Ayúdame a salir 29 Ethan
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29 Ethan

Me siento mejor después de haber hablado de esto con ella.

Espero haberme expresado bien en todo lo que quería decirle, por sus reacciones parece que sí, aunque le cuesta asimilar que sea así.

Estamos subiendo una cuesta enorme que provoca que, al llegar a la cima, ya tenga el corazón en la boca.

Deberían estar prohibidas. Estamos un rato callados durante el ascenso y, cuando recuperamos el aliento, por fin me decido a entablar conversación otra vez.

—Madre mía, con la cuestecita —digo aún sin aliento. Ella ríe. Parece estar acostumbrada a estas cuestas. Yo la miro como si fuera de otro planeta—. ¿No te has cansado? Porque vaya pechá de subir, amiga.

—Es que yo ya estoy acostumbrada —me responde sin dejar de reír—. Cuando lleves más tiempo, ya verás que no te cansas tanto.

—Pues espero que sea así, de verdad —le digo como una súplica.

Mira que no suelo cansarme con estas cosas, pero es tan larga que se hace pesada, las cosas como son.

—Esta parte es súper tranquila —añado.

No se escucha ni un alma. Solo gente con perritos que salen a última hora a pasear.

—Sí, lo es —dice respirando hondo y sacando el aire—. La verdad es que es lo único que me gusta de aquí.

—Entiendo por qué —le digo. Me hubiera gustado que mis padres hubieran encontrado algo por aquí—. Mi zona no está tan mal tampoco, está muy bien ubicada.

—¿Por dónde vives? —me pregunta con interés.

—Creo que la zona se llama Serraparera —le contesto.

—Ah, ya sé —me dice—. No está mal, no. Aunque prefiero tener eso al lado.

Señala al horizonte. Detrás de las casas se ve un bosque bastante grande.

—Ala, ¡sí que es grande! —digo asombrado—. Pero no se aprecia mucho de noche.

—No, no se aprecia, pero sí, es enorme. —Asiente ella—. Allí es donde voy a pasear muchas veces.

—Y tú, ¿dónde vives? —le pregunto mirando las casas y bloques de pisos pequeños que hay.

—Justo bajando todo esto y cruzando la calle —me responde.

Sí que está cerca del bosque, qué suerte. Asiento mientras continuamos caminando. Bajamos las escaleras que hay al lado de lo que parece un instituto. Un momento…

—Vaya, esto es un insti, ¿no? —Lo señalo.

—Sí —afirma.

—Si vives ahí, ¿cómo es que no vienes a este más cercano? —le pregunto con curiosidad.

—Mi madre prefirió en el que estoy ahora —responde.

Bueno, madres. A veces hacen esas cosas. Puede que fuera porque creía que en el otro le iría mejor. Cruzamos la carretera y ella se detiene al llegar a lo que parece un portal.

—Aquí —me dice.

—Ostras, ¿ya? Bueno, pues entonces aquí nos despedimos —le digo con un poco de tristeza.

—Pues sí —responde suspirando—. Gracias por acompañarme, Ethan, te lo agradezco mucho —continúa con una sonrisa. Yo se la devuelvo.

—No tienes que agradecerlo, Alex, es lo mínimo —le respondo—. Bueno, iré tirando también. Nos vemos el lunes.

Ella asiente sonriendo y se despide con la mano.

—Nos vemos. —Entra en el portal.

Yo me despido también con la mano y empiezo a caminar.

Creo que pondré el GPS… Mierda. Vuelo al portal, pero ya no está.

Tendría que haberle pedido el número. Bueno, el lunes intentaré pedírselo.

He estado toda la tarde con ella y ni se me ha ocurrido, y ahora estoy nervioso por pedirle el teléfono.

Las mejillas se me encienden. Niego con la cabeza y continúo mi camino poniendo el GPS.

A los 15 minutos ya casi he llegado a casa.

Pensándolo bien, se me ha hecho corta la tarde de hoy.

Me lo he pasado muy bien. Tampoco hemos hecho nada del otro mundo, pero ha sido muy agradable.

Estaba muy a gusto y me daba pereza irme, la verdad.

Entro en casa y mi madre aún está despierta. Tampoco es tan tarde.

—Hola, mamá —le saludo.

—Hombre, mira quién ha vuelto —me saluda con represalias.

—Tampoco es tan tarde —le reprocho—. Solo son las diez y media, y mañana no hay clases.

Mi madre me mira juzgando y luego suaviza la mirada.

—Bueno, espero que lo hayas pasado bien —dice finalmente. Yo sonrío.

—Sí, la verdad es que sí —le respondo animado. Ella asiente y se levanta. Estaba esperando a que llegara para irse a la cama—. No tendrías que haberme esperado, no hacía falta.

—Una madre, aunque sepa que su hijo está a punto de llegar, se espera —lo dice como si fuera una ley. Yo me río.

—Anda, ya estoy aquí, vete a la cama —le digo echándola del comedor. Ella me da un beso en la mejilla.

—Buenas noches, cariño.

—Buenas noches —le respondo, viendo cómo entra en su cuarto.

Yo hago lo mismo, no sin antes prepararme mi vaso de leche como rutina.

Me pongo el pijama y me siento en la cama para bebérmela.

No sé por qué, pero no puedo quitarme de la cabeza la conversación con Alex.

No sé si es eso o ella. Se me encienden las mejillas otra vez al pensar en ella, cuando sonríe o incluso con su carita triste.

Cuando la veo así, solo quiero hacerla reír.

Me acabo la leche y me tumbo en la cama con un suspiro.

Y lo de su padre… la verdad es que por su cara prefiero no pensar más en ello hasta que Alex se abra y quiera explicarme qué fue lo que pasó, la razón de por qué no está ya con ellas.

Suspiro. ¿Qué me pasa? Lo único que sé es que tengo un instinto protector con ella a niveles alarmantes y nunca me había pasado.

Y también tengo una cosa clara… Esta chica es especial.