40 Alex
—Creo que… debería irme —Empieza Ethan casi en un balbuceo tímido.
Me levanto al escucharle.
—Os dejaré charlar tranquilas —prosigue empezando a despedirse.
Sé que quiere dejarnos solas, dado el momento, pero tampoco es motivo para que se vaya. No quiero que se vaya, no aún.
—Aún no te has tomado el café —improviso—. ¿Te apetece?
Me da miedo que vea la súplica en mis ojos, pero no puedo evitarlo. Él parece pensárselo, mirándome, hasta que al final la ve, asintiendo unos segundos después.
—¿Seguro? —me pregunta insistente.
Yo asiento con una sonrisa al ver que mi madre asiente detrás de él con energía, cosa que casi me hace reír.
—Claro —acaba por responder.
Casi suspiro de alivio aún con la sonrisa en la cara.
—Bueno, yo voy a comer —dice mi madre—. Vosotros a lo vuestro.
Me guiña un ojo. Por Dios. Me sonrojo y me arden las mejillas mientras niego con la cabeza. Le señalo a Ethan la cocina antes de empezar a caminar, pero él me agarra del codo para llamar mi atención y yo me giro, interrogante.
—Creo que deberías decirle lo del baño, antes de que lo vea ella misma y se asuste —me advierte en un susurro alzando las cejas.
Yo me quedo pensando un momento y luego caigo en la cuenta de lo que dice. Es verdad. Suspiro y le miro, asintiendo.
—Mamá. —Ella ya está en la cocina y se gira, esperando que continúe. Está preparando la cafetera—. Yo no me he hecho daño, pero el espejo del baño… está roto.
Siento la mano de Ethan en mi espalda, como para reconfortarme, y lo hace tan bien...
No sé qué será esto, pero es una sensación que me inunda paz; el saber que hay alguien se preocupa, que está contigo.
Le conozco desde hace una semana y poco, pero es lo que siento, y hoy me voy a dejar llevar por mis sentimientos.
Mi madre coge el plato y se va al comedor. Ethan y yo nos quedamos en la cocina, esperando la cafetera. Hay un silencio nada incómodo mientras esperamos, hasta que hablo.
—¿Te gusta con leche? —le pregunto abriendo la nevera y mirándolo interrogante.
—Sí, con leche está bien —me contesta con una sonrisa.
De repente, el corazón me late más deprisa, con esa sonrisa que parece que ilumina los días grises. Mis días grises.
—Genial —logro responder cuando mi corazón me deja no tartamudear—. ¿Alguna en especial?
No sé por qué le pregunto eso, solo tengo desnatada o semi .
—La que tengas está bien —me garantiza.
La cafetera empieza a sonar con el café hirviendo.
—¿Lo apago? —Yo asiento.
—Dale el botón de encendido —le informo mientras saco la leche de la nevera. Él asiente y lo hace, mientras observo que le da al correcto—. ¿Está todo apagado?
Se aparta y señala, interrogante. Yo asiento.
—Ya está, gracias —añado con una sonrisa de agradecimiento agarrando unas tazas.
Le ofrezco una y la acepta. Tomo la cafetera con cuidado; faltaría que ahora la liara quemándonos o algo por el estilo, aunque sería típico de mí, pero bueno, esperemos que no.
Sin incidencias, dejo la cafetera en un posavasos ancho y le pido la taza a Ethan. Él me la da.
—Tú me dirás —le digo echando café en ella.
Echo hasta que él me frena.
—Ya. —Me detengo—. Gracias.
Le ofrezco una sonrisa como respuesta y pongo café en la mía, echando después la leche. Lo guío a la terraza.
—Ala, que bonita —me dice impresionado.
Yo sonrío, algo tímida.
—¿Te gusta? —le pregunto—. Es grande, la verdad.
Continúo sin saber que más decir. Uf, esto se me da fatal.
—Sí, es enorme, la verdad, ya me gustaría tener una así —dice mirando alrededor.
Le señalo una silla de terraza.
—Puedes sentarte si quieres —le ofrezco, sentándome yo en otra.
Se sienta en la que está a mi lado.
—Guau, estaría aquí TODAS las tardes de verano, en serio.
«Y las que quieras».
Yo le miro, pero no sé qué decir. No quiero estropear nada por culpa de las palabras. Él tampoco sigue hablando. Y así nos quedamos, sin hablar, tomando el café, sin necesidad de palabras.
Sin necesidad de entablar una conversación obligatoria.
Sin necesidad de que eso moleste.