Ayúdame a salir 55 Ethan
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55 Ethan

Llegamos a casa cuando el reloj marca la una de la madrugada, ya que salimos como a las doce del mediodía, a pesar de que nuestra idea era irnos pronto, no hubo manera de salir más temprano.

Me tiro en la cama como un muñeco después de haberme duchado y ponerme el primer pijama de invierno que encontré, me doy la vuelta en la cama con el teléfono en mano, sin notificación ninguna a esas horas, y pienso en si enviarle o no un mensaje a Alex de que habíamos llegado, pero dudo unos minutos, dadas las horas que son.

A la mierda, si no lo ve ahora, lo verá mañana. Tecleo un mensaje en su chat.

«Hemos llegado hace un rato. No sabía si escribirte ahora o no, pero, al final, ya ves. Si estás durmiendo ya hablamos mañana, chiquitilla».

Espero unos minutos a ver si la veo en línea, pero no es el caso, así que dejo el móvil a un lado de la cama con un suspiro de cansancio y, sin darme cuenta, me quedo dormido.

No sabía que el tiempo podía pasar tan rápido, hasta que me doy cuenta que en dos días empezamos de nuevo las clases. Los días anteriores aproveché para acabar las tareas pendientes y quedar con Erika y Alex, pero rápido se nos acabó el chollo sin darnos cuenta.

Erika estaba igual de enérgica que siempre, con sus saltitos que siempre me hacían sonreír a la vez que volverme loco, porque nunca sabías donde acababa, si a tu lado o al otro.

Alex era otra historia. Estaba más pensativa de lo normal, y mira que lo era, pero estos días la vi más callada de lo que está normalmente y me alarmaba a niveles bastante considerables.

Yo le preguntaba, entablaba conversaciones con ella o las empezaba, intentaba saber si había pasado algo en esos días, hasta que llegó a confesar que, el día que nos despedimos (en ese momento me odié por haberme ido, tanto que me ardía la piel) Erika y ella coincidieron con las pibas de clase y, las muy capullas, le tiraron el café encima a propósito; la suerte fue que Erika estuviera allí para plantar cara y ayudar a Alex.

Me invadió una oleada de rabia e impotencia que provocó que me quedara callado varios minutos y, cuando ella se dio cuenta, me miró con el ceño fruncido, esperando que hablara.

No tenían suficiente con haberle pegado la hostia hace un mes y medio, no.

Me rasqué la cabeza, como siempre hacía cuando algo me frustraba.

—Alex, no te lo calles. —Volvió a mirarme, sin comprender.

Tenía que decírselo. Tenía que decirle que podía confiar en mí.

Tenía que saberlo—. Sé que toda tu vida en el colegio ha sido pura supervivencia, de esconderte siempre que puedes y pasar desapercibida, pero ya no tienes que disimular más, no tienes que agacharte ni fingir que no pasa nada.

Ya lo había dicho. Y, al hacerlo, me saqué un pequeño peso de encima.

No la iba a obligar a abrirse, pero sí iba a saber que ahí estábamos para ella, que ahí estaba para ella. Y eso, en un futuro, quizá lo tuviera en cuenta e hiciera que comenzara a confiar un poquito más en mí cada día.

Un día pasó al siguiente y, así, empezaron las clases.

Esa mañana me despierta la alarma a las 06:30 de la mañana, y la verdad, solo quería quedarme dos o tres horas más en la cama.

Para acabar de despertarme, alguien pica a la puerta de mi habitación y yo levanto un poco la cabeza hacia la puerta, lanzando un gruñido como respuesta.

—Espabila boquerón, o llegarás tarde.

«Gracias, mamá». Para evitar más avisos innecesarios, me levanto de la cama para empezar el día. Salgo de la habitación después de ponerme unos vaqueros oscuros y una camiseta de manga larga un poco más clara y voy a la cocina, donde ya ha empezado el movimiento en casa.

Al entrar en la cocina me viene un olor a café que inunda mis fosas nasales.

Doy los buenos días a mis padres, que ya están revoloteando de un lado a otro en la cocina preparándose el desayuno, y me preparo un café intentando esquivarles cuanto podía para no molestarles, hasta que consigo sentarme en la mesa.

—Tienes el desayuno en la encimera —dice mi padre poniéndome una mano en el hombro, para que sepa que me habla a mí—. Que vaya muy bien el primer día, enano.

Le miro mientras trago el café que tengo en la boca y le asiento como puedo, carraspeo antes de hablar.

—Gracias, papá. —Frunzo el ceño, viendo que recoge sus cosas —. ¿Te vas?

—Las vacaciones no duran siempre, por desgracia. —Me guiña el ojo.

Es verdad, no sabía cuándo volvía; tampoco le pregunté.

—Pues espero que no te den mucha guerra hoy —contesto mientras me levanto a dejar el vaso en la pica y le doy un beso en la mejilla antes de que se vaya.

—Eso espero. —Sale por la puerta.

Mi madre aparece saliendo de su habitación con la misma intención, pero deja sus cosas en la mesa de la cocina.

