Ayúdame a salir 53 Ethan
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53 Ethan

Fue raro despertarme en casa de mis tíos después de más de un mes, pero ahí estaba.

Faltaban dos días para Navidad, así que estaba más o menos libre.

Esta mañana he quedado con todos para desayunar, ya que ayer apenas tuve tiempo de verlos.

Miro mi teléfono para ver si había mensajes y solo había uno de Alberto, recordándome la hora.

Sentí una opresión en el pecho cuando vi que Alex no me contestó al mensaje de ayer.

En ese momento, recuerdo la conversación de ayer con Laura, y el dolor que tengo se hace más grande.

Cierro los ojos durante un instante, para calmar y desenredar ese nudo que se estaba formando en mi corazón.

Pasados unos minutos, me levanto de la cama y voy a la ducha antes de bajar a reunirme con los demás, que ya los escucho abajo, en el comedor.

El agua me relajaría un poco. Mientras me cae el agua, revivo lo que pasó ayer con mi mejor amiga, sin poder evitarlo.

Tenía razón, no podía controlar nada más que estar con Alex todo lo que pueda, ayudarla cuando lo necesitara, escucharla cuando me lo pidiera o, simplemente hacerle compañía, pero no podía saber lo que pensaba realmente a no ser que fuera completamente transparente conmigo, y eso tenía que hacerlo ella, tenía que atreverse a confiar del todo en mí.

Echo la cabeza hacia atrás para que el agua caiga sobre mi cara, intentando prestar más atención a eso que a mis pensamientos, pero de poco me sirve.

Me retiro un poco del chorro del agua y cojo aire, pero me cuesta.

Sé que no es porque haya estado debajo del agua unos segundos.

Apoyo las manos en la pared e intento respirar hondo cerrando los ojos.

«Inspira, expira».

Me repito una y otra vez hasta que mi respiración toma un ritmo más sereno y controlado. Por fin, abro los ojos tomando aire profundamente por última vez antes de salir de la ducha.

«Esto va a ser jodido».

Necesito mirarlo todo desde otro punto de vista. Demostrar que puede confiar en mí era lo único que podía hacer por ahora, además de aceptar que solo podía esperar a que lo hiciera, a que se abriera a mí, que yo estaría ahí cuando eso pasara.

La cafetería donde fuimos a desayunar era la de siempre.

Nos sentamos en la terraza y pedimos la comanda.

La dueña era una mujer encantadora que siempre estaba encantada de tenernos allí, con su delantal negro lleno de harina, pero siempre con una sonrisa para nosotros, con sus arruguitas a ambos lados de los ojos.

Ese día, al verme, no dudó en venir a saludarnos y, aunque estuviera llena de molienda, no me importó que me abrazara.

Ella misma nos trajo los cafés y los bocadillos.

—¿Y cómo va todo, hermano? —pregunta Alberto, que hace que le mire, ya que tenía la vista fija en el café en frente de mí—. Ayer apenas tuvimos tiempo de hablar, y a parte de lo de tu amiga, no nos contaste mucho.

Apenas tuve tiempo de hablar con ellos, es verdad.

—La visita sorpresa me daba para poco, tenía que ir a cenar con mis viejos y mis titos. —Bebo un sorbo de café que, como siempre, no decepciona—. Pues no está mal, la cuidad es bonita. Hay bosque, para dar un volteo está muy bien.

—Ya tenemos excusa para ir, entonces —dice Pol dando un bocado a su bocata.

Levanto las cejas.

—Como si no pudierais venir igualmente —suelto con indignación fingida—. Pero si, invitados estáis siempre que queráis.

Me río mientras dirijo comida a mi boca.

—¿Cuándo vuelves? ¿Después de las fiestas? —Turno de Laura para interrogar.

—Sí, creo que antes de Reyes —contesto limpiándome las migas de la boca con la servilleta. Ella asiente y toma un sorbo de su café—. Tengo algo de tareas para la vuelta del trimestre.

—Sí, nosotros también, nos han dejado algo de deberes. —Asiente Pol—. Por cierto, cuéntanos más de esa tal Alex. Parece que te cae en gracia.

La temperatura de mi cuerpo aumenta un par de grados, pero intento ignorarlo y serenarme ante mis emociones.

—Es una amiga y compañera, ya sabes cómo nos conocimos, coincidimos en la misma clase y, desde entonces, nos hicimos amigos. —Me encojo de hombros.

No sabía qué más contar, ya que ayer les puse más o menos al día de la situación, para ver qué decían ellos y cómo me podían aconsejar.

—Qué casualidad, hermano —dijo Alberto, dejando la taza de café en la mesa.

—No creo en las casualidades, lo sabes de sobra, tío. —Ante mis palabras, Laura negó con la cabeza casi riéndose, porque sabía que lo iba a decir.

