51 Ethan
—Lo que no entiendo es por qué la tienen tomada con ella —dice Laura después de explicarle la situación.
—No tiene por qué haber una razón —digo yo con el ceño fruncido.
—Tiene que haber alguna —dice ella indignada, levantándose de la cama—. Si no hay ninguna, ¿por qué chincharla de esa manera?
La sigo con la mirada mientras da un par de vueltas a la habitación hasta que para delante mío.
—No lo sé, Laura. —Es lo único que puedo contestar—. Realmente no lo sé.
Nos quedamos un momento callados hasta que ella habla.
—No entiendo cómo alguien que no hace nada, literalmente, tenga que lidiar con algo así —suelta—. Y sin tener a nadie, hasta ahora.
Yo la miro a los ojos ante ese comentario. Me siento culpable, impotente.
—¿Tiene a alguien? —pregunto.
Ella frunce el ceño y ladea la cabeza, sin comprender.
—Lo tiene —afirma con convicción—. Te tiene a ti y a Erika, aunque haya sido hace poco.
—Yo no estoy haciendo nada, Laura. —Y ahí me vuelvo a abrir.
No sé cómo lo hace, pero siempre lo consigue. Hace que me abra en canal y vea todo lo que siento en todo momento.
—No —me dice tajante—. No te permito que vuelvas a decir eso, Ethan.
Yo me quedo callado, mirándola. Cualquiera la interrumpe cuando cambia a ese tono de voz.
—Te recuerdo que hace un año yo estaba en la mierda, Ethan, y, ¿quién estuvo ahí?
Cojo aire negando con la cabeza y cambiando de posición.
—Tampoco hice nada, Lau. Nada. —Ella se agacha conmigo, poniéndose a mi altura y me mira con sus ojos marrones tan expresivos.
—Cuando mis padres se separaron, siempre que te necesité, ahí estabas —empieza—.
Siempre que te dije «te necesito», ahí estabas, siempre que me daba un ataque de pánico o ansiedad, AHÍ ESTABAS —prosigue numerando con los dedos—.
Siempre que notabas que yo no estaba bien, me llevabas aparte y tu pregunta, TU MALDITA PREGUNTA, «¿qué te pasa?
», hacía que me rompiera, solo contigo, Ethan. Solo contigo.
Relaja el tono cuando dice.
—Eres el único que ha sabido ver, Ethan. Y estás viendo a Alex. —Yo desvío la mirada. Joder. Me faltaba volver a llorar—. Simplemente estando, simplemente escuchando, simplemente viendo. Créeme que es suficiente, aunque ella no lo vea aún. Lo sé de primera mano.
Me deja sin palabras, solo puedo contestar con un suspiro. Instantes después me levanto.
—Gracias —le digo—. La verdad es que necesitaba una conversación de las nuestras. —Me río un poco.
Ella está de espaldas, pero también parece reírse negando con la cabeza. Se gira, aún con lágrimas en los ojos y sonriendo.
—No lo he dicho porque necesites oírlo, melón —me dice mientras viene hacia a mí y me abraza. Yo le devuelvo el abrazo y cierro los ojos, suspirando—. No te sientas culpable por algo que no puedes controlar.
Me separo de ella.
—Eso es lo que me jode —digo poniéndome una mano en la cabeza volviéndome a sentar en la cama, indignado.
—Lo sé —dice asintiendo—. Por eso te he dicho todo esto, Ethan, porque, aunque creas lo contrario, estar a su lado, escucharla y defenderla, es lo que ahora mismo necesita, y se lo estás dando.
Me quedo callado unos segundos, pensativo, esperando que siga hablando.
—Ahora solo puedes esperar. —Sigo pensando en lo que ha dicho antes de hablar.
—Cuando mis padres me dijeron que bajábamos a Málaga por Navidad —comienzo a decir—. Sentí por un instante una sensación mala, Lau, muy mala.
Ella me mira extrañada. Me paso las manos por la cara. Cuando vuelvo a la posición normal, prosigo para explicarme mejor, aunque dudando. Trago saliva.
—No quería dejarla sola. —Ya lo había dicho.
Sé que simplemente diciendo eso ella captará lo que quiero decir, no me va a decepcionar. Parece comprenderlo y se sienta a mi lado.
—¿Crees que podría…? —No acaba la pregunta, con ojos preocupados.
—No lo sé. —Me masajeo el puente de la nariz—. No lo sé.
«O tal vez no quiero admitirlo».
Ella sigue mirándome para ver si digo algo más. Cojo aire profundamente para aliviar el malestar que, de repente, se ha generado en mi estómago.
«Creo que voy a llorar».
Pestañeo para evitarlo en lo posible.
—Te gusta. —La confesión me viene por sorpresa y la miro desconcertado—. Es más, la quieres.
Me mira con compasión en sus ojos, una compasión tan real que me impacta.
No he reprimido lo que siento por Alex, pero que Laura lo haya dicho en voz alta hace que lo sienta como una patada en el estómago.
—Ahora entiendo muchas cosas. —Miro al frente para evitar contacto visual, porque sé qué si lo hago, me romperé, pero no tiene piedad y se pone delante mío, agachada como antes, a mi altura—. No te sientas culpable por las cosas que no puedes controlar.
Esta vez haciendo énfasis en cada palabra. Cierro los ojos un momento, entendiendo lo que quiere decirme.
—Te quiero, melón, pero a veces tú también tienes que permitirte caer un rato, para coger fueras otra vez y seguir adelante.
«Qué cabrona».
Agacho la cabeza; ella sabe que es señal de que he caído y me abraza. Una lágrima acaba cayendo y, detrás de esa, van las que quedan, sin poder contenerlas.