Ayúdame a salir 54 Alex
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54 Alex

Cuando es una hora decente para salir de la cama, decido por fin salir de mi bucle de insomnio y meterme en la ducha para despejarme.

Cuando acabo, voy a la cocina a hacerme el primer café del día y me siento en el sofá, con la televisión a un volumen considerablemente bajito, ya que mi madre aún duerme.

Así paso la mayoría de los días siguientes, aunque algunos quedaban con Erika. Esa siempre era mi rutina, me levantaba, me duchaba, me sentaba en el sofá y dejaba las horas pasar.

La Noche Buena fue una de las noches que más me distraje; vinieron mis tíos de Madrid, Noemí y Carlos, con sus hijos, Andrea y Jan y, la verdad, nos lo pasamos bien. Se quedaron un par de días, pero tenían que volver para fin de año, así que esa paz dura poco.

La mañana de Navidad fue ajetreada, pero no ignoré el calor en el pecho al leer un mensaje de Ethan esa mañana.

«Feliz Navidad, chiquitilla, espero que lo pases genial con tu familia hoy» sonrío tímida y le respondo.

«Feliz Navidad, espero que tú también lo pases bien y que te regalen muchas cosas, que seguro que sí».

Y, aparte de eso, todo el tiempo que tengo lo abarca mi madre necesitando ayuda. Para el mediodía, ya tenemos la comida hecha y la mesa a medio poner. Ya que en casa solo somos dos personas, no teníamos una mesa muy grande, por lo que juntamos dos para que quepamos todos.

Fue uno de los pocos días en los que mi cabeza no me daba vueltas, no se iba por las ramas y los pensamientos callaban.

En esos momentos, no existía el instituto, el bullying , ni…

nada. La tarde pasó bastante rápido, dándonos regalos (al menos lo que podía permitirme) y tomando cafés.

Pareció un suspiro cuando se hizo la hora de cenar.

La Navidad dio paso a San Esteban y, cinco largos días después, a Fin de Año.

Me di cuenta que, inconscientemente, Ethan estaba todos los días en mi cabeza.

Era verdad que me hablaba cada día y, a pesar de que quedaba con Erika algunos días, se me hacían muy lentos, sobre todo cuando Ethan me confirmó que volvía un par de días antes de Reyes el tiempo pareció pasar incluso más lento que antes.

—En dos días vuelve Ethan, ¿verdad? —me dice una tarde Erika, cuando hemos quedado para tomar algo en un parque cercano.

El corazón me da un vuelco al escuchar su nombre, pero lo disimulo como puedo y asiento, intentando parecer más bien indiferente.

—Eso me dijo, sí —contesto yo, dando un trago a mi batido de mango.

Erika me mira de medio lado, dando también un trago al suyo de Oreo, sorbiendo más fuerte de lo normal.

—¿Qué?

—Nada —dice—. Ya hay ganas de que vuelva, ¿verdad?

No lo dice en tono de burla, sino como un hecho. Me quedo callada unos segundos. Ella me vuelve a mirar de reojo.

—Sí —respondo, sincera—. La verdad es que ya se echa de menos su energía.

Creo que lo describiría así, tal cual. Echaba de menos su energía. La positividad que se enganchaba a mi cuerpo, aunque no quisiera y el optimismo que irradiaba, incluso podría decir que me enrabiaba, pero agradecía que se pegara, a pesar de que fuese solo durante un rato.

—¿Su energía? —me pregunta, sorprendida ante la palabra y riendo un poco—. Nunca lo había pensado así. La verdad es que podría ser, sí.

Yo curvo un poco mis labios, poniéndome la caña del batido en los labios y le doy un sorbo.

Después de acabarnos las bebidas, Erika sugiere dar una vuelta por el bosque, ya que estábamos al lado, y acepto sin dudar. Amo ese bosque y la vivacidad que me entrega sin pedir nada a cambio. Hasta el aire cambiaba, era diferente, no sé cómo podía ser, pero era así.

Cierro los ojos un momento para recibir el viento frio en la cara. Lo agradecía.

—¿Qué planes tienes para Reyes? —pregunta Erika, caminando a mi lado casi dando saltitos.

—Pues ninguno, la verdad —respondo encogiéndome de hombros—. No solemos hacer gran cosa. Más bien en Navidad y, si mis tíos siguen aquí, San Esteban, aunque también comemos juntas mi madre y yo.

—¿Solo celebráis estas fechas si viene familia? —Su pregunta era pura curiosidad.

—Supongo que comer y pasar el día juntas es celebrarlo, ¿no? —Asiente animada.

