Ayúdame a salir 47 Ethan
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47 Ethan

Nos despedimos de Erika a mitad de camino y, aunque yo tenga que ir por otro lado, como le dije a Alex, voy a acompañarla a casa.

Caminamos callados por la gran C y la miro de reojo unos instantes.

Lleva desde que hemos quedado algo rara y, aunque sé que realmente lo está pasando mal en el insti, también sé que obviamente me oculta cosas para no preocuparme.

La mayoría de veces que va al baño vuelve mojada, y da la casualidad de que es mayoritariamente cuando va sola y no con Erika, pero claro, no he visto nada, no puedo hacer nada, no sé a quién advertirle.

Y, como eso, una pechá de cosas que hacen que solo sienta impotencia por no poder ayudarla cuando lo necesita; lo peor de todo es que ella no quiere ser una carga, no quiere que nos preocupemos por ella, porque «no es importante».

Suspiro ante todos estos pensamientos frunciendo el ceño e intento controlarme.

Ella mira hacia abajo, al suelo, fingiendo concentración. Vuelvo la mirada al frente y hablo.

—¿Te pasa algo? —le pregunto y ella vuelve a la realidad pestañeando algo sorprendida—. Llevas toda la tarde… rara.

No responde durante unos segundos, pero por fin lo hace.

—¿Rara? —repite ella—. ¿Qué quieres decir?

Quiere restarle importancia, yo paro un momento y ella hace lo mismo al darse cuenta.

—Sí, desde que he dicho que me iba, incluso me da la sensación de que llevas días así —le digo todavía parado.

Ella me observa con cautela, con la mirada un poco agachada, tímida, como esperando que la regañen. No, ya la he visto así y no me gustó nada. Joder.

—Sé que apenas nos acabamos de conocer —decido sincerarme poniéndome las manos en los bolsillos del vaquero—. Sé que no tienes que contármelo todo, y que no lo harás, esto ya te lo he dicho, pero… Puedes hacerlo. Puedes contarme lo que quieras.

Finalizo mi discurso, esperando respuesta. Ella alza la cabeza, con una comisura levantada que hace de sonrisa.

—Lo sé —me contesta con un suspiro de cansancio—. Simplemente no quiero agobiarte con mis problemas.

Bueno, he conseguido lo que quería, que se sincerara ella también, para ello he tenido que hacerlo yo primero. Miro hacia un lado con un suspiro de impotencia y vuelvo a mirarla, ella continúa hablando.

—Y hablando de raro…—continúa, yo ladeo un poco la cabeza y arqueo las cejas, interrogante—. Tú también lo has estado.

Qué perspicaz, coño. Empieza a caminar y yo la sigo. Asiento lentamente, suspirando de nuevo. Ahora es ella quien espera respuesta.

—Sí, lo he estado —lo acepto.

—¿Por qué? —me pregunta—. Si quieres contarme, claro.

Pone una mano en mi brazo, que hace que una descarga me recorra el cuerpo en señal de disculpa, luego la retira.

—Soy yo quien a veces no cuenta nada, y te pido lo mismo...

Niega con la cabeza poniendo una mueca. Yo sonrío.

—Que va, no importa —le contesto restándole importancia con la mano, intentando encontrar las palabras adecuadas—. Es solo que…

De repente, me he puesto nervioso. No puedo quitarme la sensación de no querer dejarla sola, no sé cómo expresar esto.

—Digamos que me da algo de… apuro… dejarte sola.

Me pongo la mano en la cabeza, algo avergonzado. Ella me mira sorprendida ladeando la cabeza, parando a mi lado. Dejo caer la mano girándome hacia ella, también quedándome en el sitio.

—Sé que es una gilipollez, pero simplemente no me acaba de convencer la idea —continúo diciendo al ver que no dice nada.

Ella se queda pensativa unos segundos. Por fin habla.

—¿Por eso estabas raro? —me pregunta con el ceño fruncido, sin comprender.

Yo suspiro. Por supuesto que le sorprende.

