38 Alex
Ethan se queda pálido. Incluso parece no creérselo.
—¿Perdón? —pregunta cuando se recompone un poco, con el ceño fruncido e inclinando la cabeza hacia un lado.
No quería que lo supiera, pero su manera de decirme las cosas, su manera de entender (no sé cómo cojones lo hace) lo que siento hace que merezca que me abra casi por completo con él. Espera una respuesta y, con un nudo en la garganta, se la doy tragando saliva sonoramente.
—No sé cómo, pero se enteraron de que quedamos —digo intentado que no se me quiebre la voz, aunque poco me falta para ello, por la forma en que me mira—. Y parece que no les gustó la idea.
—Sigo sin entenderlo —dice él aún desconcertado— ¿A quién coño le importa con quién quedes? ¿O con quién quede yo?
—Te invitaron a la fiesta, y no ir solo por quedar conmigo…
—¿Solo? —Cada vez está más indignado.
Parece estar sin palabras, o simplemente diría de todo, pero se está controlando. Probablemente, por su cara, es más lo segundo.
—Da igual, Ethan —le resto importancia y cuando hago eso él suspira de indignación y se echa hacia atrás en la silla, poniendo las manos en la cabeza—. El caso es que me han querido dejar claro que no puedo salir con nadie.
«¿He dicho salir con alguien?».
—Bueno, ya sabes… —murmuro.
No sé qué decir. Me sube el calor por las mejillas. Ethan tiene los puños apretados, tanto que se le han emblanquecido por la presión.
—¿Ethan? —Ahora soy yo la que está preocupada.
Tiene también los ojos cerrados.
—Dame un momento —me dice tenso, sin abrirlos. Yo cierro la boca al instante. Unos segundos más tarde, continúa—. Estoy intentando no perder los nervios. Estoy intentando contar hasta diez y no soltarle cuatro cosas mañana a esas tres.
Me quedo sin habla, callada. No sé cómo arreglar esto. Me siento mal por habérselo dicho, por hacer que se sienta culpable, porque la que es culpable soy yo, por creer que podría quedar con alguien tranquilamente. Joder.
—Ethan, lo siento… yo…—empiezo a decir. En ese instante me mira. Y su mirada me impacta tanto que me callo de nuevo.
—Solo contéstame a algo simple —empieza—. ¿Por qué coño tienes tú que pedir perdón, cuando las que tendrían que pedirlo son ellas?
No tengo una respuesta, la verdad. Como no contesto, él vuelve hacia delante, pasándose una mano por la cara suspirando y apoya el codo en la mesa, poniéndose una mano en la barbilla para sujetarse la cabeza. Pasan unos segundos en los que seguimos sin decir nada, él niega con la cabeza y habla.
—Ojalá lo hubiera sabido. —Sigo sin poder hablar. Tengo un nudo en la garganta que no me deja. Quiero, pero no puedo—. Si hubiera llegado antes, tal vez no te hubiera pasado esto.
Joder. No puede sentirse culpable, él no. Abro la boca y por fin salen lo que creo que son palabras, aunque susurradas.
—No —logro decir, con un hilo de voz—. No quería que te sintieras así. No quería que te sintieras culpable.
Se me quiebra la voz sin poder evitarlo. Ethan se pasa una mano por la cara suspirando, frustrado.
—No puedes evitarlo —espeta y yo le miro—. Salimos a dar una vuelta, ¿y qué? ¿a quién le importa con quién salgas? ¿quién tiene el derecho de decirte a ti o a cualquiera con quién salir?
Se echa otra vez hacia atrás en la silla, cruzándose de brazos, y yo me quedo en silencio unos segundos. Luego hablo.
—Solo quería quedar contigo y hacer un amigo. —Mi boca dice toda la frase antes de pensarla, y luego casi me arrepiento por la vergüenza—. Supongo que no les sentó bien que rechazaras su súper invitación.
Lo último lo digo casi riéndome, aunque una lágrima baja por mi mejilla y la limpio rápidamente, sintiéndome estúpida de repente.
—Pues que les jodan —me responde Ethan encogiéndose de hombros.
Agarra una servilleta de papel y me la ofrece. Se ha dado cuenta. Yo la tomo y nuestras manos se rozan mientras se separan de nuevo.
—Yo también quería quedar contigo, Alex, y no me arrepiento.
Yo sonrío negando con la cabeza mientras me paso la mano por la cara secándome los ojos.
Él me sonríe también, y Dios, es una sonrisa tan bonita…
Tiene tanta paz. Un pequeño hoyuelo aparece, me quedo sin aliento unos segundos y aparto la mirada, azorada.
Él iba a hablar de nuevo, pero se escucha la puerta de casa abrirse. Mierda.
Mi madre.