Ayúdame a salir 56 Alex
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56 Alex

Su casa era muy bonita y acogedora, con muebles en tonos marfil y marrón pastel, incluso blancos, que hacían que su hogar se viera calentito, seguro.

Ante esa sensación solo puedo suspirar, porque tampoco tenía idea de cómo habían conseguido que diera esa sensación a la gente cuando entrara. Miro alrededor, con curiosidad.

—¿Te gusta? —pregunta Ethan, desde la puerta, con gesto expectante.

—Sí, es muy bonita —respondo, intentando sonreír.

Él me sonríe de vuelta y me guía hasta el comedor.

—Deja la chaqueta en una de las sillas, si quieres —me dice señalando una de ellas—, o en el sofá.

Asiento mientras él se dirige a lo que creo que es la cocina, quitándome la chaqueta y dejando ver mi camiseta negra de manga larga, algo nerviosa.

«Como si te fueras a desnudar, genio».

Dejo la chaqueta en uno de los asientos que Ethan me ha señalado.

—¿Qué quieres de beber? —me pregunta desde donde está.

Yo sigo su voz hasta la cocina. Me apoyo en el marco de la puerta poniendo mis brazos alrededor del cuerpo.

—No es necesario, Ethan —le digo algo avergonzada—. Suficiente tienes con que venga a tu casa a molestar.

Ethan me mira y enarca una ceja, con un vaso en una mano y una garra de agua fría en la otra.

—Fui yo quien ofreció su casa, ¿recuerdas? —me dice acercándose a mí, haciendo que me moviera con él al comedor—. Además, tú has traído el material.

La mitad. La otra mitad la ponía él. Pone los vasos y la jarra en la mesa.

—Bueno, tú ponías la otra parte, estábamos en paz —le recuerdo.

Le resta importancia con la mano, mientras con la otra llena los vasos de agua. Yo le observo con atención.

Iba con unos vaqueros azules largos y una camiseta de manga larga de un color gris claro. Cuando me doy cuenta, siento mi corazón latiendo como si quisiera salirse de su sitio, y eso me hace entreabrir la boca para poder respirar un poco mejor.

Ethan se gira hacia mí y cierro la boca de golpe, haciendo ver que no tengo las pulsaciones a cien. Le miro con las cejas alzadas, esperando a que hable.

—El trabajo lo tenemos que hacer los dos, creo que lo mínimo es un cincuenta, cincuenta, ¿no? —cojo aire antes de responder, rascándome la frente.

—Sí, supongo —digo con un suspiro.

Vuelve a sonreírme y su hoyuelo me dispara las pulsaciones que ya creía tener bajo control.

Bajo la mirada para perder de vista su boca, carraspeando.

—Bueno, vamos a meterle caña —dice algo más animado dando una palmada, lo que me hace volver la vista al frente.

Me señala una de las sillas para que me siente, mientras se coloca en otra.

Me doy cuenta de que ya casi lo tiene todo preparado: su portátil, bolígrafos, papeles y otras cosas encima de la mesa que podemos necesitar.

—Vaya, lo tienes todo preparado —le digo mientras saco el portátil de mi mochila y lo dejo en la mesa.

Pasada una hora en la que decidimos de qué se encargaría cada uno y los puntos que explicaríamos, nos ponemos a buscar fotos, material e información que necesitamos para empezar a hacer el trabajo.

Una vez hecho eso, Ethan opinó que era hora de merendar algo, e insistí en que no hacía falta; ya me sentía bastante mal ocupando su casa como para encima que me ofreciera de comer.

Como siempre, gana su cabezonería. Vamos en la cocina y nos acabamos unas galletas que se llamaban, según Ethan, tortas de Algarrobo, típico de Málaga.

A decir verdad, están buenísimas. Los nervios que tenía se han convertido en, sin darme cuenta, comodidad.

Me sentía bien, como si nadie esperara nada de mí, y eso era algo que nunca había llegado a pensar que pasaría.

Continuamos la tarde con lo que teníamos pensado empezar, cada uno con su ordenador, con su información a resumir, a veces comparando opiniones.

Fui seleccionando la información más importante y sus puntos más claves, escribiéndolo en una hoja para cuando sea el momento de juntar todo el contenido y crear el power point .

Ethan había hecho cafés y, madre mía, ya no quería otros.

Ese café con leche y un toque de canela no lo había probado nunca.

Por un momento deseé que no se acabara nunca el contenido de la taza, pero, por desgracia, se acabó por dar el último sorbo a la media hora.

En todo el tiempo que he estado aquí, no he pensado en nada más que el proyecto, en hablar con Ethan, en estar pendiente del trabajo que teníamos entre manos; no hubo un momento en que pensara en el instituto, en todo lo que estaba viviendo dentro de ese sitio, en el bullying , en los sentimientos que siempre acechaban mi mente, en el posible rechazo, en mi pasado.

Y nunca había sentido tanta paz. Tanta que no creí que fuera posible que existiera.

Cuando nos dimos cuenta, eran las 20:00 de la noche y decidimos parar por hoy. Empiezo a recoger mi portátil, mis bolis, mis apuntes y lo meto todo guardado en mi mochila. Creo que ya es hora de irme.