—Sí, era por eso —le contesto asintiendo, levantando las cejas.

Empiezo a caminar de vuelta y ella sigue mis pasos, hasta llegar de nuevo a mi lado.

—No puedes hacer nada.

Nunca puedo, esa es la cuestión. Frunzo el ceño ante la impotencia que esas palabras me hacen sentir.

No tengo palabras para expresarlo. Seguimos caminando, miro al suelo y me doy cuenta de que ella está haciendo lo mismo, como si el camino que tuviéramos que seguir estuviera marcado.

No va a seguir hablando. Opto por decirle lo que pienso.

—Esa es la cuestión —confieso—. Hay veces en las que no puedo hacer nada, y eso me molesta.

Ella se queda un momento callada. Luego habla.

—No sé qué decir —dice algo aturdida. Yo echo aire por la nariz y sonrío negando con la cabeza, luego me pongo más serio—. Es que nunca…

Se interrumpe, sin saber cómo continuar.

—Nunca he tenido un amigo de verdad, creo que eso lo sabes —acaba por decir en un susurro casi tartamudeando, tímida.

—Lo entiendo —le aseguro, empatizando—. No es que yo tenga muchos amigos tampoco.

Ella me observa atenta, esperando a que siga hablando.

—Tengo tres, me refiero en Málaga, claro, y si te digo la verdad, suficientes.

«Son los únicos que necesito, aparte de Alex y Erika aquí».

—Así que puedo entenderte —continúo.

Intento hacerle ver que no está mal tener dos amigos mientras sean de verdad: leales, que intenten entenderte siempre y ayudarte.

—No me creo que solo tengas tres amigos allí, con lo sociable que eres.

Habrá que explicárselo.

—No es cuestión de ser sociable, sino buena persona.

Tan simple como eso. Ella asimila mis palabras un momento antes de hablar, con suspiro irónico.

—Buena persona —repite negando con la cabeza, con una sonrisa sarcástica en la cara.

Yo suspiro, comprendiendo su reacción.

—Ya sé que suena estúpido, pero es así. —Hago énfasis en mi explicación—. Mientras tú seas buena persona, lo demás no importa, que los demás sean malas personas no es tu culpa, solo de ellos.

—Hay veces que, al ser buena persona, te conviertes en una diana. —Me quedo mudo—. Entonces decides que es mejor no hablar, no destacar, para que eso no pase.

—Hay mucha gente imbécil —suelto sin poder contenerme—. Y esa gente imbécil a veces puede tocarte la moral, es la verdad.

Pongo otra vez las manos en los bolsillos. Ella me mira de reojo.

—No podrías tener más razón —me dice en un susurro mientras vuelve a mirar al frente.

Ya está anocheciendo, pero hay un atardecer precioso que se cuela entre los bloques de edificios del barrio de Alex. Iba a hablar, pero se me adelanta.

—¿Cuándo te ibas? ¿El viernes?

Asiento con un movimiento de cabeza, suspirando.

—Sí, el viernes.

Quería cambiar de tema. Me siento frustrado, pero no pienso forzarla a que se abra a mí. Tiene que hacerlo ella. Si la obligo a hablar, se cerrará en banda y entonces será peor. Ella asiente sonriendo y mira al frente de nuevo, caminando.

—Seguro que lo pasas genial —continúa diciéndome—. Tienes que pasarlo genial.

Yo la miro sin comprender, interrogante. Se da cuenta y sigue hablando para explicarse.

—Vas a estar con tu familia, amigos que hace cuánto que no ves, ¿un mes? O incluso más. Ponte contento, disfruta.

Vuelvo a mirar al frente. Tiene razón, debería estar contento de volver, aunque sea durante un par de semanas. Sonrío un poco.

—Tienes razón —coincido, asintiendo con la cabeza otra vez mirando al frente—. Vas a tener que esperar a que vuelva para que pueda molestarte.

Me río dándole un codazo cariñoso. Ella se ríe, sin poder esquivarlo, y hace que se desequilibre un poco.

—No te echaré de menos.