Ayúdame a salir 35 Ethan
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35 Ethan

No he podido evitarlo. Verla intentando no llorar, sintiéndose culpable, con la cabeza agachada, como si esperara que la regañaran por algo que ha hecho mal.

La he abrazado. Ella se queda inmóvil unos segundos y, después, parece rendirse, porque me devuelve el abrazo y llora.

No sé qué debe sentir ahora mismo, pero me apuesto lo que sea que no se esperaba esto.

Se me cae el alma a los pies. Parece una niña pequeña ahora mismo y, de repente, solo quiero acunarla, calmarla, decirle que todo va a estar bien… Pero ni siquiera me salen las palabras.

Nos quedamos así unos minutos, mientras ella sigue llorando. Cuando parece calmarse, me atrevo a dejarla ir un poco. Me separo de ella lo justo, pero no la suelto. Todavía no.

—¿Quieres que entremos? —le pregunto en un susurro casi inaudible.

Ella asiente, nos separamos del todo y me deja entrar, entrando ella después y cerrando la puerta. Yo me quedo un momento observándola. Y, aunque parece estar más tranquila, se lo pregunto para asegurarme.

—¿Estás mejor? —Ella me mira y, al cabo de unos instantes, hace algo parecido a una sonrisa.

—Debo estar horrible ahora mismo —dice negando la cabeza mirando hacia abajo, pasándose las manos por la cara, azorada—. Lo siento.

—Me sorprende la cantidad de veces que puedes llegar a pedir perdón. —Suspiro y me río un poco. A ella parece acentuársele más la sonrisa—. A veces, uno necesita llorar.

Ella me mira, aún con los ojos rojos. Le miro la herida de nuevo. Intento ignorar la rabia que vuelve a invadirme y suspiro cerrando los ojos por un momento.

—¿Tienes algo para curarte eso? —le pregunto, sustituyendo la rabia por la atención. Ella asiente.

Al cabo del rato, estamos en el comedor, sentados uno en frente del otro, ella mirándome de frente, esperando que le cure la herida. Yo pongo desinfectante en una gasa que me ha dado Alex.

—Igual te escuece —le advierto. Ella asiente y yo le poso la gasa empapada con el producto en la herida. Ella suelta un quejido, pero no se aparta—. ¿Te duele?

Muevo la gasa ante su queja. La rabia vuelve a subir y me acalora. Ella niega con la cabeza. Yo vuelvo a darle toques con la gasa en la herida.

—Solo escuece.

—Ya verás mañana —se me escapa con suspiro de indignación. Niego con la cabeza e intento volver a calmarme. De repente, caigo en la cuenta de que una bofetada no deja esa herida si no es muy, muy fuerte. Frunzo el ceño—. ¿Con qué narices ha sido esto?

No quiero hacérselo recordar, pero la verdad es que me gustaría saberlo para decírselo mañana al director.

Ella me está mirando a los ojos desde que me senté en frente de ella, y ahora soy yo el que levanta la mirada hacia la suya, clavando en ellos una súplica para que me conteste. Parece vacilar, pero por fin contesta.

—Creo que un anillo, pero no me fijé bien.

Yo asiento suspirando. Tiene sentido.

De improvisto, me veo negando otra vez con la cabeza, mientras dejo la gasa a un lado.

—Ya está, mucho mejor. —Le sonrío con afecto.

Ella me devuelve una sonrisa cansada, pero llena de agradecimiento y se levanta. Me levanto yo también y veo que se sienta en el sofá, como agotada, cerrando los ojos. Yo me siento en la silla donde ella estaba antes.

—Tenemos que decirlo. —No aguanto más. Ella los abre de nuevo y me mira, extrañada—. No puede ser que esto quede así, Alex.

«Se lo diré yo mismo si ella tiene miedo».

—¿Crees de verdad que sirva de algo? —Yo suelto aire. Voy a hablar, pero ella continúa—: Ya habló mi madre, ¿y qué conseguimos? Nada. Literalmente, nada.

—¿Cómo es posible que no hicieran nada? —Miro al suelo, frustrado.

