Ayúdame a salir 36 Alex
34%

36 Alex

«Con el miedo no se va a ningún sitio, Alex».

No lo culpo, porque realmente no sabe nada.

Nada de lo que estoy pasando y pasé. Incluso si, en realidad, tiene razón.

Pero él tiene valor, puedo verlo. También se nota que quiere ayudarme y, aunque no entiendo el porqué, se lo agradezco, aun no habiendo nada que él pueda hacer en realidad.

No me esperaba para nada sus reacciones.

Nadie había sido así conmigo y, de repente, llega sin importarle nada, sin casi conocerme, y no duda en hablar conmigo, en querer conocerme, en quedar conmigo, en venir a verme aprendiéndose el camino solo con acompañarme una vez, para saber qué me había pasado, en curarme la herida de la mejilla... Tampoco ha dudado en abrazarme.

—¿En qué piensas? —Vuelvo a estar presente y me centro en su mirada dorada.

Sonrío imperceptiblemente.

—En muchas cosas —le respondo.

Él parece que no va a decir nada al respecto, y es un alivio. Hace ademán de empezar a levantarse.

—¿Dónde tienes la basura? —me pregunta. De repente, al verlo coger el desinfectante, me acuerdo del baño—. Y… ¿para dejar el desinfectante?

Menos mal que he ido yo a buscarlo. Bueno, ahora verá el desastre, aunque ya, ¿qué más da? Él ha visto más de mí que cualquier otra persona desde hace mucho. Solo mi madre me conoce más que él.

—Aquí. —Me sigue a la cocina y abro la basura.

Él tira las gasas y luego me acompaña al baño. Entro dentro y él entra detrás. Espero su reacción a su lado sin mirarle, algo avergonzada.

—¿Qué coño ha pasado aquí? —me pregunta mientras señala el espejo girándose hacia mí.

Sin saber qué contestar me encojo de hombros. Veo que me mira las manos con las cejas juntas, pero unos segundos después, se le relaja la cara. Yo me extraño.

—Has sido tú, ¿verdad? —Yo asiento casi mirando al suelo.

—La verdad, ni me acordaba —respondo algo nerviosa y me apresuro a aclarar—. Me sabe mal que hayas tenido que ver el espejo así. No me ha pasado nunca.

Él levanta los brazos, como si no quisiera pelearse.

—No te estoy juzgando, Alex —dice rápidamente—. No eres la única que ha hecho estas cosas, créeme. Lo bueno es que no ha sido con tus puños.

Yo, por instinto, entrelazo las manos, negando con la cabeza.

—Con el jabonero —le digo, esperando que lo entienda.

Él no dice nada, pero veo que al principio parece desconcertado, aunque después hace un atisbo de sonrisa que se me pega, y me hace sonreír de la misma manera.

Nos quedamos así unos segundos, callados, y después suspiro, poniendo fin al silencio, aunque no fuese incómodo.

—¿Vamos al comedor? —le pregunto algo nerviosa.

No son los nervios de antes. No sé por qué, la temperatura de mi cuerpo aumenta un poco mientras él asiente y me rodea para salir del baño.

Cuando sale, yo suelto el aire, como si lo hubiese estado aguantándolo mientras él pasaba por mi lado.

¿Qué me pasa? Niego con la cabeza y le sigo, aún notando mis mejillas calientes.

Al llegar con él al comedor, vuelvo a hablar, esta vez más en la Tierra.

—Gracias por todo —le digo sentándome en el sofá.

Él se sienta en la silla de antes de cara a mí. No digo nada más. No sabría que más decir.

—No tienes que dármelas —me responde.

Tampoco dice nada más. De repente, me doy cuenta que solo son las 15:30. Le miro algo conmocionada.

—¿Has comido? —le pregunto.

Con la hora que es, ha tenido que venir directo del instituto. Él me mira con sorpresa, como si no se hubiera dado cuenta de eso. ¿En serio? Yo abro la boca impactada y la vuelvo a cerrar. Luego hablo.

—¿En serio has venido directo del instituto? ¿Por qué? —le pregunto, aún sorprendida.

—Pues no, no he comido —me dice pasándose una mano con la cabeza, algo avergonzado—. Es que… no sé.

Parece no saber bien qué decir o cómo decirlo. Luego suspira, como si se rindiera.

—La verdad es que estaba preocupado.

Yo le miro con emoción contenida. ¿Preocupado por qué? Bien podría estar enferma o… no sé. Pero la verdad es que aún no sé cómo es que ha venido tan pronto, tan de improvisto.

—¿Preocupado? —La misma pregunta que estallaba en mi mente sale de mis labios—. ¿Por qué?

—Erika te vio esta mañana —reconoce—. ¿Sabes quién es?

Asiento.

—Fue ella quien me dijo que te vio hablando con Sandra y estas. —Yo me tenso en el sofá—. Y sabía que eso no podía ser bueno, por la forma en que tratan a según qué gente. Por eso decidí venir a verte directamente. La verdad es que ni pensé en eso.

Ríe un poco nervioso. Yo sonrío también. A los segundos, carraspeo, rascándome un lado de la cabeza.

—Creo que tengo algo de comida para los dos… —empiezo a decir. Acto seguido me arrepiento—. Bueno, era una idea… supongo que querrás irte a casa.

Me contradigo haciéndome un lio yo sola. Mierda, no sé qué estoy haciendo. Él se ríe ante mis contradicciones. Yo le miro desconcertada y, antes de que pueda hablar, me dice:

—Por mi vale, si no es problema. —Me sonríe con afecto—. ¿Tampoco has comido?

«Vale. ¿Ahora qué? Piensa». Me quedo mirando a un punto fijo sin saber bien qué contestar.

—Vale —digo al fin levantando las cejas—. Eh… No he comido, aún no.

Aunque no tenga mucha hambre, algo sí comería. Además, es súper tarde, tendré que comer algo.

—Perfecto —contesta él empezando a moverse—. Te ayudo a poner la mesa si me dices dónde están las cosas.