Esta frente a mí, caminando de espaldas, aún dando saltitos entre las piedrecitas.

—Y tanto, aunque sea vosotras dos, ya estáis pasando un tiempo juntas, y eso es importante.

—Siempre he estado muy unida a mi madre, a decir verdad. —Erika sonríe y asiente, satisfecha con lo que, pensándolo ahora, parecía una confesión.

—Es genial cuando tienes a alguien en quien puedas confiar de esa manera.

«Confiar…».

Confiar era una palabra que en mi vida no existía.

Por mucho que tenga a gente a mi alrededor que me están demostrando su amistad y nobleza, el muro que he construido no iba a derrumbarse, no podía permitirlo.

No podía dejar que eso pasara y que me volvieran a hacerme daño.

Ya me rompieron el alma una vez y no volvería a pasar.

Sé que Erika tampoco tuvo una infancia muy agradable que, por motivos económicos, su familia y ella lo pasaron bastante mal, se tuvieron que mudar.

Vivió muchos cambios para una niña pequeña, pero se tenían los unos a los otros.

Y eso era algo que, desde pequeña, no tengo.

A decir verdad, la envidiaba (hablando de manera sana) al poder tener esa confianza en su familia.

Dos días después, me levanto de la cama después de haberme pasado tres horas dando vueltas, sin motivo aparente.

Me desperté y no pude volver a dormirme, así que, cansada de estar metida entre las sábanas dando vueltas y lamentándome por no poder dormir, decido moverme y sacar mi trasero de mi cueva.

Levanto la persiana y la luz del sol y su calor era tan intenso, aun siendo invierno, que me hace cerrar los ojos un momento.

Abro la ventana y el aire fresco matinal me azota, provocándome un escalofrío.

Me aparto de la ventana y salgo hacia la cocina a prepararme mi primera dosis de cafeína.

Mientras me siento en una de las sillas de la cocina, recuerdo que hoy vuelve Ethan y el estómago me hace cosquillas, como si miles de mariposas estuvieran revoloteando en él.

Por un momento, me odio por tener esas reacciones al pensar en él, pero recuerdo su mirada, sus palabras, el calor que siente mi cuerpo al tenerlo cerca y todo se siente contradictorio.

Mi teléfono vibra en la mesa, sin pensarlo dos veces miro quién es, y veo un mensaje de mi madre. Suspiro pensando que era él y, de repente, me siento algo decepcionada.

«Cariño, hoy llegaré más tarde de trabajar, pero tienes la comida preparada en la nevera, lo siento, te lo compensaré, ¿vale?».

Sonrío ante la última frase. Aunque no hiciera falta, sí, siempre me compensaba (o siempre que podía) en los días que tenía fiesta. Siempre se las apañaba para pasar tiempo conmigo, y no era necesario, pero lo agradecía mucho.

Tecleo una respuesta y salgo de su chat. Debajo de ella veo el nombre de Ethan. Caigo en la cuenta de que no le contesté al último mensaje, aunque fuera de buenas noches. Entro en su chat y empiezo a escribir.

«Hoy vuelves, ¿verdad? Tened cuidado en el viaje de vuelta».

Lo envío. De repente, los nervios se apoderan de mi cuerpo. Siempre me hablaba él y nunca me lo había reprochado. Por una vez, quería ser yo la que lo hiciera, aunque no me atreviera.

Minutos después de enviarlo y estar frente a la tele, sin enterarme de mucho, mi teléfono vuelve a vibrar y mi corazón empieza a latir de forma desenfrenada. Miro el teléfono y veo un mensaje de él.

«Buenos días, chiquitilla, sí, estamos de camino, pero llegaremos tarde… ¿nos vemos mañana?».

Le respondo casi de inmediato.

«Claro, nos vemos mañana entonces».

En su chat puso «escribiendo», y llega otro mensaje.

«Ya tengo ganas de verte, dos semanas son suficientes para echaros de menos».

Aparto el teléfono a un lado y me dejo caer en el sofá con un largo suspiro. Levanto el teléfono para contestar.

«Pero seguro que te lo has pasado genial, ya me dirás algo cuando llegues».

Dejo el aparato en la mesita y pongo un brazo en mi cara, cerrando los ojos.

Ahora mi impasibilidad se convertía en un punto de felicidad, ahí, en el pecho, donde nunca imagino que pueda estar.

Por una vez en años, me dejo llevar por esa felicidad, que me hace sonreír sin que yo se lo pida a mis labios.

Pero esa felicidad se esfumó como el humo cuando empecé las clases.