Me creo que la madre de Alex haya hablado con el director, pero ¿de verdad? ¿no hicieron nada? No me sorprende que también me lo crea.

—No lo sé, y no me como la cabeza pensando en eso, la verdad —responde—. Cuando mi madre habló con el director, él le dijo que hablaría con los responsables. Que yo sepa todo sigue igual, nadie cambió de comportamiento, nadie pareció ser diferente conmigo. ¿Qué te dice eso?

Que no habló con nadie… o que pasaron olímpicamente del director, que es lo más probable.

—Seguramente pasaron de él —repito en voz alta.

También suspirando, me inclino hacia atrás en la silla para acomodarme más y cruzo los brazos en el pecho.

—Hay que decirlo igualmente, Alex —continúo—. Esto se pasa de madre.

Descruzo los brazos un momento para señalarle la cara. Ella mira hacia abajo y no contesta.

—Te acompañaré, si es lo que te preocupa. No vas a ir sola. —Ella levanta la cabeza y vuelve a mirarme, sorprendida.

Despega los labios por fin. Y dice algo que hace que por tercera vez se me caiga el alma a los pies.

—Me da miedo. —Cierro los ojos un instante, suspirando.

Me lo imaginaba. Me levanto y voy hacia ella. Me agacho en frente suyo y la miro a los ojos. Ella me devuelve la mirada y veo ese pavor.

—Con el miedo no se va a ningún sitio, Alex —le repito las mismas palabras que le dije a Erika.

Ella me sigue mirando, sus ojos verdes expresan algo parecido a un ruego. Yo suspiro, negando con la cabeza y mirando hacia abajo un momento. Luego vuelvo a mirarla.

—Entiendo que tengas miedo. De verdad, pero no puedes dejar que te hagan esto y simplemente no hacer nada —continúo.

Intento que mi mirada sea intensa para que me entienda.

—No puedo simplemente curarte, estar ahí para ti y no hacer nada. Sería… sería de mal amigo. —Esta vez hablo también para mí mismo.

No puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo lo que ha pasado. Ella continúa callada, escuchando atentamente mis palabras.

—¿Lo entiendes? —le pregunto, serio.

No contesta rápido y, al cabo de unos instantes, asiente con la cabeza, casi imperceptiblemente. Yo también asiento, a modo de consuelo. Me doy cuenta de que su por su cabeza parecen pasar millones de pensamientos.

—¿En qué piensas? —Ella parece prestarme atención de nuevo. Abre la boca para hablar.

—En muchas cosas —responde con un atisbo de sonrisa. Yo no insisto.

—¿Dónde tienes la basura? —le pregunto, levantándome. Ella se tensa un poco, pero me guía a la cocina y me señala el cubo—. Y… ¿para dejar el desinfectante?

—Aquí —suspira.

Tiro las gasas empapadas y luego acompaño a Alex al lavabo a dejar el objeto.

—¿Qué coño ha pasado aquí? —le pregunto volviéndome hacia ella señalando el espejo.

Ella está tensa, pero solo se encoge de hombros, sin decir nada. Frunzo el ceño y mi vista se va hacia sus manos, en busca de heridas, pero no las hay, casi suspiro de alivio.

—Has sido tú, ¿verdad? —continúo.

No tiene que avergonzarse. No cuando a mucha gente le pasa. Ella tarda, pero asiente.

—La verdad, ni me acordaba, me sabe mal que hayas tenido que ver el espejo así. No me ha pasado nunca —me dice rápidamente, justificándose.

Yo levanto los brazos, en señal de paz.

—No te estoy juzgando, Alex —le digo también rápido—. No eres la única que ha hecho estas cosas, créeme.

Continúo bajando los brazos y cruzándolos en el pecho.

—Lo bueno es que no ha sido con tus puños —digo señalando sus manos con la cabeza.

Ella las entrelaza por instinto y niega con la cabeza.

—Con el jabonero —me dice.

Yo casi me río, pero solo me sale un intento de sonrisa. Ella parece verla, porque pone el mismo gesto.