Ayúdame a salir 46 Alex
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46 Alex

Ethan se va. Y, aunque solo sea por las vacaciones de Navidad, no puedo evitar sentirme triste.

Sé que es una estupidez, que no debería sentirme así, no debería estar triste, porque no es el fin del mundo.

Aunque debo admitir una cosa: si he estado algo mejor estos días, ha sido por él.

Por Erika también, claro, las cosas como son.

Tenerla a ella también hace las cosas un poco más fáciles, aunque no lo sean en realidad.

Finjo que no pasa nada cada vez que me dan un balonazo en gimnasia, finjo que no pasa nada cuando llego a clases y veo en la pizarra mierdas sobre mí, finjo que no pasa nada cuando Ethan lo ve, hincha el pecho y con rabia lo borra de la pizarra, pero la mayoría se hace el tonto fingiendo, como yo, que no tienen ni idea.

Finjo que no pasa nada cuando no encuentro mi dinero del almuerzo y le miento a Ethan diciendo que no tengo hambre.

Finjo que no pasa nada cuando voy al lavabo sola (gran error por mi parte, ya que debería haberlo aprendido hace ya tiempo) y allí aprovechan, entran, me insultan e incluso, a veces me mojan, y luego cuando salgo digo que me ha pasado lavándome las manos.

Aunque seguramente haya visto que entraban después que yo y salían antes.

Y así, casi todos los días.

No cuento el fin de semana, claro.

Pero no digo nada. Nunca digo nada. No quiero ser un lastre para nadie.

Esta tarde vamos a tomar unos batidos y la verdad es que no tengo ganas de salir. Pero Ethan se va en unos días, al menos quiero verle mientras esté aquí. Habíamos quedado a las 17, así que tenía tiempo de comer, pegarme una ducha para espabilarme y pasar la tarde con Ethan y Erika.

A las 16:45 salgo de casa y me dirijo a la iglesia, que es donde habíamos quedado este medio día por WhatsApp. Llego sobre las 17 en punto y espero a que vengan; a los pocos minutos, Ethan llega primero.

—Ey —saluda acercándose a mí—. ¿Llevas mucho esperando? ¿Ha llegado Erika?

Mira hacia los laterales y a mí me invade un sentimiento que creí que nunca sentiría: ¿celos? ¿celos de qué? Como si no tuviera el derecho de salir con quien quiera, ¿no?

—Hola —le respondo yo, intentando sonreír—. No, todavía no ha llegado.

Él se acerca más para darme dos besos, los cuales siempre me dan un calambre especial, no del desagradable, ni del que duele, sino más bien del que viaja a todo el cuerpo y te deja la piel de gallina. Cuando me separo un poco, la veo a lo lejos, casi corriendo hacia nosotros.

—Mira, ahí viene. —Señalo con la cabeza.

Ethan se gira hacia la dirección donde mis ojos miran. En segundos nos alcanza, casi jadeando.

—¿Llego muy tarde? —pregunta en tono angustioso, casi doblándose para respirar. Yo le pongo una mano en el hombro.

—Qué va, tranquila —le digo para tranquilizarla.

Ella se endereza de nuevo, todavía con las manos en las caderas y yo aparto la mano para que no le moleste.

—Llegas a tiempo, Ethan también acaba de llegar —la tranquilizo con una sonrisa amable.

De repente, me siento mal por haber sentido esos celos que no tienen sentido ninguno.

—Menos mal —dice con una risa de disculpa—. Ya creía que llegaba tarde.

Empieza a andar; Ethan y yo comenzamos a caminar con ella.

Llegamos a la cafetería en unos 10 minutos, mientras escucho conversaciones entre Ethan y Erika; ni me he dado cuenta, si soy sincera.

Francamente, hoy no estoy muy habladora ni atenta, así que intento hacerlo lo mejor que puedo.

Nos sentamos en una mesa de cuatro para tener espacio y empezamos a tomarnos los batidos.

—¿Cuándo te vas, dices? —Esa pregunta llama mi atención y pongo las orejas en alto.

Me doy cuenta, al mirar hacia arriba, que Ethan me estaba mirando y que desvía la mirada hacia Erika cuando le pregunta por la fecha de su partida hacia Málaga.

—Pues creo que el viernes —dice algo distraído.

Ahora me doy cuenta. Ethan está tan distraído como yo. Habla y contesta con monosílabos o frases cortas, no me había dado cuenta hasta ahora que he empezado a analizar el rato que llevamos juntos esta tarde.

Tengo que preguntárselo.

—¿No tienes ganas de ir? —Él me mira como si por fin me hiciera hablar y parece relajarse un poco.

Ahora me arrepiento de mi actitud. Suspiro y sonrío, para hacerle entender que no pasa nada, como es habitual, pero él no cambia su mirada. No entiendo. ¿Le pasa algo? Antes de seguir hablando, él se adelanta.

—Supongo que sí… —dice pensativo, todavía con su mirada fija en mí, la que hace que otra vez me estremezca—. Echo de menos a mis colegas, pero…

Se queda callado. Yo frunzo el ceño tomando un sorbo de mi batido recién empezado.

—Pero ¿qué?

Se la debo. Por lo que me sonsacaba él a mí, sobre todo hace un tiempo. Me toca a mí indagar. Él se tensa en el sitio, luego suspira y se echa hacia atrás con el batido en las manos.

—No, no, será canelita en rama volver a ir —dice al fin.

Ahora soy yo quien se queda pensativa. Algo le angustia, pero ¿el qué? Mi mente empieza a dar vueltas a eso. Mierda. Ahora no.

Para disimular vuelvo a mi batido y le doy otro sorbo, aparentando que estoy de acuerdo con lo que acaba de decir, y lo dejo cerca de mi boca disimuladamente, para intentar taparme un poco. Empiezan las voces.

«No quiere estar aquí, ni él ni ella».

«Pero ¿por qué no van a querer? Si no he hecho nada».

«¿Porque se aburren? Quién sabe, tal vez porque no les aportas nada realmente y eres un estorbo para ellos, siempre teniendo que defenderte».

«Pero nunca se lo pedí, ni a él ni a ella, no realmente».

«No sabían cómo eras, pero ahora que más o menos te conocen, seguro que han cambiado de opinión y ya no quieren saber nada de ti».

«¿Tú qué sabes?».

“¿No te das cuenta? Te…».

—Alex. —Escucho que me llama Ethan—. ¿Te pasa algo?

«¿Te pasa algo a ti?».

—No, estoy bien —miento—. Ya son las ocho, y mi madre me dijo que hoy fuera pronto para casa. Iré tirando, si queréis quedaros un rato más.

Seguro que es mejor para ellos dejarlos solos. Les sonrío como puedo.

—Voy a pagar. —Me levanto y me dirijo hacia la caja.

Cuando pago y me dan el cambio, salgo fuera para que por fin me dé el aire fresquito de diciembre. Cojo aire con los ojos cerrados para que ofrezca un poco de cordura ante mis voces, que aún suenan. Cuando voy a empezar a caminar, se abre la puerta de nuevo.

Ethan.

—Te acompaño a casa.