Ayúdame a salir 27 Ethan
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27 Ethan

La verdad es que me siento triste. Triste e impotente. Cuando le dije a Alex que quería acompañarla a casa, me miró como si tuviera monos en la cara, cuando, según pienso yo, es una cosa normal querer acompañar a alguien hasta su hogar, y más cuando es de noche.

Ahora estamos de camino a su casa, caminando al lado de la redonda de la C gigante del centro. Ella está algo callada y pensativa, así que decido darle la vuelta a la situación.

—Oye, hagamos algo —le digo y ella me mira extrañada—. Repitamos la tarde de hoy. Me lo he pasado genial, de verdad.

No miento cuando digo eso. Ella sonríe algo tímida y asiente con un gesto casi imperceptible.

—Por mi estaría bien —responde, y parece completamente sincera—. También me lo he pasado muy bien, Ethan. Hacía mucho que no salía de casa de esta manera.

Sonrío de vuelta.

—¿Te refieres a con amigos?

—Sí. Ha sido diferente.

—Pues me alegro de haberte hecho hacer algo distinto. ¿no sales mucho? —le pregunto.

Ella se queda pensativa y algo triste, aunque lo disimula bastante bien.

—No, la verdad —contesta—. Ha sido divertido.

—Pues ya tienes a alguien con quien quedar —le digo animado—. Esperaba encontrar a alguien guay aquí, y menos mal que la he encontrado.

Ella para de caminar, yo hago lo mismo al ver que se detiene y la he adelantado. Me giro hacia ella.

—¿Crees que soy guay? —me pregunta con algo de asombro.

—Te diré una cosa. Soy una persona muy sociable —le cuento—. Pero también sé cuándo alguien me toma el pelo.

Ella me mira con mucho interés y yo continúo hablando, yendo a su lado de nuevo, y los dos empezamos a caminar.

—Igual esta pregunta te remueve. —Ella se tensa a mi lado—. ¿Sabe tu madre que te hacen bullying ?

Ella ya se esperaba esa pregunta, porque no se sorprende. Suspira y contesta.

—Sí.

Yo asiento.

—¿Y los profes? ¿el director?

—En teoría sí.

Niego con la cabeza.

—¿Y no han hecho nada? Es decir, ¿no han hablado con la gente? —continúo indignado.

—Hablaron, sí, pero eso no hizo más que empeorarlo, la verdad. Desde entonces, ya no digo nada. Aunque a veces…

—Te gustaría chillar. —Vuelve a frenar en seco.

—Pues sí.

—Gracias por contármelo —le digo sincero—. No tiene que ser fácil vivir esto.

Ella me dedica una mirada indescifrable, aunque diría que es gratitud.

—Ya te dije el otro día que me podías contar lo que quisieras, y no es fácil contar este tipo de cosas —continúo.

—No lo es —me dice—. No sé por qué te lo estoy contando a ti, si te soy sincera.

—Te entiendo.

—Creo que no del todo —afirma lentamente, y ahora soy yo el sorprendido—. Pero gracias por escucharme, Ethan, de verdad.

—A veces, escuchar es más útil que las acciones. —Ella asiente.

—Sí —afirma.

—¿Desde cuándo lo sufres? El acoso, quiero decir.

—Desde pequeña, pero se agravó bastante en el instituto.

Ella suspira y empezamos a caminar. Tiene que ser horrible vivir algo así y que nadie te escuche. O, lo que es peor, que te escuchen, pero no hagan nada.

—Si te soy sincero, me siento triste e impotente desde que te he dicho que te acompañaba a casa —confieso—. Me da rabia que no lo veas como algo normal, aunque lo es.

Ella se sorprende.

—Es solo… que no estoy acostumbrada a esto…

—Pues habrá que hacer que te acostumbres. ¿Cómo es posible que la gente sea tan cruel? —pregunto más para mí mismo, indignado—. No se dan cuenta de lo que hacen.

—Es lo que hay…—me dice ella encogiéndose de hombros.

Ahora soy yo el que frena en seco. Ella se gira hacia mi ante mi gesto

—¿Qué? —me pregunta con confusión en su cuerpo, encogiéndose un poco.

—No. No es lo que hay.