Ayúdame a salir 49 Ethan
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49 Ethan

Le envío un mensaje a Alex. De repente, me doy cuenta de que mi madre me está mirando. Yo pestañeo con incomprensión.

—¿Qué pasa? —le pregunto, bastante confundido.

Ella se gira otra vez hacia delante, con una sonrisa que me parece que es… ¿pícara?

—Nada, nada. —Mi padre se ríe.

Niego con la cabeza y me pongo bien en el asiento.

—Alex es muy maja —suelta de golpe.

Yo levanto las cejas. Ahora lo entiendo. ¿Cómo me conocen tan bien? Aunque no me importa tampoco decir la realidad.

—Sí, es una chica muy buena —contesto. Mis padres me escuchan atentamente, como si fuera a confesar un crimen. Yo me río ante su atención—. No vais a tener que darme aún «la charla».

Pongo la última palabra en comillas. Mi madre se gira con los ojos fuera de las orbitas y yo me vuelvo a reír.

—Mamá, por Dios, quiero decir que no estamos saliendo.

«Pero me encantaría».

Ese pensamiento me pasa por la cabeza sin poder evitarlo.

Está claro que siento algo por ella, pero no puedo echarle encima más problemas de los que tiene diciéndole lo que siento, sería algo egoísta por mi parte y me sentiría fatal.

No puedo hacerle eso. Mi madre niega con la cabeza sonriendo y vuelve a mirar al frente.

Casi 10 horas más tarde, con paradas incluidas, llegamos a mi Málaga.

Son las 19 de la tarde cuando aparcamos en casa de mis tíos.

Una casa muy bonita. Bajamos del coche ya aparcado cerca del patio y empezamos a sacar las maletas que, aunque solo sean para dos semanas, hacen parecer que nos hayamos vuelto a mudar.

Nuestros tíos salen a nuestro encuentro abriendo la puerta, que ha picado mi padre mientras las sacábamos.

—¡Por fin estáis por aquí, familia! —dice mi tío.

Abraza a mi madre con cariño y luego le choca la mano a mi padre, dándome unas palmadas en la espalda. Yo sonrío instintivamente. Cuando llego a la puerta, dejo la maleta y voy a saludarlos también.

—Ha sido una pechá de largo, la verdad —dice mi padre mientras abrazo a mi tía diciéndole hola.

Ella me estruja más fuerte y luego me suelta, dejándome respirar por fin. Abrazo a mi tío también, como es costumbre.

—Hola, boquerón —me saluda haciéndome reír.

—Hola —saludo yo de vuelta—. ¿Qué tal todo?

Aunque solo haya pasado un mes o así, tenía la necesidad de preguntarlo, por cotilla.

—Muy bien, esperándoos —responde con afecto—. ¿Ha ido bien el viaje?

—Estoy molido —me quejo al estirarme—. Y eso que hemos parado una pechá de veces.

En Barcelona no me salía tanto el malagueño, pero estando aquí es inevitable volver a mi acento.

—Ya me imagino. —Toma la maleta haciendo ademán de meterla dentro, pero espera a que todos entremos.

Una vez dentro, miro alrededor para recordar la casa de mis tíos. Blanca y con colores marrones en tonos pastel, mobiliario más bien blanco y cocina frente al comedor. En frente, unas escaleras de madera que llevaban a los dormitorios.

—Os llevo a las habitaciones —dice mi tía mientras señala las escaleras para que subamos.

Mi madre y yo nos ponemos en marcha, subiendo las maletas.

Mi habitación en la que estaré estas dos semanas es una normal, de invitados, pero acogedora, con su cama, un escritorio chiquitillo y un armario.

No tenía nada más, pero me gustaba así. No pediría más ni si fuera mi casa.

Dejo la maleta y bajo a por otra que faltaba, dejándola en la de mis padres.

Luego me dirijo a mi madre y a mi tía, que estaban hablando.

—Todavía es pronto para cenar, ¿verdad? —trato de asegurarme.

—Hemos reservado mesa en el restaurante de aquí al lado, en el Rincón. A las ocho y media.

«El Rincón de la Lola, qué bueno». Asiento.

—¿Me da tiempo a ir a ver a mi peña? —Mi madre se queda pensativa y yo la miro dubitativo, esperando respuesta.

