Ayúdame a salir 31 Ethan
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31 Ethan

El fin de semana pasó mucho más rápido de lo que quería, la verdad.

En un abrir y cerrar de ojos ya el lunes estaba delante mío.

Salgo a la cocina a beberme el primer café del día y una tostada.

Cuando acabo, cojo las cosas y me dirijo hacia el instituto.

Al menos veré a Alex, y la vuelta no será tan aburrida.

Cuando llego a clase, lo primero que veo raro es que ella aún no ha llegado.

Lo segundo, es que el trío tampoco. Frunzo el ceño mientras me acerco a mi asiento de siempre.

Lo tercero extraño es que, al empezar las clases, Alex no llega, aunque el trío sí.

¿Qué le habrá pasado? Casi me da un infarto al pensar que pudo haberle pasado algo al volver a casa el viernes, pero yo la acompañé, así que mi corazón vuelve a latir y me relajo.

Me tiro las dos horas antes del descanso sin prestar atención.

La cuarta cosa que me escama es la chica de delante mío.

Parece estar nerviosa, y en parte es por eso que tampoco presto atención a las clases.

¿Se puede saber qué cojones pasa hoy? Al estar a punto de acabar la clase de antes del descanso, veo que la chica me mira de reojo, creo que se llama Erika.

Sí, se llama Erika. Parece que, al final, toma valor y, en cuanto suena el timbre y la gente empieza a huir como gacelas de un león, se gira hacia mí. Yo me sorprendo.

—Ethan, ¿verdad? —empieza mientras recoge.

—Sí, eres Erika, ¿verdad? —continúo yo, también recogiendo.

Ella mira alrededor, donde se sientan las tres y vuelve a mirarme.

—Sí, soy Erika —me responde, aún nerviosa. Vale, se acabó.

—¿Qué pasa? —le pregunto seriamente yendo al grano.

Ella suspira. Yo frunzo el ceño.

—No has visto a Alex esta mañana, ¿verdad? —Me estoy poniendo nervioso de verdad. Cojo aire mientras intento calmarme.

—No, no la he visto —digo con calma, esperando que me diga por fin lo que sabe—. ¿Puedes ir al grano?

Mi impaciencia se nota; ella suspira y me contesta.

—Estaba fuera esta mañana, antes de entrar —empieza—. Y la he visto de reojo, pero no estaba sola y, como me ha sorprendido, me he fijado un poco mejor. Creía que estaba contigo, porque ahora siempre va contigo, pero no.

Yo mantengo el ceño fruncido.

—Creo que puedes imaginarte quién estaba con ella.

Mierda.

—¿Estaba con Sandra y las otras? —le pregunto alzando un poco la voz, indignado—. ¿Y no has ido a ver qué pasaba?

Voy a irme con un bufido.

—Justo sonó el timbre y tuve que entrar, Ethan —me responde justificándose.

Aunque no es una justificación válida.

—Con miedo no se va a ningún sitio, Erika. —Ella se queda algo pálida ante mis palabras, porque sabe que tengo razón. Yo sigo mi camino.

No lo ha hecho con mala intención, yo lo sé. Pero me causa mucha indignación el hecho de tener miedo a enfrentarse a quien hay que enfrentarse. Y ella tiene miedo.

Cuando salgo al patio, busco con la mirada a Sandra y compañía, pero no tengo éxito.

Me muevo por varias partes del recinto, pero tampoco.

¿Qué le habrán dicho para que no entre en clase?

¿Qué habrá pasado? La verdad es que estoy preocupado.

Mucho. Después de nuestra conversación del viernes, vi cosas que seguro nadie ha sido capaz de ver, o no han querido verlo, porque ni siquiera se dan la oportunidad de conocerla.

La rabia enciende mi cuerpo e intento controlarla, pero no miento si digo que empiezo a notarme los ojos un poco húmedos.

No sé qué hacer. Vuelvo donde siempre y me siento con un suspiro.

Saco mi bocata y, aun sin tener mucha hambre, me lo como.

Voy mirando por si las veo pasar, pero nada.

Antes de que suene el timbre decido ir a clase, porque no tengo nada que hacer.

La puerta ya está abierta y entro con la esperanza de que estén allí, pero no.

Al cabo de los minutos, veo a Erika entrando por la puerta y se dirige hacia mí.

—Tienes razón. —Yo la miro con cara de sorpresa. Sus expresiones faciales me hacen ver que me lo dice de verdad—. Tenía que haber ido a ver qué pasaba, porque seguro que no sería nada bueno. No te equivocas con lo del miedo.

Yo la miro, escuchando con interés, luego suspiro.

—Siento si he sido brusco. —La verdad es que sí lo fui.

—No, qué va, fuiste claro. —Yo abro un poco la boca y ella continúa hablando—. Tenía miedo de que me hicieran algo a mí por ir a ver qué pasaba, pero por culpa de eso, igual le ha pasado algo a ella.

Frunzo el ceño con preocupación.

—¿De qué son capaces esas tres? —le pregunto un poco abatido.

Ella suspira poniendo la misma cara de preocupación que yo.

—No lo sé, pero son crueles. —Yo cierro un segundo los ojos—. Creo que ya te vas dando cuenta.

«No lo sabes tú bien».

—Sí, puedo hacerme una idea.

Suena el timbre.