34 Alex
Tiro los cristales a la basura. Mi madre me va a matar.
Después de llorar una hora seguida en el puto baño por fin me levanté, me lavé la cara como pude esquivando los cristales del suelo y me fui a la cocina a por la escoba y el recogedor.
He dejado de llorar, porque por hoy ya no hay más lágrimas que sacar o porque la rabia que siento no me deja hacerlo.
Con la cara lavada y todo, se ve claro el puto puñetazo que me han dado.
Bueno, ella. En mi interior sabía que no debía quedar con Ethan.
Muy dentro de mí algo me decía que esto iba a acabar mal.
Y así ha sido.
Después de esto no sé si podré volver a mirar a Ethan a la cara.
Todo lo que sentí al volver a casa, la felicidad que empezaba a asomar por la rendija de un túnel oscuro, la esperanza...
Todo se ha marchado esta mañana. Tal vez hice bien en darme la oportunidad, pero ya no.
Me ha quedado claro que no puedo ser feliz.
Cualquier indicio de ello, se entierra como si no lo mereciera.
Me paso la mañana tirada en el sofá, viendo la tele para distraerme y no pensar en nada.
No sé ni qué hora es cuando de repente pican al timbre y me sacan de mi trance.
Frunzo el ceño, extrañada. ¿Quién será? Me levanto y miro el reloj de la cocina.
Las tres de la tarde pasadas. El corazón me late un poco más deprisa y el miedo me invade, porque coincide con el horario escolar.
¿Ellas otra vez? No creo… ¿o sí? Dudo un momento.
Estoy dentro, así que mientras no abra, no creo que pase nada.
Cojo el telefonillo y contesto, insegura.
—¿Quién? —pregunto.
—Hola. —Mi corazón deja de latir por un segundo—. Soy Ethan.
Parece tímido. No me creo que haya venido. Me quedo muda.
—No has venido a clases y quería…—Se queda callado y después continúa—. Saber qué ha pasado.
Yo sigo sin hablar. No tiene ni idea de nada. Y es lo mejor.
—No ha pasado nada —le respondo al fin con voz neutra.
«Por favor, no me hagas esto. Vete». Lo oigo suspirar.
—Alex… sé que esta mañana has venido a clases, pero te has ido. —Me da un vuelco el corazón. ¿Lo sabe? —Y también sé que Sandra y las demás estaban contigo. Por favor. Quiero saber qué ha pasado.
Otro vuelco. Sí, lo sabe. ¿pero cómo? ¿me vio? Yo no lo vi a él, y siempre llega más tarde, ¿cómo lo sabe? Me recompongo y pienso en otro hecho. Ha venido hasta aquí... ¿para verme? No lo entiendo.
—¿Y has venido a mi casa solo por eso? —Apoyo la cabeza contra la puerta.
Solo detecto en él preocupación. Preocupación de verdad. Y eso casi me hace llorar.
—Sí. —Cierro los ojos ante una respuesta tan simple, sin necesidad de explicaciones.
Suspiro. No quiero que me vea así. Pero, contradiciéndome a mí misma, no quiero que se vaya.
Vuelvo a cerrar los ojos un momento y, cuando los abro, le doy al botón de abrir la puerta.
De repente, el corazón me va a mil por hora.
No sé qué dirá. Supongo que me dirá que no merece la pena, que podría haberme quedado igual.
Me dirá que igual exagero, que son cosas que pasan.
Y, de repente, otra vez no quiero verlo. Pero ya es tarde, está entrando. He abierto la puerta de casa y le estoy esperando, consciente de que no me vea, al menos todavía, la herida de la mejilla. Cuanto más se acerca, más rápido me va el corazón y más ganas tengo de llorar. Pero no, no lo haré.
—Hola —me dice como siempre, sonriente—. Aprovecho y te dejo los apuntes de hoy.
Sigo sin decir nada y lo veo fruncir el ceño, sin comprender mi manera de actuar. Por fin le miro directamente y me ve la herida.