No saben que estoy aquí y me muero de ganas por sorprenderlos.

—Pero no llegues tarde —acepta ella—, por favor.

Yo voy hacia ella y le doy un beso en la mejilla. No sabe las ganas que tengo de verlos.

—Gracias, ¡no llegaré tarde! —aseguro bajando ya las escaleras.

La más cercana es Laura. Cuando llego a su casa, pico al timbre y espero, nervioso. La última vez que hablamos le dije que igual no bajaba a Málaga. Su madre abre la puerta y, antes de que diga nada, me pongo el dedo índice en la boca, para que no gritara mi nombre.

—No sabe que he venido —susurro casi riéndome—. ¿Está aquí?

Ella asiente y señala a su habitación, haciéndome pasar.

La abrazo antes de ir a verla a ella. Voy sin hacer ruido.

Tiene la puerta entreabierta y se escucha música.

Abro lentamente, pero no se da cuenta porque está de espaldas, en el escritorio, sentada.

Yo casi me río por lo fácil que va a ser sorprenderla, dirigiéndome a ella.

Empieza a sonar Welcome to my life de Simple Plan, grupo el cual, que yo sepa, me gustaba a mí, no a ella.

—¡Qué cabrón! —Casi vuelvo a reírme, sabiendo que se refiere a mí y acordándome de que la añadí a su playlist para molestarla. Me agacho hacia ella y por fin hablo.

—Al final te acabará gustando —susurro en su oído.

Ella se sobresalta ahogando un grito y yo me aparto, porque casi me da una hostia cuando se gira.

Luego me mira y abre los ojos como platos, se abalanza sobre mí, abrazándome con fuerza.

Yo mantengo el equilibrio, evitando caerme, pero en cuanto estoy estable, le devuelvo el abrazo con la misma fuerza. ¡Cuánto necesitaba esto!

Necesitaba un abrazo de mi mejor amiga, de mi hermana. Su olor a menta y la colonia dulce que usa me invaden y me siento de nuevo en casa.

Noto que sus hombros se sacuden. Está llorando. La abrazo más fuerte. Solo ha pasado un mes, pero está claro que nos hemos echado de menos. Unos segundos más tarde, nos separamos y ella se seca las lágrimas. Me da un golpe de reproche en el pecho.

—Capullo —me suelta, hipando.

Yo la tomo de las manos para que no me siga pegando, porque la conozco.

—Pero me quieres —respondo.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta aún con reproche—. Me dijiste que posiblemente no bajabas y ya no te pregunté más, porque no quería agobiarte.

Sonrío con ternura.

—Pues acabamos de llegar, la verdad —le explico—. Y, si me hubieras preguntado, igual os hubiera dicho que no, para daros la sorpresa.

Ella ríe negando con la cabeza, aún con los ojos llorosos.

—¿Cómo estás? —le pregunto separándome de ella por completo y sentándome en su cama, con la confianza de siempre.

Ella se sienta a mi lado, cruzando las piernas frente a mí. Yo hago lo mismo, quitándome las bambas.

—Como siempre —dice encogiéndose de hombros—. La verdad, no hay mucho cambio, dado que hablamos casi cada día y te lo cuento todo.

—¿Tu hermano? —le pregunto con curiosidad.

—Bien, con su padre —vuelvo a asentir.

—Sigues sin querer ir con él —afirmo.

Ella no responde y desvía un momento la mirada hacia la puerta.

—Debe una buena disculpa desde hace un año —susurra para que no nos oiga la madre.

—Ya… —La entiendo. Ella suspira y se pone más cómoda en la cama.

—Y tú, ¿cómo estás? —pregunta con una sonrisa pícara, alzando una ceja—. Me tienes que contar, y lo sabes.

—Tonta —le reprocho riéndome y niego con la cabeza—. Tampoco tengo mucho que contarte, Laura.

— No ni na —alza la voz—. Va, desembucha, boquerón.

Me vuelvo a reír, pero al pensar qué contarle, o más bien, por dónde empezar, me pongo serio y ella lo nota.

—Bueno. —Ya no bromeaba—. Me toca hacer de psicóloga.

«Por favor».