Ayúdame a salir 23 Ethan
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23 Ethan

Hablo con Laura parte del camino mientras sigo el GPS, con los auriculares puestos, de camino a la iglesia. Me despido de ella al ver que estoy a punto de llegar, mirando la hora y viendo que voy tarde. Acelero un poco el paso hasta llegar al sitio acordado y empiezo a mirar alrededor.

La veo unos metros más adelante. Vuelvo a acelerar el paso hasta llegar a ella.

—Siento llegar tarde, Alex —le digo disculpándome.

—Hola —me responde—. ¿Te ha costado llegar?

—No, la verdad es que no, el GPS es un buen aliado.

Ella sonríe de vuelta.

—Y tú, ¿qué tal? —le pregunto viéndola un poco descolocada.

—Bien, como siempre, supongo —me responde aún visiblemente despistada.

—Bueno, me alegro entonces. Ahora te toca a ti —digo, dejándola atónita. Lo aclaro rápidamente—: Quiero decir, tú conoces esto.

Ella parece respirar profundo y empieza a mirar alrededor, pensativa.

—A ver, no es que salga mucho…—Parece avergonzada ante ese hecho.

De repente, veo en sus ojos que recuerda algo.

—Bueno, conozco un sitio para tomar café, no es del otro mundo… pero está bien —dice.

—De perita —le respondo sonriendo—. ¿Vamos, entonces?

Empiezo a caminar, pero me doy cuenta de que, obviamente, yo no sé llegar.

Me giro a esperarla. Ella empieza a caminar también hasta llegar a mi lado y la sigo.

Al cabo de unos diez minutos, llegamos a lo que parece ser una cafetería pequeña pero bonita.

Entramos y nos ponemos a la cola. Pedimos los cafés, algo para comer y nos sentamos.

—Pues me suena haber pasado por aquí —le digo mirando la cafetería por dentro—. El otro día, mis padres y yo dimos una vuelta para ver la ciudad y creo que pasamos por delante, porque me suena la estación.

—¿Sí? —me pregunta algo decepcionada y avergonzada.

—Pero no he entrado ni nada —digo con rapidez, sonriendo—. Así que no te preocupes por eso.

Casi la veo suspirar de alivio.

—Entonces… —empiezo a sacar tema—. Vives aquí… ¿desde cuándo?

—Mm… Desde que tengo memoria —me responde pensativa.

—Ya veo —digo tomando un sorbo de café—. Eres una afortunada entonces. Yo siempre he vivido en Málaga, hasta ahora.

—¿Y eso? —me pregunta.

—Bueno, cosas de padres…—contesto con algo de angustia—. Mejor trabajo, universidades… aunque ni siquiera sé si quiero ir a una, parece que ellos lo tienen tan claro… —continúo, desahogándome un poco—. ¿Y tú? ¿quieres ir a la uni ?

—¿Yo? —me pregunta algo sorprendida por la pregunta—. Pues tampoco lo sé. No lo he pensado mucho…

Se queda pensativa un momento, con algo de tristeza en la mirada.

—¿No sabes qué quieres estudiar? —Consigue que me sienta identificado. Nos pasa lo mismo—. La verdad es que yo tampoco. No es que no lo haya pensado, pero no tengo muy claro a qué me quiero dedicar en un futuro.

Ella me escucha atentamente, tomando también un trago de su café, pero no contesta.

—Y nos queda menos de un año para pensarlo —continúo, haciendo comillas con los dedos al decir la palabra «pensarlo».

Tomo el dulce que me he pedido y le pego un mordisco.

—En un año pueden pasar muchas cosas —me dice ella algo pensativa todavía.

—Sí, eso es verdad —contesto con un poco de incomprensión, mientras vuelvo a dejar la pasta en el plato—. Pero también es verdad que el tiempo pasa volando.

—Depende para quién, ¿no crees?

Me quedo algo sorprendido ante este comentario, a lo que respondo:

—¿Tú crees?

—Sí.

—Explícate.

—No a todos nos pasa el tiempo de la misma manera.

Pues tiene razón. Pero hay algo en esta conversación que me tiene intrigado.

—¿Para ti el tiempo pasa lento? —le pregunto, mirándola atentamente.

—Supongo que sí —me responde con un suspiro.

—¿Y por qué te sientes así? —le pregunto mirándola atentamente.

—Supongo que porque soy diferente.

—¿Diferente?

—Te gusta hacer preguntas, ¿eh? —me reprocha con una media sonrisa.

Yo río, un poco avergonzado.