Ayúdame a salir 48 Alex
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48 Alex

Esa era una de las mentiras más grandes que había dicho hasta el momento. Claro que le iba a echar de menos. Ese era el problema. Tener a alguien a mi lado había hecho que mi vida fuese un poco más… amena. Ethan me había puesto el mundo patas arriba y se había quedado tan pancho. Tan a gusto.

Aunque quedar con Erika también me alegraba las tardes; era una chica muy buena.

A veces me invadía el pensamiento de si está fingiendo o si realmente quería ser mi amiga, pero después de un mes conociéndola ya tenía el beneficio de la duda ganado con creces.

Esa chica de pelo rizado negro corto, ojos color miel, cara redonda con pecas y con estilo elegante, se había ganado casi toda mi confianza.

Empezaron las vacaciones de Navidad y yo estaba eternamente agradecida.

Amaba quedarme en mi casa con mi madre o con Erika sentada en el sofá viendo una película o serie, y ahora que acaban de empezar, guau, cuánto deseaba tener una de esas tardes.

Principalmente, con mi madre. Hacía tiempo que no lo hacíamos; ella tenía mucho trabajo y yo mucho estudio.

Ethan se va mañana e iré a despedirlo con Erika, aunque solo se marche por dos semanas.

Aún me sorprende que Ethan estuviera tan raro porque se iba.

No me imaginaba que fuera por dejarme sola.

El corazón me late muy rápido cuando pienso en eso.

Sigo sin entender por qué me ayuda tanto, por qué se implica tanto.

Supongo que, al no tener nunca amigos de verdad, esto era lo que pasaba: desconfiaba de todo, de todos, por mucho bien que me hicieran.

Con Erika me pasaba igual, claro, pero ¿qué perdía?

¿mi dignidad? Ya hace mucho que la perdí, así que no me importa.

—Oye, pásalo genial, amigo. —le dice Erika en la puerta de su casa mientras cargan el coche—. Se te echará de menos, aunque sean dos semanas.

Me centro en la conversación de nuevo. Él ríe.

—Seguro que sí —dice sarcástico—. Sobre todo, lo de quitarme los croissants que YO pido.

Touché . Sin poder evitarlo, me río yo también negando con la cabeza y poniéndome una mano en la boca, intentando disimular, pero me sale de pena. Ellos se giran hacia mí, haciéndome sentir observada y en el punto de mira, me sonrojo un poco, pero vuelvo a reírme bajito.

—Admite que tiene razón —digo para quitarme el calor que me ha invadido.

Ethan hace una mueca de fastidio a Erika y me señala.

—Hasta ella lo dice —le acusa de nuevo.

Ella mueve la mano hacia arriba quitándole importancia.

—Pues le toca a Alex quedarse sin pastas cuando quedemos —dice con una sonrisa, levantando las cejas.

Yo la miro con las cejas hasta el nacimiento del pelo.

—¿Cómo que «me toca»? —Hago comillas en la última frase, advirtiéndole con humor—. Mis pastas son mis pastas, nadie las toca, ni Ethan.

Ella se ríe junto a Ethan, levantando las manos a modo de «vale, tu ganas», y yo niego con la cabeza, sorprendida.

Suena un teléfono y Erika se pone a buscar en sus bolsillos, haciendo el típico baile buscador de móviles, hasta que lo encuentra.

—Es mi madre —sentencia—. Ahora vengo.

Se aleja un poco de nosotros para tener algo de privacidad en su conversación. Ambos asentimos. A la vez que Erika se ha alejado, los padres de Ethan le dan un toque a él. Ethan se dirige a mí.

—Bueno, creo ya es hora de irnos —me dice con un suspiro y una mirada que no comprendo del todo.

Yo sonrío con la intención de que sea una sonrisa real, que es lo que quiero que capte, porque de verdad quiero que disfrute volver a Málaga, aunque sea por un tiempo.

—Pásatelo genial, Ethan, felices fiestas —digo al fin.

Él me sonríe de vuelta y le aparece un pequeño hoyuelo que me recuerda al de su madre, sin previo aviso, siento que estoy hecha de mantequilla. Noto como el calor vuelve a subirme, pero es un calor distinto a la vergüenza. Carraspeo para disimular.

—Te veo en dos semanas —continúo casi balbuceando.

—Nos vemos en dos semanas. —Se acerca a mí y me da un beso en la mejilla, derritiéndome por segunda vez. Cuando me mira, veo preocupación en sus ojos dorados y, antes de que pueda hablar, me dice—. Ya sabes que me puedes llamar cuando quieras.

Yo asiento al momento, como si la memoria muscular actuara por mí.

—Lo sé —le digo en un susurro—. De verdad.

Quiero mirar hacia abajo y apartarme de su mirada, pero no puedo. Él asiente, algo más tranquilo.

—Vale.

—Vale —le imito.

Sonrío otra vez antes de que Erika esté de vuelta.

—¿Ya te vas? —le pregunta a Ethan.

—Sí —le responde él—. Ya me han avisado.

Erika le da un abrazo a Ethan como respuesta.

—Que vayan genial las fiestas —dice separándose de él. Sonríe y asiente.

—Igualmente —responde con una sonrisa mientras va hacia el coche, donde ya están sus padres esperando—. Chao , chicas.

Erika y yo levantamos la mano en señal de despedida y él hace lo mismo.

El coche arranca y avanza por la calle, hasta que sale de nuestra vista. Yo suspiro. Erika aparece en mi campo de visión.

—¿Vamos a desayunar? —me agarra del brazo y empezamos a caminar.

Yo asiento.

—Sí, ¿por qué no? —murmuro.

Las dos reímos. Mi móvil vibra y con la mano libre echo un vistazo desde el lado del bolsillo. Mi mente ahora mismo está en otro sitio, además de aquí.

«Nos vemos a la vuelta, chiquitilla».