casi le doy con la libreta, pero se aparta a tiempo, lo que hace que se me caiga entre Erika y yo. Antes de que llegue al suelo, la agarra.
—Pero no te pongas nerviosa, mujer —dice riendo.
«Dios, le pegaba una hostia».
Ethan llega a nuestro encuentro y se sienta a mi lado.
—Hoy soy yo el que ha estado justo —dice como saludo, sacando las cosas de la mochila. Yo le sonrío, poniendo mi libreta otra vez en su sitio—. ¿Cómo estáis?
—Bien —respondemos al unísono, como si no hubiera pasado nada.
Miro a Erika y, cuando Ethan no se da cuenta, me guiña un ojo. Estaba disimulando conmigo. Igual la hostia ya no se la llevaba.
—¿Y tú? —pregunta después de unos segundos.
—¿Por qué los fines de semana pasan tan rápido? —responde con la pregunta que todos se hacen, pero no pronuncian.
Niego con la cabeza, casi sonriendo y Erika se ríe.
—Porque siempre ha sido así, chaval, asúmelo —Ethan bufa, en desacuerdo.
Llega el profe y se acaba la conversación por las próximas dos horas.
Ethan no parecía distinto; yo le miraba de reojo cuando creía que no se daba cuenta.
Intentaba ignorar mis latidos, que eran más rápidos de lo normal, pero era imposible.
También, por mi bien intentaba estar atenta a clase, pero tampoco era posible.
Respiro profundo y suelto aire y, de repente, noto un golpecito en la pierna derecha.
Me giro para mirar a Ethan, luego mi pierna: en su mano descansaba una nota.
—Al final sí que te voy a llamar «notas» —le susurro.
Él sonríe orgulloso, mirando al frente, por el apodo.
Niego con la cabeza y abro la nota debajo del pupitre, para que nadie se dé cuenta.
«Hoy nos toca otra vez, ¿a las cinco?».
Agarro el bolígrafo y escribo.
«Me parece bien».
Le paso la nota y nuestras manos se rozan al sujetarla, con una descarga eléctrica que me recorre la palma. La aparto en cuanto puedo.
Carraspeo, limpiándome el sudor en los vaqueros negros que llevaba. Segundos después, otra nota aparece en mi campo de visión, en la mesa. La recojo y la leo.
«Pues en mi casa a las cinco».
Iba a escribirle de vuelta, pero el timbre suena y todos empiezan a recoger sus cosas e irse para empezar la media hora de descanso.
—¿Seguro que no te importa? —respondo a la nota en voz alta mientras me pongo la mochila en el hombro—. Puede ser en mi casa si quieres esta vez, no me molesta.
Ethan hace un ruido de negación haciendo lo mismo.
—Para nada —me dice con un gesto de mano—, mi madre ya sabe que vienes, de hecho.
Noto como mis mejillas toman color, además de calor, recordando la situación en la que estábamos cuando llegó a casa.
Acabo por rendirme y suspirar.
—¿Os apetece hoy desayunar fuera? —Nos giramos hacia Erika, dueña de la pregunta.
Nos sentamos en los bancos de siempre, ya que hoy no hacía tanto frío como otros días, a pesar de que era mitad de enero.
Hablan de cosas triviales como, por ejemplo, lo largo fue el viaje de Ethan en coche, todas las horas que eran y lo pesado que llegaba a ser cuando ya llevabas un buen rato sentado en un coche, o Erika comentaba que por fin su padre había conseguido trabajo en una fábrica no muy lejos de aquí; recuerdo que hace un tiempo dijo que estaba buscando empleo ya que en su antiguo trabajo se estaba quedando en bancarrota y decidieron prescindir de mucho personal.
Después de un rato de conversación, llega la hora de volver a clase y aprovechamos para ir al baño antes de entrar.
Tiro de la cadena y, justo antes de abrir la puerta del baño en el que estaba, escucho unas risitas algo nerviosas, pero inconfundibles.
Contengo un suspiro y cierro un momento los ojos.
«No tengo ganas de esto ahora…».
Espero unos segundos a ver si Erika sale y, al ver que aún parecía que va a tardar, decido abrir la puerta. Voy a lavarme las manos, ignorando lo que estuvieran haciendo, pero de repente alguien me coge del brazo y yo frunzo el ceño ante el gesto.
Carla. Antes de que me dé opción a oponerme o enfrentarme, me lleva dirección al baño de donde había salido.
«¿Qué…?».
—¿Qué coño haces? —sale de mi boca en un gruñido, intentando zafarme, sin éxito.
—¿Alex? —Erika pronuncia mi nombre y escucho que empieza a moverse con rapidez, pero ya era tarde, pues me veo agachada en frente del retrete.
—Lavarte la cabeza, friki. —Mi corazón da un vuelco antes de sentir el agua helada en la cara.
No me ha dado tiempo ni de coger aire, y el olor a inodoro público, papel higiénico y orina me invade antes de impedirlo. Intento echarme hacia atrás, pero su mano tiene bien agarrada mi cabeza y no me deja.
«Madre mía, van a ahogarme».
Intento mantener la calma, pero las lágrimas empiezan a salir, mezclándose con el agua en la que estoy sumergida. Me empiezo a agitar, inquieta, rezando para que pronto me dejaran respirar, e intento chillar, pero solo sale un gorgoteo por el agua.
Esto no puede estar pasando. No puede ser real. Me siento sucia, asqueada, imbécil, una mierda... Me siento una mierda que no merece estar aquí, viviendo la vida que está viviendo. Viviendo una vida en la que nadie le quiere, nadie se preocupa, nadie la ve.
De repente, puedo volver a coger aire y escucho lo que parece ser a Erika chillando, mientras toso de forma incontrolable en una esquina del lavabo, hecha un ovillo, temblando.
—¡¿…la podríais haber ahogado, pedazo de mierdas?!
Daba igual. Todo daba igual. Mis lágrimas caen sin poder contenerlas y miro a un punto fijo.
Por el rabillo del ojo veo cómo se van corriendo.