Ayúdame a salir 52 Alex
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52 Alex

Mi madre llega horas más tarde para comer.

Yo ya me he duchado y me he puesto el pijama, ya que no iba a salir de casa en lo que quedaba de día.

Cuando entra por la puerta del comedor, estoy en el sofá viendo Netflix.

Cualquier cosa me servía para mantenerme distraía de la mierda de mañana que he tenido, la verdad.

—Vaya, hola —me saluda dejando las llaves en el mueble de la entrada del recibidor.

Le dirijo una mirada y asiento como saludo.

—Hola. —No tenía muchas ganas de hablar, la verdad.

Ella se da cuenta, pero tampoco insiste, queriendo dejarme espacio. Por ahora.

—¿Has comido? —pregunta, dejando la chaqueta en una de las sillas del comedor.

Niego con la cabeza, siguiéndola con la mirada.

—Te estaba esperando.

—Pues ya estoy aquí —me dice parándose frente a la puerta de la cocina, casi saliendo de mi ángulo de visión, poniendo los brazos en jarra—. ¿Comemos?

Entra dentro sin esperar respuesta.

Me levanto con un suspiro y camino arrastrando los pasos hasta llegar a ver a mi madre de nuevo, en la cocina, sirviendo dos platos de comida caliente con un olor que solo ella era capaz de crear.

—¿Pones la mesa, cielo? —Y eso hago.

Luego nos sentamos a comer con la televisión de fondo, aunque me da la sensación de que ninguna presta mucha atención.

Mi madre me dirige miradas fugaces mientras comemos cuando cree que no me doy cuenta o me mira de reojo cada pocos minutos. Luego vuelve a prestarle falsa atención a la tele. Por fin se digna a hablar.

—Hoy se iba Ethan de vacaciones, ¿verdad? —Dejo de masticar por un segundo, luego trago.

—Sí, esta mañana nos hemos despedido. —Agarro el vaso de agua y bebo un trago, para quitarme el sabor amargo que me acaba de provocar la pregunta—. Vuelve en dos semanas o así, después de las fiestas. Creo que para la fiesta de Reyes está aquí.

Mi madre asiente mientras se mete un trozo de carne en la boca y me mira masticando, con cara de circunstancia. Yo dejo de comer.

—¿Qué? —pregunto ante lo que creía que quería decir con esa mirada.

Niega con la cabeza de manera enérgica.

—Nada, nada. —Alzo una ceja. Como si no la conociera.

—No hay nada, solo para tu tranquilidad —le suelto pinchando un trozo de verdura con más fuera de la necesaria.

Ella bebe un trago de agua antes de hablar.

—Pero…

—¿Pero?

—Te gustaría. —Casi me atraganto con el agua que también había empezado a beber.

—Mamá, por Dios —le digo con una mano en el pecho, intentando quitarme el susto.

—¿Qué tiene de malo salir con alguien? —pregunta ella, sin darle importancia—. Y parece muy buen chaval.

—Lo es.

«Mierda, que rápido ha salido esa respuesta, pero… ¿Acaso era mentira? No. Es buen tío».

El pulso se me acelera sin poder controlarlo.

A decir verdad, mis pensamientos siempre iban a aquel día que apareció en mi casa cuando yo no me presenté en clase.

Hace un mes de aquello, ¿o quizá más? Estamos en diciembre, yo le conocí en octubre, para finales, así que mis cálculos eran más o menos acertados.

La sensación de él rodeando mi cuerpo, con olor a canela dulce que aún reside en mis sentidos, de su mirada dorada en la mía mientras me curaba la herida de mi mejilla, que ya apenas existía (físicamente hablando) y la intensidad de sus palabras…

Cómo consiguió que me abriera a él, aunque fuera un poquito.

—Solo digo que… es bueno que por fin tengas un par de amigos con los que puedas estar, divertirte… y desahogarte. —Mi madre me aleja de mis pensamientos y la miro.

—Supongo que sí… —suspiro, empezando a escuchar voces internas que me gritan que no es así.

«¿Y vosotras qué sabéis? ¿Acaso cualquiera hace lo que hizo él?

». Las intento callar, pero, todo es así cada vez que pensaba en ellos, en que por fin tenía a alguien a mi lado.

En mi pecho se instalaba lo que parecía ser una roca que presionaba hasta dejarme sin aliento, una sensación de inseguridad que se alojaba en el centro del mismo y en mi mente en forma de pequeños diablillos, que me susurraban siempre que les daba la gana que no merecía eso.

Y quizá no lo merecía.

Después de comer, recogemos y me paso la tarde tirada en el sofá, con una manta bien gorda y calentita abrazando todo mi cuerpo de pies a cuello, viendo Netflix.

Para eso de las seis de la tarde, mi madre se une, con un bol enorme de palomitas, haciendo que incorpore los codos con las cejas alzadas.

Deja el bol en la mesita auxiliar en frente nuestro, me agarra los pies, se sienta y los pone encima suyo.

Vuelve a coger el bol, poniéndolo entre nosotras.

Me recuesto otra vez, con una pequeña sonrisa.

—¿Otra vez Titanic ? —me pregunta mientras se mete unas cuantas palomitas en la boca.

—¿Algún problema? Será que no te gusta —contraataco yo, agarrando un puñado del bol.

Suelta una pequeña risa y se acomoda más en el sofá. Yo suspiro. Y así, sin más, llegan las ocho de la tarde, aún con una hora por delante para que acabe la película.

Mientras estoy atenta a la película, mi iPhone vibra y meto la mano debajo de la manta para verlo. Era un mensaje. El corazón se me acelera al ver que es de Ethan.

«Hace una hora que he llegado, estoy molido».

Es cierto. Le pedí que me avisara al llegar. Tecleo una respuesta, aún con calor en las mejillas.

«Genial, espero que lo pases muy bien, por fin verás a tus amigos de verdad».

La respuesta llega casi de inmediato.

«En 2 semanas te vuelvo a molestar. Que lo sepas, chiquitilla».

No puedo impedir que se me curven los labios en una sonrisa, sintiendo un calor repentino en las mejillas.

Mi corazón se contrae un poquito y las voces vuelven a mi cabeza sin piedad.

Carraspeo dejando el teléfono debajo de la manta de nuevo.

Suelto una bocanada de aire, hundida. ¿Por qué estoy tan frustrada?

Es solo un chico. Cierro los ojos un segundo para centrarme.

Cuando abro los ojos, me centro en la película, ignorando mis pensamientos.

Levantando un muro, guardándolos en un cajón de mi dolor.

Me despierto ahogando un grito. Miro a ambos lados, temblando. Estoy todavía en el sofá, pero con la televisión y luces apagadas. Estoy empapada en sudor y lágrimas con la respiración agitada, apoyada en mis codos.

Me levanto, todavía temblando y me dirijo al baño.

Me enjuago la cara con agua fría, para intentar quitarme las lágrimas, el mal cuerpo y el dolor.

Respiro hondo, cerrando los ojos, con las gotas resbalando hasta que caen cuando llegan a la barbilla.

Pasan unos segundos y agarro la toalla para secarme.

Salgo del baño y vuelvo a mi cuarto, pero sé que no voy a dormir más.

Me tumbo en mi cama, saludando al insomnio.

Como casi todas las noches.