—Desde luego que no —dice finalmente, después de dar un sorbo a su café.

Yo sonrío mientras le doy un bocado al bocadillo.

—Ah, es verdad, que el boquerón es un filosófico. —Laura le da en el brazo a Pol, dueño de las palabras, y este se encoge y se aparta un poco, riéndose.

Yo enarco las cejas, con una sonrisa pícara.

—Qué suerte tienes con esta defensora, capullo. —La señala con el pulgar y hace que me ría aún más.

Laura se sonroja y ahora es ella la que se encoge un poco, pero yo le guiño un ojo, cómplice. Ella eleva un poco sus labios en una pequeña sonrisa.

—Bueno, pero ilumíname —Alberto cambia de tema y baja la voz, inclinándose hacia mí—. ¿Te gusta?

Casi me atraganto con el café. Laura me da unas palmadas en la espalda, con las cejas levantadas. Cuando acabo de toser, respondo.

—A ver, eres un capullo siendo tan directo —digo después de darle un trago de café para quitarme el carraspeo de la garganta—, pero te responderé porque eres mi mejor amigo, y la confianza da asco.

Él se encoge de hombros, como si fuera obvio lo que le acabo de decir, esperando mi respuesta.

—Puede, pero no es el momento —confieso.

Ya lo había dicho. El peso que tengo se alivia un poco al confiarle eso también a Pol y Alberto.

—¿No es el momento? —Pol frunce el ceño, antes de darle otra mordida al pan.

—Ya tiene bastantes problemas, que tenga también eso en la cabeza le va a joder todavía más. —La frustración se hace paso ente mis palabras.

Me paso la mano por el pelo, echándomelo hacia atrás.

—O puede que le ayude —canturrea Laura, bebiendo café, y sorbe más fuerte de lo normal, mirando hacia un lado, como si no hubiera dicho nada.

—No ayudas para nada con mi decisión, L. — Me echo hacia atrás en la silla, con un suspiro de resignación.

—Porque tal vez sea errónea —añade—. ¿Qué? Por mucho que te quiera te diré siempre las cosas como son. Y lo sabes.

Me señala con el índice. Me acaricio el puente de la nariz con otro suspiro.

—Gracias, amiga —ironizo.

—Podrías decírselo, no pierdes nada —sugiere Alberto, encogiéndose de hombros.

Cierro los ojos un momento.

—Cuidado, Albert —dice Laura, algo cortante.

Alberto levanta las manos un segundo, en son de paz.

«Gracias, Laura».

—¿Qué? Está claro que esa chica no está pasando por un buen momento, que necesita a alguien a su lado que la ayuda, e Ethan es una de las personas que más podría ayudarla, si se deja.

«Si se deja».

—Pues claro, lo sé de primera mano —recuerda Laura, alzando las cejas—. Pero tienes razón en lo de «si se deja».

—Mirad, agradezco una pechá los consejos, de verdad —interrumpo y todos me miran a la vez, como si se dieran cuenta que estaba ahí—, solo puedo hacer lo que ya estoy haciendo, esa es la realidad. No puedo hacer nada más que ayudarla en lo que pueda, defenderla y, si me necesita, me tendrá.

Laura me acaricia el brazo, mientras yo suelto aire.

—No te olvides de ti tampoco. —Asiente y me mira con esa mirada de siempre. Sé lo que quiere decirme.

—Ya lo sé. —digo asintiendo—. Cupcake .

— Cupcake .

Nuestra palabra para llamarnos inmediatamente siempre que lo necesitáramos si nos necesitábamos.

Navidad pasó como si el tiempo hubiera omitido esos días. La pasamos con mis tíos, algunos primos y, cuando quise darme cuenta, ya era Año Nuevo y estaba a punto de volver a casa.

Esa noche, después de las uvas, fuimos a un parque cercano donde pasamos parte de la noche mis mejores amigos y yo, aprovechando mis últimos días de estancia en Málaga.

Entre risas, charlas y bromas se nos hicieron las tantas y, al día siguiente, dormí hasta el mediodía.

Si mi madre no me hubiera despertado para comer; seguiría durmiendo.

A pesar de antes de venir tenía esa sensación tan desagradable, ahora solo quiero que el tiempo pase un poco más lento, si soy sincero.

Cuando me quise dar cuenta, ya era el día de marcharnos. Me despido de Laura, Pol y Alberto, prometiendo que nos veríamos para Semana Santa, sea como sea.

—Llámame, ¿vale? —me dice Laura, envolviéndome en un abrazo fuerte.

Era más bien chiquitilla y hacía que casi desapareciera cuando la abrazaba. Asentí, pasando mi mano de arriba abajo por su espalda, como siempre. Nos separamos y me abrazo también con Pol y Alberto.

A decir verdad, he de decir que, sin duda, vuelvo con una sonrisa, renovado y con la fuerza que siempre me dan.