—¿Tú también curras? —le pregunto con la manos algo alzadas.

Ella se gira para mirarme.

—Sí, pero después de dejarte en el insti, así que espabila.

Qué mala era la rutina. Alzo las cejas y me paso las manos por la cara para acabar de aceptar que la rutina está de nuevo en nuestras vidas y voy al cuarto a por mis cosas.

En cuanto estoy listo, solo tengo que esperar a que mi madre me diga que nos vamos. Diez minutos más tarde, ya estaba bajándome del coche en la puerta del insti.

—Que vaya muy bien, cariño. —Curvo los labios y le doy un beso en la mejilla.

—Gracias, a ti también, ¿luego me recoges? —Ella frunce los labios y niega con la cabeza.

—Hoy trabajamos hasta la tarde, cielo. —Asiento y le dedico una sonrisa tranquilizadora.

—Tranquila —le resto importancia con la mano—, era por saberlo.

Me sonríe de vuelta y hace que se le marque el mismo hoyuelo que tengo yo.

—Tendrás comida en la nevera que sobró ayer. Ya hice demás pensando en eso. —Asiento y me alejo del coche para que pueda irse.

Levanto una mano en señal de despedida y arranca para desaparecer con los otros coches.

—¿Hoy te han traído? —me giro al escuchar la pregunta y veo a Alex quieta a unos metros de mí.

Me suben las pulsaciones al ponerle los ojos encima.

Iba con unos tejanos azules y una sudadera negra, muy ancha a mi parecer, aunque le quedaba muy bien. Su pelo, como siempre suelto, se desliaba por encima de sus hombros en hondas desordenadas. Me esfuerzo por clavar mi mirada en la suya, con una sonrisa.

—Sí, hoy le daba tiempo —respondo acortando la distancia entre nosotros, hasta llegar a ella—. Buenos días.

Nos quedamos unos segundos sin movernos, hasta que ella me regala una pequeña sonrisa, la cual hace que me dé un vuelco el corazón, porque sé que es la que solo me ofrece a mí, y no muchas veces.

—Buenos días, Ethan. —Empieza a caminar y yo la sigo, poniéndome a su lado.

—¿Cómo estás? —le pregunto cuando nos sentamos en nuestros sitios.

Erika todavía no había llegado. Aunque llegaba justa muchas veces, no solía apurar tanto.

—Pues de vuelta, ya ves. —No es que me alegrara, pero tenerla más cerca me hacía sentir mejor, si soy sincero—. ¿Y tú?

La miro con las cejas elevadas.

—Bien, también de vuelta. —Me paso una mano por el pelo, echándolo hacia atrás.

—Sí, qué pereza. —Pone una mano en su barbilla, con un suspiro que me hace sonreír. —Por cierto. No has visto aún a Erika hoy, ¿verdad?

Frunce el ceño, pensando lo mismo que yo.

—No, todavía no —respondo frunciendo los labios y negando con la cabeza.

A los segundos, la veo entrar por la puerta como un huracán justo antes del profe. Le doy un toque en la pierna a Alex y ella me mira, alzando las cejas. Señalo la puerta con la cabeza.

—Hablando de la reina de Roma.

Se sienta con un jadeo y se vuelve hacia nosotros.

—Justo a tiempo, ¿eh? —Me río negando con la cabeza y poniendo una mano en mi cara, y a Alex se le escapa la risa floja—. ¿Qué?

—Nada —digo aún con una sonrisa y Alex levanta una mano, quitándole importancia.

—Empezar la rutina no es mi fuerte —susurra abriendo los ojos y volviéndose de nuevo, ya que el profe había cerrado la puerta.

El primer día surgió sin grandes novedades. Las clases pasaron lentas y algo aburridas dado que no se hacía gran cosa. La hora del patio la pasamos en la cantina en vez de fuera, ya que hoy hacía más frio de lo normal.

No había nada que hacer todavía, con lo cual esa tarde la íbamos a tener libre, así que le dije a las chicas si les apetecía salir un rato.

Por la tarde, a eso de las 17:30, estábamos sentados en una cafetería que querían enseñarme llamada Boheme .

La verdad era que tenía encanto y el café estaba bastante rico.

Y así fue pasando la semana, poco a poco llenaba la agenda de deberes para los próximos días, incluyendo un trabajo que se tenía que hacer en pareja.

—Poneos juntos —dice Erika girada en su silla, hacia nosotros—. Yo iré con Rebeca.

Y eso fue lo que hicimos.

Ese viernes quedamos en mi casa para hacerlo, y así, si faltaba algo, teníamos el fin de semana para terminarlo y no se nos juntaba con las tareas de la semana de otras asignaturas.

A las 17 de la tarde suena el timbre de mi casa y voy contestar casi dando saltitos, para no hacerla esperar.

Abro la puerta y ahí estaba ella, con pantalón de chándal gris lleno de bolsillos y una chaqueta que casi ocupaba gran parte de su cuerpo.

Le sonrío al hacerla entrar y le doy un pequeño abrazo.

Su olor a incienso y algo floral me hace cerrar los ojos por un segundo.