—Bueno, al menos ya tenemos toda la información necesaria y resumida, que es lo más chungo —empieza a decir Ethan, también recogiendo—. Así que ya solo queda empezar a ordenarla y hacer la presentación. ¿Cuándo quieres que quedemos otra vez?

Le dirijo una mirada, guardando lo que queda.

—¿Cuándo quieres tú? —prefiero que decida él.

Dejando el portátil a un lado, pone sus manos en ambos lados de la cadera, pensativo.

—¿El lunes? Al menos, el finde lo tenemos para nosotros.

Asiento agarrando la mochila y colgándomela a los hombros.

—Me parece bien —respondo.

La verdad es que el tiempo libre no es algo que necesite mucho, pero daba igual.

—Bueno, debería irme ya —advierto, mirando el reloj de nuevo—. Se está haciendo tarde.

Ethan mira el suyo y asiente, con un suspiro resignado. ¿No quería que me fuera? El pulso vuelve a acelerarse ante esa posibilidad.

—Bueno, te acompaño a la puerta. —Empieza a caminar y le resto importancia con la mano.

Camino con él hasta el recibidor, tomando las tazas vacías para llevarlas a la cocina.

—Te dejo esto en la pica, ¿va bien? —le pregunto con ambas en la mano.

—Oh, no hace falta, dámelas —se dirige hacia a mí con intención de quitármelas, pero se lo impido.

«Al menos dejarlas en la pica iba a dejarme, ¿no?».

—No, las llevo yo, que las tengo en la mano, no me importa.

—Tú te vas ya, dámelas y las dejo yo, de verdad. —Seguía en el intento por quitarme las tazas.

Yo continúo sin dejar que las agarre, hasta que, sin querer, casi tropiezo con mi propio pie al querer ir hacia atrás y, al tenerlo tan cerca, me toma de la cintura para que no me caiga, quedando a centímetros el uno del otro.

Mi respiración se agita por el suceso, pero sigo con las tazas en mano y no puedo dejar de mirarle a los ojos.

Ahora, los tenía tan cerca que parecían un mar de oro, del cual no podía salir a flote.

Nos quedamos lo que parece una eternidad así, cuando él mira mis labios por un segundo y vuelve su mirada a la mía.

Mi corazón empieza a latir como si hubiera corrido kilómetros y abro la boca, porque casi me cuesta respirar.

De repente, unas llaves suenan en la puerta, Ethan carraspea y nos estabiliza, asegurándose de que ya no me caería.

Me quita las tazas, rozando mis manos, lo que hace que una sacudida eléctrica llegue a mis dedos.

Por suerte o por desgracia, alguien rompe el hielo desde la puerta de la entrada.

—Hola, ¿qué hay…? —Antes de pronunciar la pregunta nos ve, así que no le hace falta acabarla—. Vaya, hola.

Saluda con una sonrisa que era idéntica a la de Ethan, con su hoyuelo y todo.

Venía con bolsas de la compra, con un pantalón largo beige y una chaqueta larga marrón abierta de botones, dejando ver una camisa del mismo color que los pantalones.

Yo aún respiraba algo entrecortada, pero intenté parecer lo más serena que pude cuando habló.

—Hola.

—Hola, mamá —dice Ethan, con una mano detrás de la cabeza. Parecía ruborizado. No me quería imaginar yo. Dios. Me señala—. Alex, mi madre Esther, mamá, ella es Alex.

Su madre alza las cejas y asiente mientras entra a la cocina con su sonrisa, dejando la compra en la encimera.

—Vaya, por fin te conozco —animada, viene hacia mí y me da dos besos, que yo le devuelvo, contagiada por su energía.

Dios, era como Ethan. Se notaba que era su madre. Alzo las cejas ante el comentario y miro a Ethan, que aún se ha sonrojado más.

—¿Te ha hablado de mí? —le pregunto, sin poder contenerme, esperando su respuesta.

—Claro que sí. —Como si fuera algo obvio, normal—. ¿Te quedas a cenar?

Alzo las manos y las muevo, negando con la cabeza.

—Ah, no, no, ya me iba —logro articular con una risa nerviosa, ya casi en la puerta. Igual me tragaba la tierra y también se hundía de la vergüenza que estaba pasando—. Pero muchas gracias, de verdad.

Ethan vuelve a acercarse a mí, supongo para despedirse y su madre empieza a poner la compra en su sitio.

—No nos importa que te quedes, lo ha dicho ella —me dice alzando las cejas, con los brazos en el pecho.

Yo le sonrío, algo tímida.

—Lo sé, pero de verdad, ya has hecho bastante hoy. Me has invitado a tu casa, me has dado a probar comida malagueña y encima el café, bastante me he aprovechado hoy.

Él niega con la cabeza, sonriendo, mirando hacia abajo. Luego me mira y yo suspiro.

—No quiero convertirme en un problema —continúo antes de que hable.

«No quiero que lo pienses». Él hace un sonido parecido a una risa irónica, la cual hace que le mire, perpleja.

—Créeme que, si fueras un problema, Alex, no me importaría tenerlo.