Ayúdame a salir 37 Ethan
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37 Ethan

Alex me ha invitado a comer. Estoy más nervioso por la invitación que por lo que ha pasado, si soy sincero.

Creo que ella quería hacer algo para agradecerme lo que he hecho, aunque no hace falta, y no sabía bien ni qué decirme.

Estamos preparando la mesa y aún la veo algo sonrojada mientras lo hace, creo que tampoco se esperaba que dijera que sí.

Seguro que pensó que diría que mejor otro día y me iría a mi casa.

Cuando dije que por mí no había problema ni siquiera se sorprendió, más que nada no sabía qué hacer, y eso me dio mucha ternura, al verla tan tímida e intentando saber qué decir.

Quería distraerla, que no pensara en lo que ha pasado, aunque solo fuese por un rato.

No me acordaba de que tenía hambre hasta que empezamos a comer, la verdad.

Tenemos cada uno un plato de estofado que había hecho su madre; Alex come aún con la timidez de antes, algo que genera en mí una gran ternura.

No entiendo realmente qué ha pasado, qué hablaron con ella esas tres, ni qué motivos ha habido para lo que han hecho (que no debería haber ninguno en ninguna circunstancia, por cierto).

Pensar en todo eso me vuelve a encender por dentro, la rabia me sube por el estómago, así que apago la mecha que me hace arder por un momento y me centro en el presente.

—¿Pensabas comer, aunque no estuviera yo? —le pregunto metiéndome una cucharada de estofado en la boca, no sin antes soplar. Esto quema una pechá .

—La verdad es que no lo sé —me responde pensativa bebiendo un trago de agua—. Estaba viendo la tele sin darme cuenta ni del tiempo, si te soy sincera. Cuando has llegado tú, ha sido cuando he vuelto a la realidad.

Ya veo… espero a que continúe hablando, pero no lo hace, así que hablo yo.

—Bueno, a veces solo quieres distraerte con lo que sea con tal de huir del presente. O de la realidad —digo son un suspiro—. La verdad es que lo entiendo.

Ella me mira metiéndose una cucharada en la boca, intentando hacer que no le ha sorprendido el comentario. Cada vez que se sorprende por algo así se me da un vuelco en corazón.

—Solo quieres evadirte y no pensar en nada, aunque no te niego que cuesta una pechá . —Ella me mira desconcertada por mi expresión malagueña, y traduzco rápidamente—. Mucho.

Me río ante su cerebro activándose, porque juro que veo sus neuronas hacer clic otra vez. Ella ríe también, echando la cabeza un poco hacia atrás. Luego vuelve a ponerse seria lentamente.

—Supongo que sí —me dice frunciendo el ceño, mirando el plato. De nuevo quiere añadir algo, pero calla.

Y yo no insisto.

Nunca insisto.

Ella nunca sabrá las ganas que tengo de volver a abrazarla, de decirle que me lo diga, que puede hablar conmigo, que puede llorar otra vez conmigo si quiere.

Que puede confiar en mí.

Pero quiero darle su espacio, no atosigarla, ni mucho menos obligarla a decirme lo que siente.

Ni cuando nos hemos abrazado, o mientras la curaba, o cuando dejábamos las cosas en su sitio, ni cuando he visto el espejo roto del baño, el cual hizo que se me parara un segundo el corazón pensando que podría estar herida.

Simplemente la he dejado hacer lo que quiera, hablar lo que le apetezca y cuando prefiera.

Ella misma elegirá cuándo hablar conmigo, si es que lo hace.

Tampoco sabrá lo mucho que espero que lo haga.

Mierda. Es que nunca me había pasado esto.

Nunca me había sentido así. Nunca me había sentido tan impotente como hoy, excepto con Laura en su momento.

Pero esto es diferente. Estoy sintiendo cosas diferentes.

A Laura, cuando supe lo que pasaba, hacía años que la conocía.

Es mi mejor amiga, ahora y siempre. Con Alex no es así.

La conozco desde hace apenas dos semanas y ya siento la necesidad de protegerla, de estar con ella, de asegurarme de que esté bien. Si hablo con Laura, tal vez…

—¿Todavía lo haces? —me deja tan desconcertado que pestañeo unas cuantas veces antes acordarme de lo que estábamos hablando.

—¿Evadirme, te refieres? —le pregunto para asegurarme.

Ella asiente mirando su plato, casi lleno. Casi no está comiendo, y tengo la necesidad de coger la cuchara y darle yo de comer. Qué estúpido, ¿no?

—No, hace tiempo que dejé de hacerlo —le respondo, después recalcando—. Pista: NO SIRVE DE NADA.

Ella me mira, pero no dice nada, prefiere seguir escuchando. Perfecto.

—Hablo con mi madre, mi padre…

«Mierda».

—Bueno, con mi madre más que mi padre.

La estoy cagando. Niego con la cabeza ante mi estupidez.

—Lo siento, ya sabes a lo que me refiero, supongo —me rindo.

Ella sigue callada, pensando.

—Sí, lo entiendo —responde lentamente—. Sin embargo, yo no tengo padre al que acudir, y mi madre casi siempre anda trabajando. No la culpo, para nada, porque ¿cómo si no saldríamos adelante? Aunque casi no puedo hablar con ella y no tengo amigos, así que…

—Habla conmigo —le disparo.

«Lo siento, si tengo la oportunidad, lo tengo que intentar, ¿no?». Ella me mira con la cabeza de lado con una mezcla de sorpresa y extrañeza.

—Solo si quieres, claro —aclaro rápidamente.

Ya está, le he dejado cuerda para que se abra.

Ella se queda callada un minuto, dos, pero yo no lo dejo pasar.

No voy a hablar. No voy a decir nada hasta que hable ella.

No voy a darle oportunidad de cambiar de tema, a no ser que ella lo decida.

Son dos minutos llenos de una incertidumbre palpable, nuestras miradas verdes y doradas se encuentran una vez, dos, y la suya parece suplicar que lo deje estar, pero la que tiene la palabra es ella, así que, ¿por qué no es ella quien lo deja estar y cambia de tema?

En su mirada, parece caer una parte del muro que tiene construido a conciencia, pero solo un poco. Suspira y parece que se rinde.

Por fin.

—Todo esto es una mierda. —Ala, empezamos fuerte.

—¿Por qué?

—Ni siquiera sé por qué.

—¿Tal vez porque te tratan mal? ¿porque no mereces eso y, aun así, lo hacen? ¿porque saben lo que están creando en ti ahora mismo?

Ella se queda pálida, sé que he dado en el clavo.

—¿Tal vez porque… no sabes ni lo que sientes ahora mismo? —Deja la cuchara a un lado y coge aire cerrando los ojos un momento, luego los abre. Se echa el pelo hacia atrás, sin saber qué más hacer cuando por fin habla.

—¿Cómo lo haces? —Ahora el que se queda en blanco soy yo.

Ella tiene los ojos húmedos, y eso me hace arrepentirme de haber dicho todo eso.

—¿Cómo hago el qué? —No entiendo.

Suspira negando con la cabeza con algo parecido a una sonrisa, lo que me dice que no va a responder a esa pregunta. Señala la herida de la mejilla.

—Fue porque quedamos juntos.