25 Ethan
El ambiente que se crea de repente no me gusta. Mierda. Igual tendría que ser menos directo con las preguntas. Al cabo de unos instantes, ella me responde.
—Vivo con mi madre. —Punto, alto y claro.
Por su cara, no continúo por ahí.
—Bueno, ¿cómo te lo has pasado hoy? —le pregunto cambiando de tema radicalmente, para que se dé cuenta de que no voy a presionarla.
Ella parece sorprenderse, cosa que me imaginaba. Eso le hace recobrar la compostura y me contesta.
—Muy bien, la verdad. —Yo sonrío porque sé que es una respuesta sincera.
Ella me sonríe de vuelta algo tímida.
—¿Y tú te lo has pasado bien? ¿Te gusta la ciudad? —pregunta.
—La verdad, me lo he pasado genial —le respondo bebiendo un sorbo de agua—. Y sí, es bonita, me gusta. ¿Puedo saber por dónde vives?
Espero que no le moleste esa pregunta.
—A ver cómo te lo explico… Gracias. —Nos traen los platos para compartir—. Échate primero, Ethan.
—¿Seguro? Puedes empezar tu —le animo.
—Ponte lo que quieras —me dice con una sonrisa—. Volviendo a donde vivo… ¿Sabes dónde está Canaletes?
Yo niego, algo avergonzado. Ella ríe un poco.
—No te preocupes, acabas de llegar —me tranquiliza—. Está pasando la rotonda del monumento de la C, esa zona tan grande por la que hemos pasado antes, vas hacia arriba y luego bajas hasta abajo.
Yo asiento, intentando ubicarme. Creo que sé por dónde dice.
—Me suena, pero es obvio que nunca he ido—digo mientras me echo patatas en el plato y un par de alitas—. Ya me lo enseñarás el próximo día, si quieres.
Ella sonríe algo aturdida y se echa unos pinchitos en el plato.
—Hay un bosque que está genial —me dice. Yo alzo las cejas.
—¿Ah sí? ¿Dónde? —le pregunto animado.
—Al lado de mi casa, más abajo. Se llama Collserola —me responde.
Anda, tiene el bosque al lado de su casa.
—¿Vas mucho? Debes aprovecharlo ya que lo tienes cerca. —Ella asiente con la mirada un poco perdida.
—Sí, la verdad es que voy algunas veces —me dice. Antes de yo decir algo, ella continúa—. Me ayuda a despejarme.
—Te entiendo, de verdad —le digo sincero. Ella me mira con algo de sorpresa.
—¿Sí? —me pregunta aún sorprendida.
—Claro. El bosque es un sitio relajante, sin ruidos que te molesten o personas desagradables —explico—. Al menos, es como vivía yo en Málaga.
Ella parece sorprenderse aún más, y yo sonrío.
—¿A ti no te pasa? —le pregunto.
Ella suaviza su sorpresa, devolviéndome la sonrisa. Asiente.
—Sí. Me pasa —me responde algo aturdida—. Es solo que… No sé.
Ahora el sorprendido soy yo, alzando las cejas con una sonrisa.
—¿No te esperabas que me gustara el bosque? —le pregunto intentando ayudarla mientras doy un sorbo al agua.
Ella come una patata y responde.
—No, no, no es eso —me dice rápidamente—. Es solo que pensamos igual.
—¿Y te sorprende? —la corto.
Ella se queda callada, luego suspira y asiente.
—Sí —me responde simplemente. Yo río.
—Te sorprendería la de cosas que veo que tenemos en común —le digo con una sonrisa pícara.
Ella sonríe y acaba con una risita, negando con la cabeza.