41 Ethan
Me encanta su terraza. Es muy grande y bonita. Estamos tomando el café en unas butacas de terraza, y no veas lo a gusto que se está. Estamos así unos minutos, disfrutando un momento de la brisa, relajándonos un poco de la situación que acabamos de vivir. Después de un rato, vuelvo a hablar.
—Solo falta un perro —le digo entre risas, ella ríe un poco también sin responder, aunque veo su sonrisa por el rabillo del ojo. Luego deja de sonreír otra vez y parece pensativa.
—Entiendo que tengas miedo a decirlo. —Ella me mira, sorprendida por haberle leído la mente—. Pero hay que actuar, Alex. No soy una persona que se quede de brazos cruzados ante injusticias. Quiero hacer las cosas bien, como debe ser.
Alex mira al frente otra vez y suspira.
—Seré la chivata. —Eso es verdad.
—Lo seremos los dos —le rectifico—. Lo que me preocupa es que digan que fue fuera de horario escolar y se laven las manos.
No lo quiero decir, pero va a ser así. Por mucho que sea en sus puertas, los institutos son así de asquerosos.
Unas dos horas más tarde llego a casa y tengo que dar explicaciones.
—Alex, la amiga de la que te hablé que conocí en clase, no vino hoy, quise saber qué le pasaba y fui a su casa —me excuso—. Tardé en avisarte porque estuve hablando con ella y me invitó a comer para agradecérmelo.
Mi madre levanta las cejas, algo escéptica, pero si hay algo bueno que tengo, es que nunca miento, así que me cree enseguida.
—Vaya —dice ella—. Así que te invitó a comer.
Lo último lo suelta con una sonrisa torcida algo pícara. La verdad es que no estoy muy para bromas y no sonrío. Aunque me gustaría, porque tiene razón.
No sé qué tiene esta chica, pero hace que me sienta diferente. Nunca me había pasado eso. Mi madre se pone seria por el hecho de no verme sonreír.
—¿Ha pasado algo? —me pregunta y, a juzgar por cómo me mira, quiere una respuesta seria.
Yo suspiro, pensando si contárselo o no, porque es algo de Alex. Aunque…
—Si supieras que han pegado a alguien, ¿qué harías? —Mi madre levanta las cejas, tanto, que si pudiera lo haría hasta el techo.
—¿Es una pregunta hipotética? —Me quedo pensativo entrecerrando los ojos.
—Mmm…—Me rindo con un suspiro—. No. No lo es.
Ella asiente, visiblemente satisfecha por decirle la verdad. Ahora toca el interrogatorio.
—¿A quién han pegado? —Ahí está la primera cuestión.
Yo suspiro otra vez, pensando si he hecho bien en decirlo. Pero ahora ya está. ¿Cómo lo hace para conseguir que siempre le cuente todo?
—A Alex. —Se me hace un nudo en el estómago cada vez que me acuerdo. A mi madre se le cambia la cara a la preocupación, y yo sigo hablando—. No sabía por qué no había venido, y resulta que vino, pero se fue antes de las clases otra vez, cuando fui a su casa, supe el porqué.
Mi madre no es una psicóloga, pero te aseguro que sabe escuchar.
—Madre mía, pero ¿está bien? —Yo asiento sin decir una palabra—. ¿Su madre lo sabe?
Vuelvo a asentir. Mi madre respira, algo más tranquila.
—Lo diría a quien hay que decírselo —responde a la primera pregunta.
Yo la miro.
—Es lo que haremos mañana, pero ella tiene miedo —le cuento.
—Creo que, aunque nos de rabia, Ethan, es normal que se sienta así —me dice dulcemente.
Yo asiento, y se me está volviendo a crear el nudo en la garganta. Trago saliva.
—Lo sé. —Lo único que alcanzo a decir por un segundo—. Yo iré con ella, y creo que su madre también.
—Eso es bueno. Tiene gente que la va a ayudar. Eso es lo importante, cariño.
Suspiro, pensando que eso es verdad. Hablando de «gente», caigo en la cuenta de algo, agarro mi móvil y el papel de mi bolsillo izquierdo con un número de teléfono. Mi madre me mira interrogante.
—Una compañera estaba también preocupada y me dio su número para que le dijera cualquier cosa —le explico—. Voy a enviarle un mensaje, creo que lo estará esperando.
Ella asiente, comprendiendo.
—Claro, tú mismo —dice con un gesto de la mano.
Yo sonrío en agradecimiento.
Me centro en la pantalla del teléfono y apunto el número de Erika. Que, por cierto, tengo el de Erika, y aún no tengo EL SUYO. Eso me hace reír, negando con la cabeza. ¿Por qué nunca se lo pido? Una oleada repentina de calor me sube por el cuerpo, diciéndome el porqué.
¿Desde cuándo me da vergüenza pedirle el teléfono a alguien?