Ayúdame a salir 50 Alex
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50 Alex

Respondí a Ethan con un «vale», a lo que recibí como respuesta un icono con una cara sonriente. Yo le envié otro de vuelta.

Fui con Erika al boheme que quedaba a mitad de camino entre su casa y la mía y pedimos un café. También un bikini, ya que no tenía mucha hambre. Ella pidió unas pastas.

—Pues nos faltaba por probar este sitio, ¿verdad? —comenta.

Era verdad. No estaba mal, aunque todavía faltaba por probar el café.

—Sí, es verdad —afirmo con un suspiro mirando alrededor.

Cuando mi mirada llega a la puerta, mi corazón da un vuelco, incluso creo que se ha parado por un momento. Joder, solo faltaban estas. Carla, Sandra y Tánia entran por la puerta, con sus peinados inmaculados, pintadas como puertas y con sus outfits de sábado.

Erika ve mi cara, frunce el ceño y, sin comprender, se gira para ver lo que he visto yo. Vuelve a girarse hacia mí.

—Pasa de ellas —me dice, en tono tranquilizador—. No tienen por qué amargarte el desayuno.

Era tarde. Ya no tengo hambre y el café se va a quedar frío.

Una de ellas mira hacia donde estamos nosotras y yo desvío la mirada, dándole un sorbo vacío al café para disimular. Piden y se van a buscar sitio, una de ellas con bandeja en mano. Tenía la esperanza de que pasaran de largo, pero no podía pasar un día sin dejarme en ridículo, como siempre.

Al pasar por nuestro lado, una de ellas choca contra nuestra mesa, haciendo que todo lo de la mesa se tambaleara hasta que mi café cae encima mío.

Yo por instinto me levanto, la silla chirria al arrastrarse y casi se cae, pero es tarde.

Estoy jodidamente empapada de mitad del pecho hacia abajo; el café arde.

Ahogo un grito ante el ardor que siento durante unos segundos.

Erika reacciona acercándose a mí con una servilleta y empezando a secarme la camisa.

—¿¡Pero qué cojones os pasa!? —les grita—. ¿Es que no tienes ojos o qué?

Sigue limpiándome la camisa, con resoplidos de fastidio.

—Uy, perdona, es que me he tropezado —dice Tánia.

Las tres empiezan a reírse y siguen su camino. Erika las mira con los ojos entrecerrados por la furia.

—De todas maneras, le hemos mejorado el estilo —continúa diciendo mientras se sientan en la mesa del fondo, entre risas.

Sin decir nada voy al baño y veo de reojo a Erika recoger nuestras cosas e ir detrás de mí.

Entro al baño y abro el grifo. Tomo papel de manos y lo mojo un poco. No servirá de nada, pero igual aliviará el ardor que tengo ahora en la zona donde ha caído el café. Cuando entra Erika, estoy secándome con más papel, con la camisa un poco subida. Ella suspira, preocupada.

—¿Te ha quemado mucho? —pregunta acercándose, dejando las cosas a un lado y agarrando la camisa.

Yo hago que la suelte. Sigo secándome.

—No —respondo apática. Me mira escéptica. Suspiro—. Es igual.

Tiro el papel a la basura y voy hacia el secador, pero no hace gran cosa. Ella se queda callada unos momentos, hasta que el secador se calla tras un chirrido horrible y entonces habla.

—No es igual —sentencia—. A mí no me da igual.

Yo cojo aire y hago lo de siempre.

—Da igual, en serio. —Le quito importancia—. La lavaré.

La camisa está ahora llena del color del café con leche, con su olor impregnado.

—Vámonos. —Quiero irme a casa.

Ella vuelve a suspirar y me mira. Niega con la cabeza, pero después asiente.

—Está bien —dice.

Salimos del baño y de la cafetería. Me giro para despedirme de Erika.

—Bueno, nos vemos, Er —le digo como despedida.

—¿Quieres que te acompañe a casa? —me pregunta con algo de angustia—. Sabes que no me importa.

Yo niego con la cabeza.

—No hace falta, gracias —contesto—. Nos vemos otro día.

Me doy la vuelta para ir a casa, sin esperar respuesta.