24 Alex
Salimos de la cafetería al cabo de un rato, tras el interrogatorio de Ethan, que no fue precisamente corto. No sé por qué, pero tampoco me molestó su curiosidad.
—¿Dónde tienes pensado llevarme ahora? —me pregunta saliendo detrás de mí.
Yo me quedo pensando por un momento, pero no se me ocurre nada. Eso es lo que tiene no salir nunca con nadie.
—Pues… no lo he pensado. —Me viene algo a la mente—. Podemos ir por las avenidas que hay por aquí, ver tiendas y eso.
—Por mi perfecto —me responde animado—. Así veo más la ciudad.
Empezamos a caminar, pasando por la avenida Catalunya , donde hay varias tiendas; entramos en algunas, pero no compramos nada, como es típico.
Después, subimos hacia la izquierda y llegamos otra vez a la iglesia, pero, en vez de seguir adelante, giramos a la derecha, donde creo recordar que hay algunas tiendas más, y pasamos por la librería Éfora.
Ethan se detiene. Yo le miro y casi me río al ver su intenso deseo de entrar.
—¿Quieres pasar? —le pregunto con una sonrisa discreta.
Él me mira dubitativo.
—¿No te importa? —pregunta.
—Qué va, por algo estamos dando una vuelta, ¿no? —Camino hacia la entrada.
Él me sigue, se adelanta y me abre la puerta para que entre. Yo disimulo mi sorpresa y entro.
—¿Te gusta leer? —le pregunto con curiosidad.
—Sí, me encanta —me responde con los ojos brillantes, lo que me hace estar a punto de reír otra vez—. Sobre todo, la fantasía y libros del estilo.
—Ya veo.
—¿Y a ti? —me pregunta.
—La verdad es que no suelo leer mucho —respondo pensativa—. Supongo que no he pensado mucho en el tipo de libro que me gustaría leer.
—Te puedo recomendar muchos —dice animado—. ¿Te gusta la fantasía, la acción, el amor…?
«Amor… ».
—Pues supongo que algo de fantasía podría leer —respondo un poco perdida.
—Pues entonces, Laura Gallego es tu escritora perfecta —dice, yendo a una zona que parece dedicada a los libros de fantasía.
Se pone a buscar uno en específico. Cuando llego a su lado, me lo da.
—Este, este te encantaría, más bien su trilogía. Yo la tengo, así que te la puedo dejar sin problemas.
Guardianes de la Ciudadela . Parece interesante y la portada es preciosa. Le doy la vuelta y leo el reverso.
—La verdad es que me llama la atención —le digo después de leerlo—. Igual te lo pido un día de estos.
—Claro, cuando quieras, yo creo que te va a gustar —dice, sonriendo con afecto.
Salimos de la librería y seguimos caminando y hablando, sin pararnos a ver el tiempo. Con la tontería, se nos hicieron las 8 de la tarde.
—¡La Virgen! Ya son las ocho —dice Ethan mirando el móvil—. ¿Qué quieres hacer?
«¿Aparte de querer seguir hablando con él?».
—Pues no lo sé, ¿quieres volver a casa? —le pregunto.
Él mira hacia los lados, y se queda mirando a un sitio en específico, un bar o restaurante, creo que sé cuál es.
—¿Quieres tomar algo? —me pregunta—. Un tapeo o algo del estilo.
Yo me quedo pensativa. Esto parece surrealista. «A la mierda, ¿qué puedo perder ya?».
—Por mi vale —digo sonriendo.
Él sonríe también y nos dirigimos al bar que ha visto. Una vez allí, nos dejan sentarnos donde queramos y eso hacemos, al lado de una estufa en la terraza.
—¿Qué pedirás? —me pregunta apuntando su móvil al código QR que hay en la mesa.
—Pues, creo que aquí sobre todo hacen tapas, así que supongo que con un par de ellas está bien. Ahora miraré lo que hay.
—De perita —dice él.
Yo sonrío ante su acento malagueño mientras miro el móvil.
—Podríamos compartir tapas, ¿qué te gustaría? ¿Unas bravas? —continúa.
—Sí, estaría bien —respondo.
«Dios, no sé cómo hacer esto».
—¿Qué más te gusta? —Otra pregunta que no sé responder.
—Eh…—murmuro—. ¿Tú qué quieres?
Prefiero que decida él; así me aseguro de que le guste lo que comamos.
—¿Te gustan las alitas de pollo y los pinchos? —ofrece.
Yo asiento conforme, por lo que al final pedimos bravas, alitas y pinchos para compartir. Para beber, Ethan pide un Nestea para mí y una botella de agua grande para él.
Mientras esperamos la cena, nos traen las bebidas.
—¿Has venido aquí alguna vez? —me pregunta abriendo tema de conversación.
—Me suena, pero no me preguntes por la comida, porque ni me acuerdo —le respondo.
El ríe.
—Ya veo, bueno, todo tiene buena pinta, la verdad —me dice mirando las mesas con disimulo. Eso es verdad—. El otro día fui a un sitio que hay aquí más abajo, creo que se llama l'Estoneta, estaba buenísimo.
—Ah, ¿sí? Pues a ese sí que no he ido —le digo.
—Tendremos que ir para que lo pruebes —propone él.
«¿Eso es que volveremos a quedar?».
—Creo que te gustará mucho —añade, lo que me hace sonreír.
Llega la comida y pedimos platos pequeños para compartir.
—¿Con quién fuiste, con tus padres? —le pregunto.
Él asiente.
—Sí, la verdad es que es el primer restaurante que pisamos al llegar aquí.
«Claro. No ha tenido mucho tiempo para hacer amigos aún».
—¿Tú vives con tus padres?
Y ahí está, la única pregunta que no quería que me hiciera.