Palidece y se le cambia la cara; un gesto que no se descifrar. De pronto, hace algo que no me esperaba. Deja caer la mochila al suelo, se acerca a mí y me agarra con cuidado la barbilla, para inspeccionar la herida con total preocupación, casi jadeando.
—Joder, Alex —dice con respiraciones entrecortadas. Está preocupado de verdad. Yo no puedo dejar de mirarle a sus ojos dorados, aún atónita ante su reacción—. ¿Qué te han hecho?
No sé si quiere que responda a la pregunta, pero la realidad es que no puedo ni hablar ahora mismo. Hago el esfuerzo y, cuando me veo capaz, hablo:
—No es nada —miento—. Estoy bien.
Me zafo sin brusquedad y hago el ademán de entrar en casa, pero él me sujeta el brazo y vuelve a ponerme frente a frente, volviéndose a centrar en mi cara herida.
—Y una mierda, Alex —dice, con un hilo de voz.
Su expresión de culpa me sorprende tanto que duele. Esto no ha sido culpa suya, si no mía.
—Ethan —consigo articular—. No pasa nada, ha sido culpa mía.
Niego con la cabeza, mirando hacia el suelo. No puedo hacer esto. Necesito irme, entrar en casa. Alejarme de todo y de todos.
—¿Cómo va a ser culpa tuya? —dice agarrando la mochila y dejándola a un lado.
Yo sigo mirando al suelo, sin poder mirarle. Él se da cuenta y me levanta otra vez mi cabeza desde la barbilla. No tengo fuerzas para impedirlo. Me encuentro de nuevo con su mirada dorada, y es tan intensa que vuelve a dolerme. Me duele el pecho. Yo no soy nadie, no sé ni por qué lo intento.
—Han sido ellas, ¿verdad? —No hablo. No hace falta. Él niega con la cabeza y da un paso atrás, poniéndose las manos en la cabeza, indignado—. Ahora ya sé por qué te fuiste.
Y ahí la frase mítica: «no tendrías que haberte ido por eso».
—Entiendo que te fueras, pero… ¿por qué no esperaste a que llegara?
Yo abro los ojos, sorprendida. Al cabo de unos instantes, hablo.
—¿Esperarte? —Aún estoy atónita por sus palabras. No sé qué más decir.
Suspira, porque creo se ha dado cuenta.
—Sí, esperarme —me responde, con los brazos a los lados, derrotado—. Podría haber ido contigo a decirlo o, simplemente, si hubieras querido irte, te hubiera acompañado a casa sin problemas.
Yo sigo incrédula. Vuelvo a mirar al suelo, también derrotada.
No puedo hablar. No me salen las palabras.
Me siento mal. Siento que esté pasando esto.
Nadie debería estar a mi lado. Esto es lo que pasa cuando alguien está a mi lado.
Solo quiero llorar, entrar en casa, encerrarme en mi habitación y llorar hasta que no pueda más.
Todos los que han estado a mi lado se han ido por mi culpa.
Mi padre se fue por mi culpa, mi madre está sola por mi culpa y ahora Ethan se irá de mi lado por mi culpa.
Siento que la presión aumenta. El pecho cada vez me duele más.
—Alex… —Yo no contesto. Niego con la cabeza y vuelvo a hacer ademán de irme, pero él me lo impide, otra vez. No quiero derrumbarme aquí. Ethan va a hablar, pero le interrumpo, aún mirando al suelo, porque no quiero que me vea a punto de llorar.
—Tengo que irme —le digo en un susurro entrecortado—. Por favor, vete.
Quiero zafarme, pero tampoco tengo fuerzas, así que tengo que esperar a que él me suelte. Entonces, pasa algo que por nada en el mundo hubiera imaginado. Me abraza.
Me da un abrazo tan fuerte que parece que me vaya a romper en mil pedazos, pero eso no puede ser, porque ya estoy rota. En verdad, lo que parece es que él intenta que con ese abrazo se puedan unir esos pedazos.
Me quedo sin aliento un segundo, dos. Inmóvil. Al final, me derrumbo. Le rodeo la cintura con mis brazos y empiezo a llorar.